¿Todos somos neivanos?
Cada vez que suena el himno de nuestra ciudad, deberíamos hacernos una pregunta: ¿podemos cantarlo de verdad con el corazón? El himno nos pide cantar con fervor, con entusiasmo y con honor, y habla de una Neiva que ha guardado con fe sus tradiciones. Pero basta mirar a nuestro alrededor para que la pregunta incomode: ¿todavía sentimos el orgullo de decir que somos neivanos?
Recorramos la ciudad. El Parque Isla del río Magdalena, el estadio Guillermo Plazas Alcid, la Torre Materno Infantil del Hospital Universitario, el colegio Cacique Pigoanza y la subestación de bomberos del oriente son solo algunas de las tantas obras que han pasado por la lupa de los organismos de control. Son monumentos a la mala planeación, a los sobrecostos y a la falta de control de muchas administraciones; elefantes blancos que, para muchos neivanos, huelen a corrupción. A los entes de control y a la justicia les corresponde establecer responsabilidades. A los neivanos nos corresponde no olvidar.
A eso se suman las calles. Hace unos años, la propia Secretaría de Infraestructura reconoció que cerca del 60% de la malla vial estaba bastante deteriorada, un 20% en estado regular y otro 20% en buenas condiciones. Están también las basuras, un problema de años, y está la inseguridad, que ya no distingue horas ni lugares, nos roban de día y de noche, en la calle, en el bus, en el comercio y hasta en el propio barrio, y muchas familias sienten que ni siquiera dentro de su casa están tranquilas. Las autoridades muestran cifras que mejoran en unos delitos, y la ciudadanía siente que empeoran en otros. Pero una ciudad donde el vecino no se siente seguro ni en su propia casa es una ciudad que ya perdió algo de su identidad.
Se nos llevaron al glorioso Atlético Huila. Seguimos contaminando de manera vergonzosa nuestro río Magdalena, y cada día es más lamentable el estado del río del Oro. Perdimos el equipo que nos unía, maltratamos el agua que le dio origen a la ciudad y, para colmo de males, hace mucho tiempo que no vemos una gran obra terminada y puesta al servicio de la gente.
Entonces, ¿nos sentimos orgullosos de ser neivanos? Es difícil sentirlo cuando las administraciones, una tras otra, no han tenido una visión de ciudad y han gobernado a punta de paños de agua tibia. Así, el neivano de a pie, el que madruga y paga sus impuestos, termina sintiendo desánimo por lo que se ha vuelto su ciudad. Mientras tanto, los dirigentes políticos, en los actos oficiales, se llevan la mano al pecho y entonan el himno escrito por el sacerdote Alfonso Arboleda Méndez, a veces con más protocolo que sentimiento.
Pero no todo puede quedarse en la queja y el lamento. Nos toca salir de la tusa y volver a querer a Neiva. No podemos sentarnos a esperar que alguna administración, por obra y gracia, nos devuelva la ciudad. Esa tarea empieza también por nosotros. Hace unas décadas, los vecinos se unían, se conocían y participaban. Había familiaridad y sentido de comunidad. Necesitamos recuperar esas costumbres.
Exijamos nuestros derechos, pero también cumplamos nuestros deberes. No botar residuos en la calle, cuidar el río, respetar al vecino, respetar las normas de tránsito y votar con responsabilidad son algunas de nuestras obligaciones como ciudadanos. Es el momento de que la crítica se convierta también en construcción. Preguntémonos con honestidad: ¿qué estoy haciendo yo por Neiva?, ¿qué estoy haciendo por mi comunidad?, ¿cuál es el legado que queremos dejarles a nuestros hijos? Critiquemos, sí, pero con propuestas, con granitos de arena que se conviertan en hechos.
Porque la identidad no se hereda ni se declama en un acto cívico. Se construye todos los días. Y si aún somos neivanos, si todavía nos queda orgullo de lo que somos, es hora de demostrarlo y decir con ánimo: ¡SOY ORGULLOSO DE SER NEIVANO!