Votar: un derecho y un deber ciudadano
Así, cuando votamos no estamos simplemente eligiendo candidatos; estamos expresando nuestra soberanía, es decir, el derecho de decidir cómo queremos organizar la vida en común. Por eso el voto es mucho más que un trámite, es un acto de igualdad, representación y legitimidad.
“La dádiva se gasta en un rato, pero la decisión de tu voto dura cuatro años.”
A los actuales mandatarios locales y departamentales les restan unos quince meses de gobierno. En aproximadamente un año elegiremos nuevos concejales, alcaldes, diputados y gobernadores. Ya comienzan a surgir candidatos que aspiran a ocupar esos cargos.
Los seres humanos nos realizamos en comunidad: la familia, la aldea y la ciudad son etapas naturales de asociación. El lenguaje nos hizo políticos, pues nos permite razonar, distinguir lo justo de lo injusto y convocar a la unión en busca de un fin común. A diferencia de los animales, cuya voz expresa dolor o placer, los humanos construimos palabras para deliberar.
Así nació la polis, la ciudad-estado, y por ello Aristóteles afirmó que “el hombre es un animal político”. No hablaba de politiquería, sino de la necesidad de vivir en comunidad para alcanzar la plenitud.
No podemos decir “a mí no me interesa la política”, porque el ser humano es político por naturaleza. No se puede vivir fuera de la sociedad: si no participas, dejas que otros decidan tu destino. Aristóteles advertía que quien vive fuera de la comunidad es “una bestia salvaje o un dios”. Tú no eres ninguno de los dos: eres un ser humano que necesita leyes, educación, salud, calles seguras y justicia.
Renunciar a opinar es renunciar a tu humanidad. Nos han hecho creer que el gobierno solo sirve para cobrar impuestos y construir carreteras. No: el verdadero propósito del Estado es crear un entorno donde todos podamos convivir y aspirar a una vida buena.
Votar no es solo marcar una casilla en el tarjetón, sino la manera en que el ciudadano hace valer su voz y participa en la construcción de la democracia. Desde hace siglos, pensadores nos recordaron que la libertad política no consiste en obedecer sin más, sino en ser parte de las decisiones que nos gobiernan.
Así, cuando votamos no estamos simplemente eligiendo candidatos; estamos expresando nuestra soberanía, es decir, el derecho de decidir cómo queremos organizar la vida en común. Por eso el voto es mucho más que un trámite, es un acto de igualdad, representación y legitimidad.
Las democracias modernas combinan la participación directa de los ciudadanos con instituciones representativas. De ahí surge una pregunta que sigue vigente: ¿cuando votamos, entregamos el poder a otros o ejercemos nuestra propia soberanía? La respuesta es que hacemos ambas cosas: confiamos en representantes, pero al mismo tiempo reafirmamos que el poder nace del pueblo. Votar es recordar que la democracia no se agota en las urnas, aunque tampoco existe sin ellas.
El voto no es un negocio, sino una herramienta de poder ciudadano. No votar es renunciar a la voz propia y dejar que otros decidan el rumbo del país; vender el voto es aún peor, porque equivale a hipotecar la dignidad ciudadana por un beneficio fugaz. Quien se abstiene o negocia su voto pierde autoridad moral para quejarse después, la corrupción y la mala gestión no nacen solo de los políticos, sino también de la indiferencia y la complicidad de los ciudadanos. En últimas, la democracia no se destruye desde arriba, se erosiona desde abajo cuando el pueblo calla, se vende o se ausenta.