Una vida que ya no grita

Enrique Ramirez

Una vida que ya no grita
Vamos silenciosos por la vida: un dispositivo móvil ha apagado nuestras fantasías. Se ha vuelto más indispensable que el agua para seguir viviendo, más necesario que el pan que consumimos. Parece mejor ser mudo y ciego que andar sin él, pues es la extensión de nuestro cerebro. Se puede perder un amor, una riqueza, pero nunca esa compañía eterna, al punto de exigir que, el día que termine la existencia, nos entierren con él en el camino hacia la eternidad.


El celular nos tiene ciegos, nos robó la vista. Hemos dejado de disfrutar el paisaje y la familia porque nos silenció. Andamos sin cinco en el bolsillo, con sed en los labios, con tenis viejos y llenos de deudas, no por comida, sino por un equipo de última generación.


Antes no necesitábamos audífonos para escuchar el mundo: el aire, según su intensidad, traía su propia canción; la lluvia sobre los techos de zinc era nuestra sinfonía; y cuando en el radio del vecino cantaba Leonardo Favio o Antonio Aguilar, todo el barrio entonaba a destiempo, pero feliz.


De niños no conocímo contraseñas. Después de hacer las tareas, salíamos a jugar y volvíamos a la hora de la cena. Si mamá nos buscaba, gritaba nuestro nombre y su eco recorría dos cuadras. Las muñecas tenían nombre y ropa hecha de retazos. Los jóvenes no grababan, vivían el concierto. En la cancha de fútbol se gritaba el gol a todo pulmón, nadie levantaba un celular porque no existía.


Los adultos conversaban en las esquinas, no en los estados. Los chismes iban de boca en boca, las noticias tardaban días en llegar, pero cuando llegaban eran verdad, o al menos así se creía. No existía el chulito de “visto”. Si no atendías el teléfono fijo, era porque realmente no estabas.


Los parques tenían habitantes de carne y hueso. Las madres conversaban en los andenes mientras cuidaban a los más pequeños. Hoy, en cambio, los parques y aleros de las casas son museos de silencio: personas mirando fotos de paisajes o chateando con interlocutores lejanos.


Los enamorados se escribían cartas: hojas con perfume, manchas de lágrimas y sobres abiertos con cuidado para no dañar la dirección. Una respuesta tardaba más de una semana, y eso era parte del amor. Hoy un “te quiero” se manda con un emoji y se olvida al instante con un video o una imagen.


Los muertos no miraban una pantalla. Claro, también se moría, pero se velaba en casa, con café, rezos, tamal y abrazos de pésame que duraban horas. Hoy se muere en un cementerio de mensajes: no se quiere hablar por teléfono y todo se resume en un audio de treinta segundos que a veces ni se entiende. Por supuesto, había problemas, silencios incómodos y matrimonios infelices que no se separaban por el “qué dirán”. Hoy todo se globaliza: se gritan las rupturas y, minutos después, se les ve en redes sociales echándose agua bendita.


Entonces se estaba ahí, con defectos, arrugas y risas, pero no era una foto retocada ni una historia que desaparecía en 24 horas. Hoy caminamos con un mapa en la mano que nos dice a dónde ir; ya no miramos direcciones ni al cielo para orientarnos. Contamos con más de mil amigos, pero nadie está cerca para pedirle un vaso de agua.


Volver al pasado es recordar que antes estábamos más despiertos, no porque fuéramos sabios, sino porque el mundo nos tocaba la piel. Y aunque duela aceptarlo, las montañas y el paisaje los caminábamos; el parque olía a hierba recién cortada; el pasto de la cancha se sentía bajo los pies; la conversación eterna de las esquinas o de las puertas de la casa se acompañaba con café en tazas de museo; la algarabía de la chiquillada llenaba la calle. Todo eso era vida. Y no estaba en el teléfono: estaba en nosotros.

Hoy los nietos nos preguntan cómo llegaron a vivir? Y nosotros con una sonrisa respondemos "si, hijo. Y era hermoso"

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