Una estruendosa convivencia
El Premio fue otorgado por el Círculo de Periodistas del Huila CPH debido a su destacada labor social con la comunidad y buen desempeño institucional en el 2020
Personajes desde las sombras al parecer los manejan. Las condiciones están dadas para una actividad social tan singular, algo estrafalaria a la luz de las buenas costumbres que acompañaron a muchas generaciones anteriores. Ese hecho se encuentra hoy favorecido por los efectos de la pandemia en cuanto al aislamiento y a la supuesta privacidad en esos entornos, además por la desocupación preocupante de inmuebles en estratos medios y altos, asociada a la recesión económica y a la emergencia sanitaria.
Los dueños de esos activos manifiestan tolerancia al desorden de sus inquilinos con tal de explotar sus propiedades a buenos precios de alquiler, pese al bajón de las utilidades tradicionales. Algunos barrios cercanos a las grandes superficies de la comuna dos viven el fenómeno en el anonimato, aunque este tiende al aumento en los últimos años.
La moda y la tecnología aportan al entuerto como si se tratara de un estigma propio de la época, algo irremediable.
ARRIENDOS
Muchos dueños de edificaciones en Neiva viven del negocio, tras invertir en finca raíz sus capitales para reproducirlos a través de una escandalosa especulación, de acuerdo con el afán del cliente.
El primer sacrificado, de carne y hueso, por la situación emergente es el respeto mutuo y, le sigue, la convivencia ciudadana. La droga y el licor ruedan con impunidad manifiesta. El fenómeno prolifera por falta de una autoridad ejecutiva que le ponga coto. Se trata de un combustible para la entronización definitiva del crimen en el territorio, que ya campea impune como el negocio más próspero, de inversión segura. Ni siquiera con un reciente alcalde médico se pudo sortear ese entuerto, convertido ahora en problema de salud pública. Los 'inversionistas acute, no ortodoxos se han ido tomando sectores de crecimiento urbanístico como el norte de la ciudad, al amparo de esa desocupación alarmante y de la crisis económica que galopa desde antes de la pandemia, mostrando una ciudad desolada, en apariencia.
LOS NUEVOS VECINOS
Los espontáneos inquilinos ruidosos registran un despliegue de recursos como para despertar envidias enfermizas, en primera instancia.
Su parafernalia habitual y visible, luego del 'trasteo' al barrio escogido previamente, incluye motos, mujeres, vehículos de alta gama, y elementos tecnológicos de última generación al igual que equipos sofisticados y bienes suntuarios. Las damas invitadas a las reuniones, por ejemplo, entran al bloque con un colchón al hombro para su estadía programada. El acto social es calculado para hedonistas impenitentes, el placer desbordante se siente en la vecindad inmediata.
Algunos residentes del sector son bulliciosos, pero no tanto hellip, Al parecer, algún individuo que representa legalmente a los advenedizos jóvenes tramita ante las inmobiliarias y las agencias de finca raíz los requisitos para ocupar esos bienes inmuebles. A simple vista no presentan problemas de transgresión de las normas en relación con los arrendadores. En una semana, los nuevos ricos pueden realizar dos reuniones, cada una de ellas hasta de tres días calendario. A la par de la ingestión desaforada de bebidas embriagantes y del consumo de sicoactivos múltiples, la música chatarra que escuchan alcanza a vibrar en la comuna. No puede faltar el vallenato de la actualidad, con letras y acordes insulsos que promueven la vida fácil y el derroche, y que subliminalmente constituye una apología a la mafia.
A la altura de la calle 50 A con carrera 18 D, encontramos al grupo de estrambóticos personajes que contraviene el derecho a la tranquilidad y al ambiente sano. Ocupan un apartamento de todo un piso (el cuarto, el de una terraza construida con una enramada y unas habitaciones ventiladas) y desde allí se desprenden humaredas de marihuana y base de coca que inundan las viviendas contiguas, en medio de la festividad permanente. El lenguaje que usan se compone de palabras de grueso calibre y de gritos ensordecedores. No sobra decir que allí entre los vecinos se cuentan niños y personas mayores, lo mismo que algunos enfermos, incluso de COVID 19.
POLICIALES
La policía del cuadrante llega al lugar, pero se le niega caprichosamente el acceso por la puerta que conduce a la azotea de los borrachos, mientras que los invitados al festín guardan un forzado silencio cómplice, al tiempo que los demás arrendatarios afectados se abstienen de participar en el operativo por temor a ser agredidos, incluso eliminados.
Los uniformados se limitan a iluminar con un reflector el piso donde se esconden los cafres y, luego de una paciente espera, regresan a su habitáculo con las manos vacías. En el transcurso de la última semana, los sujetos han permanecido en fiesta continua e intermitente y no se muestran dispuestos a corregir el abuso.
Como hecho curioso, los vecinos afirman que el edificio de apartamentos es de propiedad de un conocido sacerdote católico que no se conmueve por los múltiples afectados resultantes de la confusa situación. Los inquilinos ruidosos llevan un buen tiempo perturbando al barrio Los Á,lamos, de la comuna dos 'campeona del bullicio en la ciudad', según fuentes comunitarias.