Un mes después del terremoto, 6.000 venezolanos siguen durmiendo en la calle
Un mes después de los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron a Venezuela, cerca de 6.000 personas continúan acampadas en las calles de La Guaira y Caracas sin refugio adecuado ni servicios básicos, mientras las autoridades reportan casi 5.400 muertos y 23.000 personas viviendo en campamentos transitorios, en una crisis que Médicos Sin Fronteras califica de compleja y prolongada.
Un mes después de que la tierra se partiera dos veces en Venezuela, con sismos de magnitud 7,2 y 7,5 el pasado 24 de junio, todavía hay más de 6.000 personas durmiendo a la intemperie, en plena calle, sin un techo digno ni servicios básicos que les den un respiro. Así lo denunció este viernes Médicos Sin Fronteras, la organización que lleva semanas metida en el terreno tratando de tapar los huecos que el Estado venezolano no ha logrado cerrar.
Según cifras oficiales del gobierno venezolano, ya son casi 5.400 las personas fallecidas por los terremotos, y otras 23.000 sobreviven hoy en los 107 campamentos transitorios que las autoridades habilitaron para quienes se quedaron sin casa. Son campamentos, valga aclarar, pensados para ser un paso corto entre la tragedia y la reconstrucción, pero que un mes después siguen siendo la única opción para miles de familias.
Ahí es donde entra la cifra que más golpea: los datos de Médicos Sin Fronteras hablan de unas 3.000 personas que ni siquiera alcanzaron a llegar a esos campamentos y que siguen acampadas directamente en las calles de Maiquetía, en el estado La Guaira, la zona costera más golpeada por el desastre, justo al frente de una veintena de edificios que quedaron dañados y en riesgo de colapsar. Otro tanto parecido, unas 3.000 personas más, sigue instalado a cielo abierto en la avenida Bolívar de Caracas. Ahí, en plena capital, sin refugio adecuado y sin lo mínimo para vivir con dignidad.
David García, coordinador adjunto de Emergencias de Médicos Sin Fronteras, lo resumió sin rodeos: la gente que atienden llega con síntomas de ansiedad, con mucho miedo, sobre todo cuando tiene que devolverse a las casas agrietadas a rescatar lo poco que le quedó, sabiendo que un nuevo temblor puede tumbarles el techo encima mientras están adentro. La organización ya lleva más de 2.000 consultas médicas y un centenar de atenciones en salud mental repartidas en cuatro clínicas móviles, tres en La Guaira y una en Caracas, además de esfuerzos para garantizar algo tan básico como el agua potable.
Detrás de esas cifras hay un duelo que no cabe en ningún reporte oficial: gente que perdió familiares, que vio su casa reducida a escombros y que, un mes después, sigue sin saber para dónde coger. García lo llamó una crisis compleja y prolongada, y la descripción encaja: no es solo la falta de plata o de materiales, es la acumulación de golpes, uno encima del otro, hasta que la capacidad de aguantar de cualquier persona termina desbordada.
Lo que deja este mes de sismos en Venezuela es una radiografía dura de lo que pasa cuando un desastre natural se cruza con años de crisis económica y con una capacidad estatal ya golpeada de antemano: la reconstrucción no avanza al ritmo que necesitan las víctimas, y son organizaciones humanitarias las que terminan sosteniendo, con recursos limitados, lo que en teoría le corresponde garantizar al Estado. Para Colombia, vecino directo de Venezuela y receptor histórico de migración venezolana, esta crisis no es un asunto lejano: cada familia que no logra reconstruir su vida allá es también una posible cifra más en los flujos migratorios que ya conoce bien la frontera colombiana.