Transición energética ¿un asunto ideológico?
En mi columna anterior señalé que el mundo vive una nueva transición energética. Pero, contrario a como algunos sectores pretenden mostrarla, esta no es un asunto ideológico: es, ante todo, un proceso que responde a factores económicos y técnicos. Los países avanzan hacia energías renovables no solo por consideraciones ambientales (aunque algunos la promuevan o critiquen bajo ese argumento), sino porque son cada vez más competitivas, seguras y estratégicas.
Un reciente artículo del Financial Times («The global boom in solar — with or without the US») muestra cómo el auge global de la energía solar continúa impulsado por la reducción de costos, la eficiencia tecnológica y la búsqueda de soberanía energética. Sin embargo, las políticas del presidente Trump han encarecido y demorado los proyectos renovables en Estados Unidos, en contravía de la tendencia mundial. Como tituló el Washington Monthly en junio pasado: «War on Renewable Energy: MAGA Ideology Over Economics» («Guerra contra las energías renovables: la ideología MAGA por encima de la economía»).
Esa visión no detiene la transición mundial, pero sí rezaga a Estados Unidos. Mientras China lidera la industria global de renovables, Washington se aferra irracionalmente al pasado. Las consecuencias no son solo ambientales, sino económicas y geopolíticas: perder competitividad en la energía que dominará el siglo XXI. Paradójicamente, Estados Unidos fue pionero en la energía solar fotovoltaica durante el siglo XX.
Pero la ideologización no es exclusiva de ese país. En el otro extremo, el presidente Petro promueve en Colombia una transición forzada sin considerar sus realidades fiscales, sociales y de infraestructura. Suspender prematuramente la exploración de hidrocarburos implica perder soberanía energética y depender de importaciones de hidrocarburos (petroleo y gas) y derivados, con mayores costos para la población, afectaciones al empleo y a los ya débiles presupuestos públicos. Además, el discurso reiterado (y muchas veces impreciso) del presidente Petro ha llevado a asociar la transición exclusivamente con su proyecto político, cuando es un proceso previo y de largo plazo. Fue durante los gobiernos de Santos y Duque (por ninguno de los cuales voté) que se crearon los marcos regulatorios e incentivos. Gracias a esto, en 2019 por ejemplo, tuvimos la primera subasta de energías renovables no convencionales y empezaron a surgir a lo largo del país y del tiempo proyectos a gran escala, algunos de los cuales se han inaugurado en el gobierno Petro pero eran previos a él.
La tecnología de los paneles solares por ejemplo, tiene por lo menos 70 años, pero solo en los últimos 10 es que ha crecido significamente en todo el mundo. Esto es una muestra de como ese auge de las energías renovables en Colombia y en el mundo, no fue una decisión fundamentalmente ideológica o ambientalista (aunque esto último haya tenido un rol por supuesto), fue consecuencia principalmente de factores técnicos y económicos (aumentos de eficiencia y reducción de precios, gracias especialmente a China) favorecidos por políticas regulatorias nacionales influidas por el contexto internacional.
El problema surge cuando se adoptan posturas dogmáticas, como atacar irracionalmente las energías renovables o los combustibles fósiles. Eso no es transición: es dogmatismo ideológico. La transición energética debe ser en lo posible un consenso nacional con base en la ciencia, la técnica y las conveniencias nacionales. Esto no es un partido de fútbol, no se trata de escoger bando, sino de planificar y decidir lo mejor para el futuro de nuestro país sin dogmatismos.
Juan Pablo Puentes Vargas
www.juanpablo.co
Un reciente artículo del Financial Times («The global boom in solar — with or without the US») muestra cómo el auge global de la energía solar continúa impulsado por la reducción de costos, la eficiencia tecnológica y la búsqueda de soberanía energética. Sin embargo, las políticas del presidente Trump han encarecido y demorado los proyectos renovables en Estados Unidos, en contravía de la tendencia mundial. Como tituló el Washington Monthly en junio pasado: «War on Renewable Energy: MAGA Ideology Over Economics» («Guerra contra las energías renovables: la ideología MAGA por encima de la economía»).
Esa visión no detiene la transición mundial, pero sí rezaga a Estados Unidos. Mientras China lidera la industria global de renovables, Washington se aferra irracionalmente al pasado. Las consecuencias no son solo ambientales, sino económicas y geopolíticas: perder competitividad en la energía que dominará el siglo XXI. Paradójicamente, Estados Unidos fue pionero en la energía solar fotovoltaica durante el siglo XX.
Pero la ideologización no es exclusiva de ese país. En el otro extremo, el presidente Petro promueve en Colombia una transición forzada sin considerar sus realidades fiscales, sociales y de infraestructura. Suspender prematuramente la exploración de hidrocarburos implica perder soberanía energética y depender de importaciones de hidrocarburos (petroleo y gas) y derivados, con mayores costos para la población, afectaciones al empleo y a los ya débiles presupuestos públicos. Además, el discurso reiterado (y muchas veces impreciso) del presidente Petro ha llevado a asociar la transición exclusivamente con su proyecto político, cuando es un proceso previo y de largo plazo. Fue durante los gobiernos de Santos y Duque (por ninguno de los cuales voté) que se crearon los marcos regulatorios e incentivos. Gracias a esto, en 2019 por ejemplo, tuvimos la primera subasta de energías renovables no convencionales y empezaron a surgir a lo largo del país y del tiempo proyectos a gran escala, algunos de los cuales se han inaugurado en el gobierno Petro pero eran previos a él.
La tecnología de los paneles solares por ejemplo, tiene por lo menos 70 años, pero solo en los últimos 10 es que ha crecido significamente en todo el mundo. Esto es una muestra de como ese auge de las energías renovables en Colombia y en el mundo, no fue una decisión fundamentalmente ideológica o ambientalista (aunque esto último haya tenido un rol por supuesto), fue consecuencia principalmente de factores técnicos y económicos (aumentos de eficiencia y reducción de precios, gracias especialmente a China) favorecidos por políticas regulatorias nacionales influidas por el contexto internacional.
El problema surge cuando se adoptan posturas dogmáticas, como atacar irracionalmente las energías renovables o los combustibles fósiles. Eso no es transición: es dogmatismo ideológico. La transición energética debe ser en lo posible un consenso nacional con base en la ciencia, la técnica y las conveniencias nacionales. Esto no es un partido de fútbol, no se trata de escoger bando, sino de planificar y decidir lo mejor para el futuro de nuestro país sin dogmatismos.
Juan Pablo Puentes Vargas
www.juanpablo.co