Transición a la colombiana I
Hablar de transición energética en Colombia se ha vuelto, para algunos, un ejercicio de fe. Se defienden posiciones como si fueran dogmas: unos convencidos de que hay que dejar de explorar hidrocarburos de inmediato y otros que creen que las renovables son casi una estafa, y que la solar fotovoltaica sería más perjudicial para el ambiente. Ninguna de esas posturas resiste un análisis técnico serio. Son, más bien, prejuicios. Colombia necesita una transición energética, sí, pero una a la colombiana: basada en ciencia, datos y en nuestras conveniencias y condiciones particulares, no en consignas importadas. Por eso, en esta y en la siguiente columna, abordaré (con las limitaciones propias del espacio de un artículo de opinión) la transición energética en Colombia.
Recordemos primero algo: matriz energética no es igual a matriz eléctrica, la segunda es una parte de la primera. Así, aunque casi el 70% de nuestra electricidad proviene del agua, el 75% de la energía total que consume el país sigue dependiendo del petróleo, gas y carbón. En otras palabras, nuestra matriz eléctrica es bastante limpia, pero nuestra matriz energética, es decir el total de energía que usamos (lo que incluye por ejemplo los combustibles de los vehículos o el gas que se utiliza en las casas y en las industrias) es bastante dependiente de los hidrocarburos. Y hay un agravante, el 12% de esa energía total es importada, especialmente combustibles para transporte y gas (natural y GLP). Este último caso es preocupante, ya estamos importando alrededor del 20% y la tendencia sigue al alza. Eso, inevitablemente, se refleja en el recibo de gas de los hogares y empresas. Lo cual en el caso de las últimas está causando un regreso del carbón, el cual es mucho más contaminante que el gas. Una muestra de que malas políticas energéticas son perjudiciales no solo para las personas y las empresas, sino también para el planeta.
Ahora bien, no es realista afirmar que en el corto o mediano plazo el mundo, y mucho menos Colombia, superará los hidrocarburos. Eso no es algo que sea bueno o deseable, es simplemente la realidad («????»). El muy reciente World Energy Outlook 2025 de la IEA señaló que la demanda de petróleo y gas podría seguir creciendo incluso hasta 2050, salvo un avance tecnológico disruptivo. En ese contexto, a la industria le quedan décadas de relevancia económica y energética. Más aún en un país con las deficiencias que tiene Colombia para adelantar la transición energética, entre otras en infraestructura. Conviene agregar que, aunque Colombia no tiene costos promedio de producción de petroleo tan bajos como Medio Oriente, tampoco está entre los más altos como Canadá o Estados Unidos. Lo que muestra que Colombia puede ser competitiva en el sector durante un buen tiempo, sino se lo asfixia antes de tiempo.
Por todo esto, es absurdo que en Colombia algunos, empezando por el actual gobierno, promuevan la transición atacando la producción nacional de hidrocarburos. Como bien lo ha dicho Manuel Rodríguez Becerra (primer ministro de medio ambiente del país): «Si Colombia deja de exportar petróleo no tiene ninguna consecuencia en relación como los límites planetarios y tiene graves consecuencias sociales» (https://x.com/manuel_rodb/status/1549178795936157697?t=wPFeJeGXyVEuB2NvpHr51w&s=19). En otras palabras, si dejamos de producir hidrocarburos, el efecto es insignificante en el mundo, pero sí se traduciría en más pobreza y atraso en Colombia. Más aún, nos privaría de muy necesarios recursos para la transición energética. Una mala política de transición nos puede llevar a seguir perdiendo soberanía energética y a agravar la pobreza energética que ya afecta a casi 10 millones de colombianos.
Juan Pablo Puentes Vargas
www.juanpablo.co
Recordemos primero algo: matriz energética no es igual a matriz eléctrica, la segunda es una parte de la primera. Así, aunque casi el 70% de nuestra electricidad proviene del agua, el 75% de la energía total que consume el país sigue dependiendo del petróleo, gas y carbón. En otras palabras, nuestra matriz eléctrica es bastante limpia, pero nuestra matriz energética, es decir el total de energía que usamos (lo que incluye por ejemplo los combustibles de los vehículos o el gas que se utiliza en las casas y en las industrias) es bastante dependiente de los hidrocarburos. Y hay un agravante, el 12% de esa energía total es importada, especialmente combustibles para transporte y gas (natural y GLP). Este último caso es preocupante, ya estamos importando alrededor del 20% y la tendencia sigue al alza. Eso, inevitablemente, se refleja en el recibo de gas de los hogares y empresas. Lo cual en el caso de las últimas está causando un regreso del carbón, el cual es mucho más contaminante que el gas. Una muestra de que malas políticas energéticas son perjudiciales no solo para las personas y las empresas, sino también para el planeta.
Ahora bien, no es realista afirmar que en el corto o mediano plazo el mundo, y mucho menos Colombia, superará los hidrocarburos. Eso no es algo que sea bueno o deseable, es simplemente la realidad («????»). El muy reciente World Energy Outlook 2025 de la IEA señaló que la demanda de petróleo y gas podría seguir creciendo incluso hasta 2050, salvo un avance tecnológico disruptivo. En ese contexto, a la industria le quedan décadas de relevancia económica y energética. Más aún en un país con las deficiencias que tiene Colombia para adelantar la transición energética, entre otras en infraestructura. Conviene agregar que, aunque Colombia no tiene costos promedio de producción de petroleo tan bajos como Medio Oriente, tampoco está entre los más altos como Canadá o Estados Unidos. Lo que muestra que Colombia puede ser competitiva en el sector durante un buen tiempo, sino se lo asfixia antes de tiempo.
Por todo esto, es absurdo que en Colombia algunos, empezando por el actual gobierno, promuevan la transición atacando la producción nacional de hidrocarburos. Como bien lo ha dicho Manuel Rodríguez Becerra (primer ministro de medio ambiente del país): «Si Colombia deja de exportar petróleo no tiene ninguna consecuencia en relación como los límites planetarios y tiene graves consecuencias sociales» (https://x.com/manuel_rodb/status/1549178795936157697?t=wPFeJeGXyVEuB2NvpHr51w&s=19). En otras palabras, si dejamos de producir hidrocarburos, el efecto es insignificante en el mundo, pero sí se traduciría en más pobreza y atraso en Colombia. Más aún, nos privaría de muy necesarios recursos para la transición energética. Una mala política de transición nos puede llevar a seguir perdiendo soberanía energética y a agravar la pobreza energética que ya afecta a casi 10 millones de colombianos.
Juan Pablo Puentes Vargas
www.juanpablo.co