Somatizando...

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Somatizando...
Permítanme confesar, querido lector, que mi última experiencia con el dolor de estómago fue más que una simple indisposición física; era un grito interno de angustia ante la situación política del país. Este malestar no brotó de un mal día o de unos insulsos mal digeridos. No, salió de la profunda preocupación que siento por aquellos que ostentan cargos de poder y que, a menudo, parecen haber pasado más tiempo en la rueda de prensa que en el verdadero arte de gobernar.

Desde que Gustavo Petro asumió el mando, 11.115.965 millones de colombianos soñamos con cambios significativos. Creímos, con toda la fe del mundo, en un futuro donde las palabras "justicia social", "equidad" y "poder popular" dejaran de ser meras frases de campaña. Pero ah, la realidad no se presenta como la imaginamos, y de un espectáculo a otro se cuela el desánimo. Mientras la mayoría de ministros trabaja incansablemente por este cambio, dos personajes brillan con un resplandor muy particular: por un lado, Armando Benedetti: resultado parido de la clase política tradicional de Colombia, o sea, envuelto en corrupción, drogas y machismo; y por el otro, Laura Sarabia, quienes se han colado en el gobierno tal como los inútiles imprescindibles que siempre tienen el mérito de estar donde no deberían y quienes encontraron el último turrón en una tienda de dulces.

Pero, ¿Por qué soy yo la que está hablando de esto, me preguntarán? Porque tengo todo el derecho de expresarme libremente, porque le aposté al cambio, porque creo en ese ideal luminoso que brilla aun en medio de las sombras. Nada habla mejor de una persona que la disposición a enfrentar sus inquietudes y errores en vez de hacer como si no pasara nada, como si todo estuviera en orden en la casa de los eucaliptos. En otros gobiernos, el silencio ha sido el rey; aquí nos enfrentamos a la necesidad imperiosa de revisar, de mejorar. Al fin y al cabo, aún hay quienes creemos que esta apuesta política merece la pena y que podemos edificar un futuro mejor desde todas las orillas.

En este gobierno, más que un canto de sirenas, buscamos un llamado a la acción: seguir trabajando de manera inagotable para no dejar caer lo que hemos logrado en este tiempo, porque hay personas que seguimos comprometidas hasta las entrañas con el arte de construir, con la democracia y con la ética que, por cierto, son las brújulas que nos permiten identificar y corregir nuestros errores de manera estratégica.

Así que aquí estoy, no solo somatizando y reflexionando, sino también invitándolos a hacerlo. A cuestionar, a desafiar el statu quo, a mirar críticamente lo que tenemos ante nosotros.

La política puede ser un escenario de risas y lágrimas, pero somos nosotros, como ciudadanos, los que tenemos el poder de cambiar el guion. No dejemos que el debido proceso se convierta en un mero adorno en la sala de espera del gobierno. Seamos la voz que rompe el silencio, que exige coherencia y que, con un diálogo crítico, reclamemos el futuro que merecemos. Recordemos que el cambio se da cuando hay crisis y este proviene de la no adaptación a un mundo diferente; por lo tanto, la transición no se puede ver con lógica secuencial, sino como una ruptura y como tal es conflictiva ya que agudiza las contradicciones entre las fuerzas que buscan la estabilidad -el estatu quo del poder y las que promueven el cambio-.

Con esto en mente, sigamos sin perder la esperanza. Aprendamos de este dolor somatizado en Colombia para transformar lo que hoy duele en la fuerza que nos impulse a seguir avanzando.

Al final, nuestra lucha no es solo por un cambio en el gobierno, sino por la construcción de un país donde cada voz, cada risa y cada lágrima tenga su razón de ser.

Que el cambio sea la canción que cantemos juntos, sin dejar de lado el ritmo de la crítica constructiva y la necesidad de una reflexión genuina.

Jhenny Amaya
Investigadora, Trabajadora Social, Abogada Especialista.
MBA en formación.

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