“Sin campo no hay ciudad, si nosotros paramos la ciudad no sobrevive”: Argenys Rojas Hoyos, caficultora huilense
Este domingo 3 de mayo, en la Feria del Libro de Bogotá se presentará el libro “Mi historia”, el testimonio de cómo Argenys Rojas Hoyos, una humilde mujer campesina huilense, se convirtió en una exitosa empresaria y líder cafetera. (Corferias, Carpa Cultural, 7:00 p.m.)
“Soy de origen campesino; llegué a este mundo en manos de una partera, tía de mi papá, la señora Hermencia”, así empieza su relato. Argenys Rojas Hoyos, quien se formó como abogada para ayudar a la gente pobre.
El libro “Mi historia”, publicado por la Editorial Tierra de Palabras, lleva al lector a un viaje de 222 páginas por la vida de esta mujer campesina, nacida en Timaná, Huila, hace 45 años. Su historia –contada en primera persona- es admirable, llena de tesón pero al mismo tiempo marcada por la tragedia.
Aquella niña que se crio como jornalera entre cafetales, en medio de la pobreza, hoy produce un café especial premiado por su calidad y exquisitez, con una variedad infinita de sabores: manzana, vino, frutos rojos, fresa, fruta madura, roble, ron, pasas, mango, limón, aromático, frutos tropicales, floral, cítrico, jazmín, mora, almendra, especias, canela, afrutado, caña dulce, fresh, maracuyá, limoncillo y vainilla.
Pero Argenys son varias mujeres en una: la abogada que pagó la carrera a crédito en la Universidad de la Amazonia y luego se especializó en Derecho Contencioso Administrativo y obtuvo su Maestría en Derecho Público, a pesar de que creció escuchando decir que “eso no es para los pobres, eso es para los ricos”.
Las otras Argenys son la defensora pública, la líder cafetera, la empresaria y productora de café con un puesto como suplente en la junta directiva de Juan Valdez desde marzo de 2026. En 2016 fue elegida concejala de Timaná y en 2022 asumió como delegada suplente del Comité Departamental de Cafeteros del Huila, de la Federación Nacional de Cafeteros.
En representación del Comité Departamental del Huila, asistió al III Foro Mundial de Cafeteros, el cual se desarrolló en Ruanda. Allí recorrió los lugares de uno de los hechos más atroces que registra la humanidad, el Genocidio Tutsi, que empezó el siete de abril de 1994 y se extendió durante cien días, con más de 800 mil muertos. “… hay un museo con fotografías tan vivas que muestran cómo eran atacados los niños, las mujeres cómo eran violadas, los homicidios todos con arma blanca (con machete para ser exactos), ese día lloré mucho y salí de allí muy mal, con el corazón roto”.
Pero ella también carga con sus propias heridas. En esta obra, relata los episodios de violencia intrafamiliar por cuenta de un padre maltratador y el historial de muerte por suicidio en la familia paterna.
Su familia comenzó con tres hectáreas y cuatro mil árboles de café. Hoy son 17 mil árboles en el doble de terreno. “… todos se reían porque decían que allá no se daba ni una pepa”, relata.
Con la pandemia, dejó códigos y leyes a un lado, y volvió al trabajo de la finca para apoyar a su hermano; al año siguiente con ese lote de café ganaron la taza de oro del Yara Champions en 2020, con una puntuación de 86,47. “…llamé a mi hermano Jesús y le dije: “Papi, ¿está sentado? somos finalistas en la Yara Champions, no se sabe si como reina, virreina o princesa”. Y al día siguiente estaban juntos en Neiva, incrédulos, levantando el premio, otorgado por Cadefihuila.
Ganaron dos toneladas y media de abono, un viaje a Cartagena (“por primera vez conocí el mar”) y un análisis de suelo en los laboratorios Yara de Alemania.
Argenys habla con el desparpajo propio de la mujer campesina que se siente orgullosa de sus raíces. Su biografía es un retrato conmovedor sobre las condiciones de la vida campesina. “… muchas veces me tocaba irme a pie hasta el colegio, desde Pantanos hasta El Tejar, porque no tenía dinero para el pasaje. Muchas veces iba sin almuerzo…”).
En la vereda Pantanos, algo en sus adentros le decía que sería alguien importante, y eso es hoy: un referente de liderazgo rural y una empresaria en potencia. Pero, como confiesa, “jamás hemos salido de ese sitio que aprendí amar y me parece hermoso”. La finca está ubicada en un lugar bendecido por las condiciones climáticas. “… en el día hace sol y en la noche cae mucho sereno lo que produce un choque térmico que hace que los azúcares se concentren mucho más en el grano de café”
“… recuerdo que a mí me ponían era a pelar café, la máquina era una de dos chorros, tocaba echarle café con un coco a la tolva e ir moliendo, yo era el motor (…) tenía que tener ese café molido apenas llegaran ellos o pues me cascaban”.
Con sus hermanos, debían descargar los caballos, quitar las costuras de los costales, subir de a poquitos al beneficiadero y botar la cereza del café.
De esa forma fue aflorando en ella su espíritu empresarial, con lo único capital que tenía en los bolsillos: 50 mil pesos. “A mí en la casa me daban la pasilla (lo que queda luego de zarandear el café) y yo la vendía. Esos cincuenta mil los convertí primero en un millón y los puse a ganar intereses (…) hasta que tuve cinco millones de pesos: cogiendo café, trabajando de jornalera, ahorrando de las pasillas que arreglaba y del café que me tocó por herencia que era menos de una hectárea”. Esa fue la cuota inicial para hacerse profesional.
“Acá no vinimos a conseguir dinero, vinimos fue a ganarnos el cielo”.
El café está disuelto en su ADN, en su lenguaje cotidiano y en sus manos laboriosas que conocen cada paso del proceso. Desde seleccionar la semilla para germinar, pasando por la siembra y el trazo de los surcos, hasta el lavado y el secado. “Tengo un poquito de conocimiento de trilla y de cata (…) lo básico, lo que debería saber un caficultor que ama el campo, para sacar un buen café”. (…) También sé arriar dos, tres o cuatro bestias cargadas de café ya sean caballos o mulas.
Leer este libro es conocer una historia de superación tremenda pero al mismo tiempo es impregnarse como lector de la sabiduría infinita que viene de la tierra. Porque, como escribe Argenys Rojas, “sin campo no hay ciudad, si nosotros paramos la ciudad no sobrevive”.
Ana Patricia Collazos, la editora y prologuista, escribe: “… cuando una mujer campesina decide narrarse, no solo escribe su historia: abre un camino para que otras también lo hagan”.
Argenys también habla en estas páginas sobre Dios y sus amigos. “Yo siempre he dicho que, gracias a Dios y a los amigos, estoy donde estoy, ellos me han impulsado y me han ayudado, por ello yo creo en la amistad”:
Sus sueños no terminan. Le falta aprender a tocar guitarra y a bailar San Juanero.