Porque la vida comienza dentro y florece fuera

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Porque la vida comienza dentro y florece fuera
Soy madre de cuatro hijos, compañera de vida de mi esposo desde hace 21 años, pediatra y neonatóloga. También soy doctora en dolor neonatal, cofundadora de Familia SER y, en los últimos años, he elegido enfocar mi camino en acompañar a familias durante la gestación, el parto y el postparto. Hoy, con todo lo vivido, no tengo dudas: cómo se gesta, cómo se nace y cómo se cría, define no solo la vida de una persona, sino la salud de la humanidad entera.

Quizás esta afirmación parezca grande, incluso exagerada. Pero no lo es.

En estos tiempos, donde todo va rápido, donde muchas veces educamos a los hijos entre el reloj, la prisa y el cansancio, se nos olvida algo fundamental: los seres humanos somos animales mamíferos, con una historia evolutiva que nos conecta a todos con la naturaleza. No estamos hechos para criar solos, ni para crecer sin afecto, ni para desconectarnos de nuestros cuerpos. Estamos hechos para gestar con respeto, para nacer con calma, y para criar en comunidad.

En el mundo animal, existen los llamados nidos evolucionados: estructuras emocionales, físicas y sociales diseñadas durante millones de años para asegurar que las crías prosperen. Elefantes, cachalotes, castores, pingüinos... cada uno ha desarrollado formas únicas y profundamente sabias de cuidar a sus pequeños. Y los humanos no somos la excepción. Nuestro nido evolucionado se compone de contacto constante, leche materna a libre demanda, juego espontáneo, crianza compartida, presencia amorosa y comunidad.

Pero este nido, que parecía ser nuestra brújula natural, se ha ido perdiendo.

Vivimos en sociedades cada vez más fragmentadas. Se ha normalizado parir en soledad, criar en aislamiento, dormir separados, trabajar apenas nacen nuestros bebés. Y mientras tanto, surgen más problemas de salud mental, más violencia, más desconexión, más falta de empatía. Nos cuesta ver el hilo que une todo esto, pero está ahí. El comienzo de la vida no es una etapa cualquiera: es la raíz de toda experiencia humana. Si esa raíz está nutrida con amor, contacto, protección y comunidad, florecen seres humanos más cooperativos, seguros y compasivos. Si esa raíz está rota, el árbol crece torcido.

Porque ahí empieza todo. Y porque volver a los principios, a ese nido humano del que nos alejamos, no es una nostalgia idealista: es un acto revolucionario de amor.

La paz que buscamos en el mundo no comienza con tratados internacionales ni con discursos políticos. Empieza mucho antes. En el útero. En el pecho de una madre. En los brazos de un padre. En una comunidad que cuida. En una tierra que se respeta.

Recuperar el nido evolucionado es recuperar lo que somos. Es sanar la humanidad desde la raíz.

Y esa es, para mí, la gran tarea de estos tiempos.

En esta columna para la familia, espero compartir reflexiones, historias, ciencia y corazón. Porque criar es sembrar futuro. Y el futuro que soñamos empieza hoy, en el modo en que gestamos, nacemos y criamos.

¿Te sumas a volver al origen?

Firma: Maria Carmenza Cuenca Arias

Médica pediatra - Neonatóloga - Cofundadora de Familia SER

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