Por las barbas del profeta

Luis Fernando Amezquita

Por las barbas del profeta

La generalización en el uso de la barba masculina encierra una práctica reciente, tal vez de cuño posmodernista (más allá de una modernidad que no vivimos aquí); es algo de naturaleza común con expansión en el mundo de hoy a manera de moda.

 

Los barbilampiños (sin dotación física de pelo en la quijada y el cuello) realizan esfuerzos descomunales para poseer una espesa concentración de vello allí. Mientras esto escribimos se celebra el día mundial de la barba (sábado 7 de septiembre) en medio de la proliferación de hombres barbados –seguramente atractivos para el sexo opuesto y demás individualidades de género-, que en tiempos anteriores podrían ser vistos como sospechosos.

Muchas personas cercanas a nuestros afectos usaron la barba sin la menor intención de rasurarla en una peluquería, o en casa, y se les asociaba a la ideología de izquierda, inclusive terrorista como Osama Bin Laden, mediante un enfoque distorsionado, desafortunado, ignorante.

Hubo momentos en que algunas personas se abstuvieron de dirigirles, en nuestra presencia, la palabra o hasta de voltearlos a mirar, de ignorarlos como si no existieran, algo que siempre nos pareció detestable en el siglo XX y comienzos del presente. Quién lo creyera…ahora vemos en todas partes individuos con barbas pobladas, como si se tratara de antiguos monjes, ascetas y místicos, de revolucionarios, de intelectuales, en todas las circunstancias de la vida social –se suman ministros y directores de institutos descentralizados, gobiernos y jurisdicciones múltiples, sin descontar a las nuevas generaciones-. Sin embargo, en ellos se advierte un ligero toque distinto de la tradición y de las costumbres planetarias –que podría llegar al terreno frívolo, hedonista, de la actualidad, en el fondo, aunque es discutible-.

En los albores de la tradición judeo-cristiana se incorpora la figura simbólica  del profeta tras un contenido evangélico, a partir del ícono religioso por excelencia en Occidente.

De allí el título de esta columna, más arriba, en que se menciona la barba con el sentido de la admiración frente a un hecho inusual, inédito. Además, podemos en últimas agregar al listado de las figuras espirituales conexas con ese tópico, la análoga categoría del provicero (vocero de la providencia divina), que tenía que ver con la gracia de Dios, con la iluminación y la salvación, como fines últimos de la existencia en la Tierra.

Mientras tanto, seguiremos viendo a sujetos luciendo –a veces sin un sólo pelo en la parte superior de la cabeza- esa posible identidad estética de la época en tránsito, que tiende a que la fisonomía de unos y otros sea parte constitutiva de un asunto global, planetario, en lo que hace a los rasgos personales, en medio de afinidades, de uniformidades.

 

Más de Opinión

Ver más