Poner a Dios en el centro de la política y la vida social ¿De qué Dios estamos hablando?

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Poner a Dios en el centro de la política y la vida social  ¿De qué Dios estamos hablando?

La historia demuestra que el nombre de Dios ha servido tanto para liberar como para oprimir; tanto para defender la dignidad humana como para justificar la exclusión, la violencia y los privilegios. Por ello, cuando un proyecto político afirma que quiere "devolver a Dios" al centro de la sociedad, resulta indispensable preguntarse: ¿de qué Dios está hablando?

El uso del discurso religioso en la política se ha vuelto cada vez más recurrente. En muchos países y, por supuesto, también en Colombia, algunos funcionarios del gobierno electo insisten en la necesidad de "volver a poner a Dios" en las aulas de clase, en las instituciones públicas y en el ejercicio del gobierno; incluso han difundido en redes sociales su participación en retiros espirituales. Estas expresiones reabren el debate sobre el Estado laico, entendido no como una negación de la fe, sino como la garantía de la libertad de conciencia y de la igualdad de todas las personas, independientemente de sus convicciones religiosas.
Como hombre de fe, creo profundamente que Dios debe estar presente en todas las dimensiones de nuestra existencia, tanto en la vida privada como en la vida pública. La fe no puede reducirse al ámbito de lo íntimo cuando inspira valores como la justicia, la solidaridad, la compasión, el cuidado de la creación y la defensa de la dignidad humana. Sin embargo, la verdadera cuestión no es si Dios debe estar presente, sino qué imagen de Dios se pretende colocar en el centro de la vida pública.
La historia demuestra que el nombre de Dios ha servido tanto para liberar como para oprimir; tanto para defender la dignidad humana como para justificar la exclusión, la violencia y los privilegios. Por ello, cuando un proyecto político afirma que quiere "devolver a Dios" al centro de la sociedad, resulta indispensable preguntarse: ¿de qué Dios está hablando?
¿Del Dios que escucha el clamor de los pobres o del dios que legitima los intereses de los poderosos? ¿Del Dios que libera o del dios que exige obediencia para conservar privilegios? ¿Del Dios que construye puentes o del dios que levanta muros entre las personas?
Para quienes creemos en Jesucristo, la respuesta no puede construirse desde ideologías ni desde intereses partidistas, sino desde el Evangelio. El Dios revelado por Jesús tiene un rostro concreto y un proyecto igualmente concreto: el Reino de Dios.
Ese Reino comienza por la justicia social. El profeta Miqueas resume la voluntad de Dios con una claridad extraordinaria: "Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios" (Miq 6,8). Isaías exhorta a defender al huérfano, a la viuda y al oprimido (Is 1,17), mientras Amós proclama que "la justicia corra como un río inagotable" (Am 5,24). Jesús confirma este camino al identificarse con los hambrientos, los enfermos, los presos y los migrantes: "Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron" (Mt 25,35-40).
Ese mismo Dios defiende la dignidad del trabajo. Desde el Génesis, el ser humano es llamado a cultivar y cuidar la tierra (Gn 2,15), haciendo del trabajo una vocación y no una condena. Jesús afirma un principio que continúa siendo revolucionario: "El obrero merece su salario" (Lc 10,7). La Escritura condena toda forma de explotación cuando ordena no retener el salario del jornalero (Lev 19,13; Dt 24,14-15), y Santiago denuncia que el salario injustamente retenido clama delante de Dios (St 5,4). Quien invoca a Dios mientras tolera la explotación laboral contradice el Evangelio que dice defender.
El Dios de Jesús también se manifiesta en el cuidado de la creación. La tierra pertenece al Señor (Sal 24,1), y el ser humano es únicamente su administrador. "Cultivar y cuidar" (Gn 2,15) constituye una misión espiritual antes que económica. Destruir la creación en nombre del progreso significa desconocer al Creador.
Asimismo, Dios se hace presente en el rostro del migrante y del extranjero. El Antiguo Testamento ordena amar al extranjero como a uno de los propios (Lev 19,33-34), porque Dios mismo ama al migrante (Dt 10,18-19). Jesús lleva esta enseñanza hasta sus últimas consecuencias cuando afirma: "Fui forastero y me acogieron" (Mt 25,35). Una política que instrumentaliza la fe, pero desprecia al migrante, termina negando al mismo Cristo.
El Dios del Evangelio es también el Dios de la vida. "Escoge la vida" (Dt 30,19), proclama la Escritura. Jesús afirma haber venido "para que todos tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Defender la vida significa protegerla desde su concepción hasta su fin natural, pero también garantizar las condiciones que hacen posible una vida verdaderamente humana: alimentación, salud, vivienda, educación, trabajo, seguridad y paz.
Ese Dios invita igualmente al perdón y a la reconciliación. Jesús rompe la lógica de la venganza cuando enseña a perdonar "setenta veces siete" (Mt 18,22) y desde la cruz pide perdón para quienes lo crucifican (Lc 23,34). El perdón no sustituye la justicia, pero impide que el odio gobierne la historia.
Finalmente, el Dios revelado por Jesús es el Dios de la paz. No de una paz fundada en el miedo o en el silencio impuesto, sino de la paz que nace de la justicia. Isaías lo expresa con una frase que conserva toda su actualidad: "La obra de la justicia será la paz" (Is 32,17). Sin justicia social no existe paz verdadera.
Quizá ningún texto resume mejor el proyecto político del Reino de Dios que Isaías 58. Allí Dios rechaza una religiosidad reducida a ritos y ayunos, y propone otra forma de vivir la fe: romper las cadenas injustas, liberar a los oprimidos, compartir el pan con el hambriento, hospedar al pobre, vestir al desnudo y no desentenderse del hermano. Jesús hace suyo ese mismo programa al iniciar su ministerio en Nazaret: "El Espíritu del Señor está sobre mí... me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos y a poner en libertad a los oprimidos" (Lc 4,18-19).
Por eso, la discusión no consiste en decidir si Dios debe estar presente en la política. Para los creyentes, Dios siempre debe estar presente. La verdadera pregunta es qué Dios queremos poner en el centro de la vida pública. Si es el Dios de Jesucristo, entonces deberá estar presente allí donde se construye justicia, se protege a los trabajadores, se acoge al migrante, se cuida la creación, se defiende la vida, se practica el perdón y se trabaja por la paz. Todo lo demás corre el riesgo de utilizar el nombre de Dios como un instrumento de legitimación del poder, en lugar de dejar que el poder sea juzgado a la luz del Evangelio.

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