Pedagogía del amor a los abelardistas

Alfredo Vargas Ortiz

Pedagogía del amor a los abelardistas

Creo que esto nos está pasando a todos; por ello, debemos alzar la cabeza y comenzar a pensar en lo que verdaderamente nos une y no en lo que nos divide. Quienes están en el poder saben que mantenernos divididos es la mejor forma de unirnos contra un enemigo común inexistente.

Quienes hemos tenido la maravillosa oportunidad de recibir un grado de formación, de haber pasado por un claustro universitario y, aún más, de habernos dedicado a la educación, tenemos el deber ético y moral de educar con el ejemplo. Confieso que ha sido muy difícil entender cómo es posible que millones de ciudadanos elijan a alguien como presidente electo, pese a que ha demostrado públicamente su desprecio por los colombianos y un comportamiento antiético. Esto se evidencia incluso en la elección de quienes lo acompañarán en el gobierno, un equipo de trabajo que difícilmente podría justificarse por su solvencia moral, experiencia administrativa o independencia para gobernar para todos.
Sin embargo, creo que si algo ha logrado el presidente electo es convencer, mediante estrategias sofisticadas de inteligencia artificial y marketing político, a una parte importante del país de que debe odiar y despreciar a la otra. Lo ha hecho por razones extremadamente fútiles, al punto de lograr que hoy, incluso en el seno de las propias familias, existan divisiones irreconciliables, borrando los lazos de amistad, fraternidad y solidaridad que son los que realmente sostienen a la sociedad colombiana.
Creo que esto nos está pasando a todos; por ello, debemos alzar la cabeza y comenzar a pensar en lo que verdaderamente nos une y no en lo que nos divide. Quienes están en el poder saben que mantenernos divididos es la mejor forma de unirnos contra un enemigo común inexistente. Este artificio logra que personas nobles y buenas terminen convenciéndose de que el comunismo, la izquierda, la guerrilla, los pobres o «los nadies», entre otros, son los responsables de las grandes desgracias de nuestro país. La verdad es que son ellos mismos quienes por años han desangrado a la nación, sosteniendo un statu quo que, en parte, se desacomodó con un gobierno alternativo que -con sus defectos y virtudes- logró ofrecer esperanza a muchos que nunca estuvieron en la agenda de los poderosos.
En definitiva, considero que lo que sigue es un trabajo pedagógico para lograr, con respeto, consideración y mucho amor, que esa otra porción de la población se convenza del error en el que ha caído. De no lograrlo, debemos por lo menos convencerlos de la importancia de respetar las diferencias y tolerarnos, pues vivimos en un país diverso, multicultural y laico, donde la dignidad humana de todos los ciudadanos es el estandarte de nuestro Estado constitucional.
La pedagogía del amor y de la no violencia es una herramienta que debe utilizarse en este camino frente a la dinámica de escalada de violencia que se avecina. Debemos protegernos, apoyarnos y desarmar el odio con amor. Responder a la agresión con una actitud pacífica no compromete en nada nuestra postura frente a lo que se está haciendo mal; por ello, debemos mantenernos firmes en nuestros principios, entendiendo siempre que nada ni nadie justifica la violencia.
Mahatma Gandhi y Martin Luther King son un buen ejemplo de lo que significa la política y la pedagogía de la no violencia. Ellos murieron por su causa y sembraron la semilla de la independencia de la colonización británica y de la lucha contra la segregación racial, una discriminación de la que incluso hoy son víctimas las personas afrodescendientes y la diversa población migrante -mayoritariamente latina- en los EE. UU. y Europa.
Yo seguiré abrazando a mi tío uribista, a mis hermanos abelardistas y a mis amigos que, siendo víctimas en algunos casos de la misma violencia, tomaron una decisión tan equivocada. Esto no implicará, de ninguna manera, que dejarán de contar conmigo. Mi familia y mis amigos deben trascender las disputas políticas e ideológicas; los lazos de amistad, concordia, respeto y solidaridad deben arroparnos para lograr que la violencia sea vencida y que en Colombia florezcan los sueños de todos.

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