Nuestra Juventud

Enrique Ramirez

Nuestra Juventud

Hablar de nuestra juventud es como una película que el jóven de hoy no cree y que en los mayores evoca el recuerdo de un pasado lleno de historia, vicisitudes y necesidades.

 

Participamos activamente en las labores agrícolas, ganaderas y domésticas. Cogimos café, plátanos y cítricos; arreamos, ordeñamos y apartamos el ganado. El mandado, el agua y la leña no podían faltar en casa. La educación era limitada debido a la distancia, la falta de educadores y los recursos de las escuelas, pero la comunidad y la familia jugaron un papel crucial en nuestro aprendizaje y desarrollo. Vivíamos una vida rica en tradiciones culturales; los cuentos, relatos y mitos nos entretenían alrededor del fogón y las tertulias familiares con vecinos en el zaguán de las casas. Las tradiciones como fiestas patronales, ferias y eventos folclóricos eran parte integral de nuestra vida social y comunitaria.

Desde temprana edad se inculcaban valores como la responsabilidad, la solidaridad y el trabajo colectivo; el tiple y la guitarra en la música popular y campesina reflejaban nuestras realidades y la radio era la ventana al mundo exterior. Nuestra vida diaria giraba en torno a la familia, la iglesia y la escuela.

En vacaciones, el campo era nuestro compromiso; el río y las quebradas, nuestras piscinas; la calle, un potrero o un patio eran nuestro campo de batalla para el fútbol. El trompo, las canicas, el aro, el cojín y los juegos con los vecinos eran nuestros clubes sociales.

Las películas mexicanas y de Columbia Pictures eran nuestra vía al fantástico mundo del cine; el circo y 'la ciudad de hierro', con música de Gardel, Julio Jaramillo, Oscar Agudelo, Orlando Contreras, Tito Cortes, Alci Acosta, Olimpo Cárdenas y Daniel Santos. Y las rancheras mexicanas de los Aguilar, Javier Solís, Pedro Infante y Miguel Aceves Mejía nos transportaban al rancho. Nuestra música moderna "la nueva ola" con Oscar Golden, Vicky, Harold, Rodolfo Aicardi, Gustavo Quintero, Claudia de Colombia; lo romántico con Rafael, Sandro, Enrique Guzmán, Leonardo Favio y muchos más que se escapan a la memoria.

Así fue como nosotros, jóvenes pueblerinos rurales, salimos de nuestro cascarón hacia un nuevo entorno: un desafío en la ciudad donde vivían los menos favorecidas. Nos enfrentamos a huelgas y paros; al bullicioso comercio; al afán del transeúnte; a la guerra del centavo en los buses; y a la competencia del capitalismo.

Lo bueno es que por mal estudiante que uno fuera en provincia, allá se sobresalía entre sus compañeros. Se llegaba con disciplina, organización, tareas realizadas, lectura hecha y cumplimiento de las reglas institucionales inculcadas desde los primeros años de estudio. La verdad es que me encontré con compañeros para quienes lo ideal era simplemente pasar el tiempo.

Es importante anotar que nosotros, los jóvenes provinciales, nos fuimos vinculando al nuevo estado de cosas que encontramos en nuestro camino.

Las protestas desafiaron estructuras tradicionales y autoridades, impulsando cambios sociales y culturales significativos que simbolizaban el deseo de cambio y la resistencia contra las estructuras de poder establecidas.

Pienso que viviendo en la nueva sociedad moderna estudiantil de 1965 al 1971 se encuentran tres aspectos fundamentales: la revolución cultural china, el mayo de 1968 en Francia y el movimiento hippie.

Temas para otra columna.

 

 

 

 

 

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