Nadar, saltar, cruzar: el desespero detrás de la avalancha migratoria que sacudió a Ceuta
Entre 50.000 y 60.000 personas cruzaron de forma irregular desde Marruecos hacia Ceuta en apenas 48 horas, en la mayor crisis migratoria que vive España desde 2021, un episodio que dejó al menos 57 muertos, obligó a desplegar al Ejército y provocó que Italia suspendiera el acuerdo Schengen con Madrid, mientras el Gobierno español atribuye la avalancha a una campaña de desinformación difundida por redes de tráfico de personas.
Lo que empezó como un repunte de llegadas a Ceuta terminó, en cuestión de horas, convertido en la mayor crisis migratoria que ha vivido España desde 2021. Entre la madrugada del jueves 30 y la tarde del viernes 31 de julio, entre 50.000 y 60.000 personas cruzaron de forma irregular desde Marruecos hacia el pequeño enclave español en el norte de África, una cifra que equivale a más de la mitad de los habitantes de la propia ciudad y que multiplica por cuatro el histórico cruce de 2021.
Las imágenes que circularon esos días muestran a miles de personas rodeando a nado el espigón fronterizo del Tarajal, cruzando a pie por la frontera terrestre y saltando las vallas de un polígono industrial pegado al límite entre los dos países. Ceuta, con apenas 80.000 habitantes, vio llegar en 48 horas un volumen de gente equivalente al 62,5 por ciento de su población, y la respuesta del Estado no se hizo esperar: refuerzo de la Guardia Civil y la Policía Nacional, despliegue del Ejército y coordinación con Marruecos para cerrar de forma temporal el paso fronterizo de Beni Enzar, entre Melilla y territorio marroquí.
El presidente Pedro Sánchez, que se desplazó personalmente a la ciudad junto al ministro del Interior, calificó la llegada masiva como un ataque y una violación de la integridad territorial de España, y apuntó directamente a las mafias dedicadas al tráfico de personas como responsables de haber desatado el caos. Según explicó, estas redes difundieron por WhatsApp, TikTok e Instagram una lectura interesada y engañosa de una reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones en caliente, haciendo creer a miles de personas que quien lograra pisar suelo ceutí podría quedarse en España sin trámite alguno. Una mujer que cruzó junto a sus hijas contó a la agencia EFE que había viajado hasta la frontera después de recibir en su teléfono un mensaje que aseguraba que España había abierto la frontera para entrar sin papeles.
Mientras el Gobierno insiste en la tesis del bulo organizado, lo cierto es que detrás de cada uno de esos miles de cruces hay historias de personas dispuestas a jugarse la vida por una posibilidad, por remota que fuera, de cambiar su situación. El saldo humano de estos días ya deja al menos 57 personas fallecidas en el intento de alcanzar el enclave, y los equipos de emergencia siguen buscando en las aguas cercanas a la frontera. Para la tarde del viernes, más de 48.300 de quienes habían llegado ya habían regresado, en su mayoría de forma voluntaria, a Marruecos, dejando apenas un par de miles de personas todavía en la ciudad autónoma a la espera de que se resuelva su situación.
La crisis, además, ya salió de las fronteras españolas. Italia fue el primer país en anunciar la suspensión temporal del acuerdo Schengen con España, alegando que Madrid no estaba protegiendo de forma adecuada la frontera exterior de la Unión Europea, y a esa medida se sumaron Finlandia y Dinamarca, mientras Francia multiplicaba por cinco los controles en su frontera con territorio español. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, calificó de inaceptables las imágenes llegadas desde Ceuta y ofreció el apoyo de Frontex, en un episodio que reabre, una vez más, la discusión de fondo sobre quién carga con el costo humano de una frontera exterior europea que sigue sin una respuesta migratoria coordinada y humana entre los países del bloque.
Conviene no perder de vista que estos episodios no surgen de la nada: cinco años después de la crisis de mayo de 2021, cuando unas 12.000 personas cruzaron en dos días tras una disputa diplomática entre Madrid y Rabat, Ceuta vuelve a convertirse en el termómetro de una tensión que combina pobreza, falta de oportunidades, desinformación digital y una política migratoria europea que sigue apostando por el control y la contención antes que por vías legales y seguras de movilidad. Mientras esa discusión de fondo siga aplazada, es previsible que la frontera de Ceuta continúe siendo, cada cierto tiempo, escenario de episodios como el vivido esta semana.