Más allá de la chequera: el verdadero valor del liderazgo político
Cuando asumimos que el capital económico es el requisito excluyente para participar en la democracia, estamos distorsionando el propósito del Estado. Corremos el riesgo de que la política deje de ser un espacio de representación ciudadana para convertirse en una mera transacción comercial. Si un candidato ve su llegada al poder como una inversión financiera que debe recuperar, el presupuesto público termina pagando los platos rotos.
Hace unos días, compartiendo un tinto con amigos y ciudadanos de distintos municipios de nuestro departamento, escuché una inquietud que se repite con demasiada frecuencia. Hablábamos de líderes de base, de personas con una vocación de servicio innegable que tendrían toda la capacidad para llegar a un concejo, a una alcaldía o a la asamblea departamental. Sin embargo, ante la inminencia del calendario electoral local, muchos de ellos se niegan a dar el paso. La justificación que entregan, casi con resignación, es siempre la misma: "no hay plata".
Esa confesión invita a una pausa necesaria. Es innegable que el ejercicio político y el desarrollo de una campaña requieren logística, movilidad y organización, y todo eso cuesta. Pero, ¿en qué momento aceptamos que el tamaño de la cuenta bancaria sea el filtro definitivo para decidir quién administra lo público?
Cuando asumimos que el capital económico es el requisito excluyente para participar en la democracia, estamos distorsionando el propósito del Estado. Corremos el riesgo de que la política deje de ser un espacio de representación ciudadana para convertirse en una mera transacción comercial. Si un candidato ve su llegada al poder como una inversión financiera que debe recuperar, el presupuesto público termina pagando los platos rotos.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu explicó de manera muy lúcida que en la sociedad el dinero no es la única moneda de cambio. Él demostró que existen otras formas de "capital" que estructuran el poder y la influencia. Si trasladamos esa reflexión a nuestro entorno político actual, hay dos capitales que resultan mucho más determinantes para gobernar con decencia y eficacia: el capital social y el capital del conocimiento.
El capital social es, en el fondo, la confianza. Es esa red de relaciones que un líder construye a pulso. Pensemos en el líder de barrio o de vereda, en aquel que organiza a los vecinos para arreglar una vía, el que conoce los problemas de seguridad de su cuadra o el que gestiona soluciones sin tener un peso en el bolsillo. Esa credibilidad comunitaria no se compra con pauta publicitaria ni financiando grandes conciertos; se gana con tiempo, presencia y coherencia. Quien tiene el respaldo de su gente tiene una maquinaria mucho más poderosa que la financiera.
Por otro lado, está el conocimiento, que podríamos llamar un capital tecnócrata. Pero no me refiero exclusivamente a la acumulación de cartones, maestrías o títulos colgados en una pared. Hablo de una ciudadanía capacitada desde la vivencia. Es el conocimiento minucioso del territorio, la comprensión profunda de nuestra cultura huilense y la sensibilidad frente a las necesidades reales de los distintos sectores poblacionales. Un dirigente que entiende cómo funciona su municipio por haberlo caminado bajo el sol, tiene una ventaja técnica, práctica y humana muy superior a la de cualquier foráneo con una chequera abultada.
El capital económico facilita las formas, pero son el conocimiento del territorio y la conexión con la gente los que le dan fondo y legitimidad a cualquier proyecto político.
La responsabilidad de cambiar esta dinámica no es solo de quienes dudan en postularse, sino de nosotros como electores. El Huila necesita que sus líderes genuinos pierdan el miedo a participar. La política local requiere una sacudida, y esta solo llegará cuando decidamos que el valor de un candidato no se mide por lo que tiene para gastar, sino por lo que tiene en la cabeza para proponer, en su historia de vida para respaldar y en sus manos para trabajar.