Los ricos también lloramos

Enrique Ramirez

Los ricos también lloramos
Un noticiero entrevistó a una señora de 85 años que expresó con sabiduría: “Esto no es político, es social. Piensen en nosotros”. Ella, solo quiere recibir su medicina, un derecho después de haber trabajado toda su vida. Lo único que pide es atención, porque le duele el cuerpo y el alma.

Al gerente de un hospital llorando, por la falta de recursos que provoca, retrasos en el pago de salarios, escasez de insumos, cancelación de cirugías y citas, lo que agrava la crisis y pone en riesgo la sostenibilidad del sistema de salud.
y al ministro de Salud, diciendo “los ricos también lloran”.

De verdad todos los pacientes tienen con que,
Son ingenieros paneleros: los diabéticos. Coleccionistas de piedras preciosas en riñones, páncreas y apéndices. Quienes gozamos de atención las 24 horas y tecnología de punta, aunque sea en una UCI. Acumulamos tanto ácido úrico que hoy somos accionistas mayoritarios en el dedo gordo del pie: la gota.

Tenemos piel de coleccionista, tan sensible que reacciona al sol y al estrés: lupus o psoriasis. Realizamos viajes astrales con aura, espectáculos privados de luces sin salir de casa: la migraña. Poseemos huesos de porcelana, donde un estornudo se convierte en aventura extrema: osteoporosis.

Dueños de minas de hierro: un banco de hemocromatosis. Propietarios de células exclusivas de mutación limitada: el cáncer. Millonarios en ansiedad, con tanto miedo que hasta temen perderlo. Manos tan exclusivas que abrir un frasco es un deporte extremo: artritis reumatoide.

Mantenemos la presión más alta del mercado sanguíneo: hipertensión arterial. Disfrutamos de un ácido tan emprendedor que sube a revisar negocios a la garganta: reflujo gástrico.

Poseemos vértigo, una montaña rusa privada en el oído; o una vista premium con ventanas empañadas: cataratas. Coleccionamos glaucoma, un tesoro que, si no se drena, puede dejarnos ciegos. Y vivimos con fuentes ornamentales en el jardín corporal: un grifo que gotea de día y de noche, o un guardián tan celoso que no deja pasar una gota… siempre bajo el cuidado del urólogo.

La riqueza en enfermedades es la lotería más cruel: acumular lo que nadie desea y llorar de padecimiento. Se trata de una riqueza que no aparece en el extracto bancario, que te acompaña, te despierta al amanecer y te recuerda que el cuerpo es el bien más impredecible y costoso de mantener. Al fin y al cabo, todos lloramos con algún diagnóstico. La verdadera opulencia no está en los metros cuadrados de la casa, sino en los centímetros de arteria obstruida, en los milímetros de próstata agrandada o en las dioptrías de miopía acumulada. Lloramos, sí, pero a veces con lágrimas que no vemos bien por las cataratas y con un corazón que se emociona más de la cuenta y nos produce infarto.

Así es, nosotros, los pacientes ricos en dolencias, lloramos con elegancia.
Ministro: nuestra fortuna no se mide en sus cuentas bancarias, Lloramos, sí, pero con la ironía de saber que nuestra opulencia en enfermedades no compra una mirada compasiva.

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