Los millones que nos faltan
Quiero abordar en esta primera columna de 2026 un tema que, aunque muy normalizado en Colombia, no deja de ser una de nuestras grandes tragedias nacionales: la migración masiva de colombianos. Hoy son más de cinco millones los compatriotas que viven en el exterior, produciendo, trabajando, pagando impuestos y generando riqueza en otros países, mientras Colombia pierde talento, fuerza laboral y cohesión familiar. La mayoría de quienes se van están en edad productiva, y muchos otros son menores que en pocos años también aportarán productivamente a economías distintas a la nuestra.
Si bien las remesas que muchos envían son un soporte relevante de la economía colombiana y una tabla de salvación para millones de hogares, sin ellas, la situación macroeconómica y social sería peor, esto no compensa lo que el país pierde cuando millones de personas en edad productiva generan riqueza, pagan impuestos y construyen futuro en otros países y no en Colombia. Un país no se desarrolla exportando su fuerza laboral y conformándose con recibir algunas transferencias.
Las cifras son dicientes. Entre 2012 y 2021 cerca de dos millones de personas salieron de Colombia. Entre 2022 y 2025, en apenas cuatro años, se estima que la cifra ronda los 1,6 millones. Esto muestra que, pese al supuesto «cambio», el país sigue expulsando población a un ritmo incluso mayor que en gobiernos anteriores.
La migración, además, rara vez es una elección plenamente libre. En la mayoría de los casos es una decisión forzada por la falta de oportunidades, la escasa movilidad social, la informalidad y la
inseguridad. Y esto ocurre a pesar de que los millones de colombianos en el exterior son, en su inmensa mayoría, gente honesta y trabajadora. A propósito de un reciente viaje familiar a Estados Unidos, tuve la oportunidad de hablar con varios compatriotas que llevan años trabajando allá, lo que ratificó esa realidad. Son personas «berracas» que, en muchos casos, llegaron tras travesías difíciles, incluso arriesgando la vida, y que hoy cumplen jornadas extenuantes para sacar adelante a sus familias, tanto las que los acompañan como las que quedaron en Colombia. Están en todo tipo de oficios hasta posiciones altamente calificadas en ciencia y tecnología, como las colombianas Luz María Martínez Sierra y Diana Trujillo en la NASA.
Los colombianos constituyen una parte importante de la sociedad estadounidense, aportando productiva, cultural y socialmente. Se destacan, por ejemplo, en el área metropolitana de Nueva York,
donde los hispanos ya superamos la cuarta parte de la población. Como nota al margen, sorprende lo extendido que está el español en esta región, una muestra adicional de la relevancia de nuestro idioma. Esta tragedia nacional de la migración masiva se agrava cuando los países receptores atraviesan ciclos de persecución y xenofobia contra los inmigrantes, como el que estamos viendo en Estados Unidos. Expulsamos población y luego la vemos convertida en chivo expiatorio en otras sociedades, perseguida y tratada como delincuente. Esto dice mucho sobre la situación política y social de Estados Unidos, tema que abordaré en una próxima columna.
La inmigración, aunque comprensible desde la perspectiva individual, es una tragedia desde una visión macro de país. Debería obligarnos a preguntarnos qué han construido los distintos gobiernos, incapaces de ofrecer un país donde valga la pena quedarse. La emigración masiva no es casualidad: es un síntoma de fracaso gubernamental. Y lejos de corregirse, los números han aumentado. Mientras no enfrentemos esta realidad con seriedad, seguiremos celebrando remesas mientras perdemos lo más valioso: nuestra gente.
Porque hoy a Colombia le faltan millones, y no hablo solo de dinero: nos faltan millones de personas, los millones que se fueron. Sigamos trabajando y votemos a conciencia, no por rabia ni por el meme de turno en redes sociales, para que algún día podamos ofrecerles a esos millones que nos faltan, un país al que valga la pena regresar.