Los habitantes del pantano: radiografía de la tibieza y la virtud en el centro político
Hoy en día, la "izquierda" y la "derecha" funcionan como etiquetas feroces, verdaderas trincheras con banderas claras que exigen lealtad absoluta. Como bien definió el filósofo italiano Norberto Bobbio en su imprescindible obra Derecha e Izquierda, la gran frontera que las separa en la modernidad no es el simple choque entre el progreso y la tradición, sino su actitud fundamental frente a la igualdad. Para la izquierda, las desigualdades sociales son una falla trágica del sistema que el Estado tiene el deber de intervenir y corregir.
Para entender el caos y la feroz polarización de la política actual, es indispensable hacer un viaje en el tiempo hasta el turbulento París de 1789. En los acalorados debates de la Asamblea Nacional Constituyente, donde se decidía el destino de Francia tras la Revolución, los diputados comenzaron a sentarse por pura afinidad, dividiendo el espacio físico del salón. A la derecha del presidente de la asamblea se agruparon los defensores de la monarquía, el orden establecido, la religión y el status quo. A la izquierda, con una retórica encendida, se sentaron los revolucionarios, los plebeyos y quienes exigían un cambio estructural radical. Sin saberlo, ese día, la topografía de un salón definió el mapa político de los siguientes siglos.
La memoria histórica suele ser selectiva y con frecuencia olvida a los que decidieron acomodarse en el medio. En la parte baja y central de aquel anfiteatro se ubicó un grupo numeroso de diputados indecisos. Carecían de líderes ruidosos o discursos dogmáticos; su voto fluctuaba según el viento del debate o la conveniencia del momento. A este grupo se le llamó "La Llanura" (La Plaine) o, de forma mucho más cruel y despectiva, "El Pantano" o "La Marisma" (Le Marais).
Es exactamente ahí, en ese fango originario, donde nace el gran drama histórico de quienes hoy se denominan de "centro". Desde hace más de doscientos años, el centro ha luchado por sacudirse esa etiqueta inicial, intentando demostrar si es una postura de equilibrio racional e inteligente, o si simplemente sigue siendo un pantano de tibieza donde se hunden las convicciones.
Hoy en día, la "izquierda" y la "derecha" funcionan como etiquetas feroces, verdaderas trincheras con banderas claras que exigen lealtad absoluta. Como bien definió el filósofo italiano Norberto Bobbio en su imprescindible obra Derecha e Izquierda, la gran frontera que las separa en la modernidad no es el simple choque entre el progreso y la tradición, sino su actitud fundamental frente a la igualdad. Para la izquierda, las desigualdades sociales son una falla trágica del sistema que el Estado tiene el deber de intervenir y corregir. Para la derecha, en cambio, las desigualdades son el resultado natural del mérito, el talento y el esfuerzo individual, y el valor supremo que se debe proteger por encima de la igualdad forzada es la libertad.
Ante este choque de trenes constante, ¿qué es exactamente el centro hoy en día?
Con demasiada frecuencia, el centro contemporáneo padece de una crisis de identidad severa. Académicos han advertido que, en muchos sistemas democráticos, el centro no es una ideología propia, sino una simple posición geométrica. En nuestros tiempos de polarización tóxica y redes sociales irascibles, declararse de centro se ha convertido en un refugio electoral inmensamente tentador. Es un escudo protector, un cálculo de marketing político diseñado para no tomar posturas impopulares y no ofender a nadie.
Bajo esta táctica, el centro es la política del "ni lo uno, ni lo otro". Es un señuelo fabricado por asesores de campaña para captar a la mayoría silenciosa, a los votantes indecisos y a los ciudadanos agotados de los gritos. Pero cuando este "centro" hueco llega al poder, su falta de sustancia queda en evidencia: intentar gobernar sin ofender a nadie es la receta perfecta para la inacción y la parálisis administrativa.
No obstante, reducir el centro a una simple falta de valentía es injusto con su verdadero potencial histórico y teórico. Existe una forma virtuosa de habitar el centro, y esta no consiste en pararse inmóvil, paralizado en la mitad de la calle mientras los autos de los extremos pasan a toda velocidad. El centro político real es, o debería ser, una postura de síntesis audaz.
El verdadero centrismo es un pragmatismo valiente. Es la capacidad intelectual de entender que una sociedad próspera necesita la libertad económica, el libre mercado y el impulso empresarial que históricamente defiende la derecha para generar riqueza. Pero, al mismo tiempo, comprende que esa riqueza carece de sentido cívico si no existen las redes de seguridad social, los impuestos progresivos y la empatía institucional de la izquierda para asegurar que nadie se quede atrás.
Es así como el desafío para quienes hoy levantan la bandera del centro es monumental. Tienen la obligación de demostrarles a los ciudadanos que no son los herederos oportunistas de aquel "Pantano" parisino de 1789. Deben probar, con hechos y políticas públicas claras, que su moderación no es cobardía, ni indiferencia, sino prudencia y visión de Estado. Porque un centro vacío, que solo ofrece silencio frente a las injusticias o evasivas frente a las crisis económicas, no sirve como puente entre dos orillas. Un centro sin carácter es, a fin de cuentas, apenas un charco de lodo donde las grandes ideas van a morir.