Las que siempre me esperan
Hace algo así como un mes, que vine a mi dominio de vida natural, me despedí de una catleya grande y hermosa; Llevaba tres meses esperando que abriera y abrió justo ayer que yo llegué.
Aturdido por la contaminación de ofensas y mentiras de la politiquería que nos agobia; resuelvo frecuentemente desplazarme a mi cuartel de invierno, buscando paz y tranquilidad, a 1.350 metros sobre el nivel del mar, a 19 grados de temperatura y observando con admiración sublime a 360 grados, todo el verde de su majestad la tierra, amenizada por cantares gratos de aves que susurran mi sueño profundo, en señal de gratitud por lo que se tiene; aliados con el sonido delicioso que producen las tejas de Zinc, cuando desde el firmamento se desgranan aguaceros que nos dan la vida a todos los seres vivientes de la madre tierra y su entorno.
Después de 90 minutos de huir de la candela y el sofoco insoportable que nos propina el cambio climático y las habladurías de esta confrontación absurda y feroz, que azotan no solo la espalda, en las actividades cotidianas de nuestra querida comarca, sino nuestra salud mental; llego a mi tierra prometida. Aunque la verdad sea dicha, yo no llego a mi finca, soy recibido por decenas de novias que se visten de gala, para recibir a quien las ama, protege, dialoga amorosamente con ellas y las consiente permanentemente. Mis novias, son mis flores; y las preferidas son mis orquídeas, acompañadas de anturios, rosas y otras tantas, a quienes también quiero y se ponen celosas por mi preferencia orquideal; pero para tranquilizarlas yo les digo una frase que en vida repetía el difunto filosofo Diomedes Díaz: “En mi equipo no hay suplentes, toditas son titular”
Mucho antes de que el carro apague el motor, antes de que el perro ladre, o de que la puerta de madera cruja, ellas ya están ahí, formadas, erguidas, vestidas como para una fiesta que solo yo voy a ver, junto con Rebeca y Roberto, mis dos loros queridos, que en plena complicidad con el mayordomo que les da el pan de cada día, le advierten como cualquier campanero del delito: ¡“pilas, pilas…, llego el abogado”!, en señal de advertencia, para que se ponga a trabajar como debe ser y no se gane un memorando del jefe, con destino a la hoja de vida.
Mis flores no me piden nada; no me preguntan por las noticias, no me preguntan por el precio del café ni me preguntan a como está el kilo de ganado, ni por quién dijo qué cosa ofensiva en la radio esta mañana. Este país, a veces, parece un patio de gritos, de unos contra otros, todos con la razón a gritos, todos con la herida abierta. Uno llega de la ciudad con el alma un poco sucia, con el ruido metido en los oídos; y entonces, cuando llego, ellas me desarman y me piden respeto por su silencio y tranquilidad.
Hay una buganvilia fucsia que es descarada, que se ríe en la entrada. Hay unos anturios rojos que parecen corazones recién lustrados por el embolador más experto que termina su obra con una pulida fenomenal. Y más al fondo y alrededor de la casa, bajo la sombra de palmitas, palmas y el sándalo o caballero de la noche que les da perfume toda la noche, están ellas: mis orquídeas. Mis orquídeas no son flores; son señoras, son niñas, son presencias.
Cada vez que llego, están vestidas distinto. La blanca de labio morado que la semana pasada estaba tímida, hoy amaneció altiva, abierta como una soprano a punto de cantar. Las fucsia, están más vanidosas que nunca, invitándome a dialogar con ellas y que las consienta con manos de seda. La amarilla de pintas, esa que parece que le hubieran salpicado café, hoy está más amarilla que nunca, como si se hubiera puesto su vestido de domingo solo porque yo venía. Nadie me ha esperado tan bien en la vida.
Yo no soy jardinero, no sé de abonos con nombres raros ni del pH de la tierra; yo solo las miro y las cuido como se cuida lo que uno quiere y que a uno lo quieren.
Me he sentado horas frente a mis matas de orquídea, viéndoles el tallo, que es una arquitectura perfecta; viéndoles la raíz, que se agarra al tronco no para chuparle la vida, sino para abrazarlo. Qué lección tan simple: agarrarse sin hacer daño. Si este país aprendiera de las orquídeas, no estaríamos como estamos. Ellas no compiten, no se ofenden, no levantan la voz; una florece al lado de la otra y en lugar de taparle el sol, parece que le dice: "mira, yo me abro de este lado, para que tú brilles también".
Cuando estoy en mi finca, así sea con algo de miedo y preocupación, por tanto atropello de seres humanos que perdieron su humanidad; el tiempo cambia de forma y no importa saber qué hora es; lo que me importa es vivir y disfrutar a plenitud, estas maravillas que nos proporciona la madre tierra y su naturaleza. En Bogotá o en Neiva, el tiempo es un cuchillo que corta la agenda; en la finca, el tiempo es redondo y se sienta conmigo a ver cómo una gota de rocío se resbala por un pétalo morado y cae lenta sobre el musgo; y es en ese momento justo cuando el alma que uno trae apretada y arrugada por tanta pelea ajena, empieza a estirarse con felicidad y satisfacción plenas. No exagero si digo que mis flores me alimentan; no es poesía barata, es literal. Uno puede vivir sin muchas cosas, pero no puede vivir sin la belleza natural, incluida por supuesto las mujeres que tanta vida, felicidad y cacho nos han dado. La belleza en Colombia, es un acto de resistencia; sembrar una flor en un país que a ratos solo quiere sembrar rencor, es un acto político; es decirle a la violencia, "usted no me va a quitar el color".
Mis orquídeas me han enseñado a mirar despacio y a no pasar de largo, porque si uno pasa rápido, se pierde el centro. Y en el centro de cada orquídea hay un universo pequeño, simétrico, perfecto, que parece pintado por un loco enamorado. A mis amigos de la ciudad les digo: vengan y vayan, no a ver la finca, vayan a que las flores los saluden con amor y bondad sinceros. Todos creemos que uno va a la finca a descansar y mentiras, uno va a que lo perdonen; uno va a que la naturaleza nos diga: "todavía hay algo puro, todavía hay algo que no está dañado".
Hace algo así como un mes, que vine a mi dominio de vida natural, me despedí de una catleya grande y hermosa; Llevaba tres meses esperando que abriera y abrió justo ayer que yo llegué. Tres flores inmensas, lila por fuera y con un amarillo profundo por dentro, como un sol escondido, lo mismo que una de pétalo blanco resplandeciente, con labios tiernos y vírgenes color Fucsia que ya había florecido. Me quedé parado y en silencio frente a ellas, y sentí algo que no sentía hace mucho tiempo: alegría exponencial; no una alegría normal, de esas que suben un poquito; era una alegría que se multiplica, que se desborda, que no cabe en el pecho. Así me alegran mis flores, no me alegran un poquito, me salvan mucho.
Escribo esto, para que el que me lea, si está cansado de tanta ofensa, de tanto titular que divide, se acuerde de que en alguna loma de este mismo país, hay un señor que tiene unas flores que lo esperan vestidas de fiesta, y que mientras haya una orquídea que se atreva a florecer, todavía tenemos patria, todavía tenemos dónde volver, todavía tenemos alma.