La tierra que somos: Una reflexión sobre la dignidad campesina en el Huila
En el Huila, este vínculo trasciende la simple ocupación; es una cuestión abrumadoramente identitaria. Mientras que a nivel nacional la identificación campesina ronda el 25,4%, según cifras del DANE, en nuestra tierra esa cifra se dispara: más del 53% de los huilenses se reconoce a sí mismo como campesino, tal como lo destaca el Diario del Huila.
Recorriendo los caminos de nuestro departamento, compartiendo un tinto en cada vereda y sintiendo el cariño genuino de la gente, me viene a la memoria a menudo un verso del poeta Samuel Dixon:
“Aquel campesino que estaba contento, le dijo sediento: «¡mujeres, perdón!» Quisiera contarles que dentro del pecho estoy satisfecho con mi corazón.”
Esa imagen de un hombre que, aun sintiéndose "sediento" o atravesando dificultades, encuentra satisfacción y paz en su corazón, retrata a la perfección el alma de nuestra ruralidad. A pesar de las inmensas carencias, hay una grandeza interior en nuestros campesinos que nos hace sentir profundamente orgullosos de nuestras raíces. Pero, a la luz de los tiempos actuales, ¿qué significa realmente ser campesino? ¿Por qué la sociedad, sumergida en la celeridad urbana, a veces estigmatiza esta palabra? La modernidad nos empuja aceleradamente a labores citadinas, como si el progreso consistiera en dejar atrás el surco; sin embargo, la tierra sigue ahí, sosteniéndonos con la misma generosidad de siempre.
En el Huila, este vínculo trasciende la simple ocupación; es una cuestión abrumadoramente identitaria. Mientras que a nivel nacional la identificación campesina ronda el 25,4%, según cifras del DANE, en nuestra tierra esa cifra se dispara: más del 53% de los huilenses se reconoce a sí mismo como campesino, tal como lo destaca el Diario del Huila. Somos un faro de vocación agrícola en un país que a veces olvida de dónde proviene su alimento. Esta identidad colectiva se traduce en riqueza real: más de 90.000 familias de pequeños productores sostienen nuestra economía a través de la agricultura familiar, logrando que el departamento ostente con orgullo el liderazgo nacional en la producción de café de alta calidad y en la piscicultura.
Sin embargo, la "sed" de la que hablaba el poeta Dixon es, tristemente, una realidad ineludible. Detrás de los grandes logros productivos, existe un contraste de enorme vulnerabilidad: los datos del DANE también revelan que cerca del 63,5% de los jefes de hogares campesinos en Colombia se consideran pobres. Esta percepción va más allá de una simple estadística; expone una profunda deuda histórica acumulada durante décadas en áreas fundamentales como la educación rural, la conectividad y la infraestructura de vías y servicios.
Y es justo aquí donde la resiliencia de nuestra gente cobra su mayor valor. A pesar de las profundas carencias y de esa deuda histórica que como sociedad estamos obligados a saldar, en nuestros campos siempre brilla una amabilidad inquebrantable y una gentileza a toda prueba. Esa capacidad de levantarse cada madrugada, con el pecho "satisfecho" y el corazón lleno de voluntad, es el gran motor que nos debe inspirar colectivamente.
Este panorama no debe quedarse en la simple admiración, sino convertirse en un llamado a la conciencia de toda la sociedad. Saldar esta deuda histórica exige una mirada con sentido humano que transforme verdaderamente la realidad de nuestras veredas. Porque el campesino, como bien lo señalan las reflexiones académicas recientes, no es solo un productor agrícola; es un sujeto político y social de derechos, con voz propia y capacidad de organización.