La Salud Mental y el Suicidio
En el pasado las estadísticas de suicidio en el país y en el Huila eran altísimas. De vez en cuando se mencionaban y resaltaban por alguna razón distinta a la pretensión de estudiarlo e intervenirlo.
Y era comprensible: el suicidio era un hecho recurrente fundamentalmente en las zonas marginadas del Departamento y sobre todo en el campo, en lo rural. Recuerdo que hubo periodos en que semanalmente se producía por lo menos un suicidio. La segunda característica relevante del hecho es que quienes se suicidaban eran generalmente jóvenes. Jóvenes bien jóvenes. Y la tercera característica era que eran jóvenes de extracción pobre, muy humildes. De ahí el poco interés por el tema.
Traigo a colación este hecho a raíz de que se está produciendo nuevamente, pero ahora con características diferentes, y seguramente por razones distintas. En estos días Karol Rodríguez ha escrito en un medio regional varios artículos sobre las presiones y maltratos a que profesores universitarios someten a sus estudiantes, en este caso en programas de posgrados médicos. Y lo hace a partir del suicidio de un estudiante de un posgrado médico en la Universidad javeriana.
Y justamente la semana anterior se produjo otro suicidio de un estudiante de un programa de lenguas de la Universidad del Atlántico, quien dejó una nota sobre las razones que tuvo para tomar la decisión y que puede servir de referente para estudiar el problema e intentar intervenirlo; además, varias universidades de élite en Bogotá han tomado medidas temiendo que el hecho pueda generalizarse. Lo importante de estos casos es que evidencian que el suicidio ya no se produce únicamente en las zonas marginadas, en la ruralidad, en el campo, sino que se trasladó a la ciudad, y que ya quienes lo cometen no son jóvenes pobres, humildes sin esperanzas ni sueños, sino jóvenes universitarios afectados emocionalmente por razones de salud mental.
Razones creadas por factores externos, estudiadas pero en abstracto y en abstracto y de manera generalista intervenidas por la ciencia médica haciendo uso esencialmente de estrategias farmacéuticas que sirven para prolongar los tiempos de vida, pero no los procesos traumáticos de ella ni sus finales.
Cómo no sufrir enfermedades mentales en una sociedad mentalmente enferma? En la que la dinámica de la vida cotidiana es la misma rutina diariamente: levantarse para desplazarse al mismo lugar de los días anteriores a hacer lo mismo de todos los días; o simplemente para no hacer nada. No hay cambios en la rutina. Y la interacción con los pares, niños o jóvenes o adultos en el lugar de encuentro cotidiano, es el encuentro de sujetos llenos de presiones, temores, miedos, angustias, preocupaciones, que regularmente liberan en formas agresivas, acosadoras, violentas contra esos otros sujetos.
Todo esto es producto de la vida en una sociedad pobre, miserable, injusta, que poco o nada le ofrece como sueño o esperanza a los sujetos; de ahí el poco o ningún entusiasmo que le genera al niño y al joven la escuela, y de ahí que estos no quieran asistir a ella o si asisten deserten rápidamente, tal como lo muestran todas las cifras de deserción escolar en todos los niveles.
Pero el punto al que se debe llegar es a preguntarnos qué hace el Estado, la Institucionalidad, los gobiernos, para afrontar, mitigar, intervenir y ojalá resolver este problema. La respuesta es, nada. Porque ni siquiera son conscientes de que es un problema, y que es un problema grave. Y mas decepcionante saber que la institucionalidad, a todos los niveles, tiene ministerios y secretarías de educación y cultura, que deberían ser las responsables de afrontar este problema, y no hacen nada por ello.
Hacer algo por ello sería promover rupturas de la cotidianidad en la escuela, ojalá en los currículos, pero sobre todo en la pedagogía: que haya por lo menos un día dedicado a las artes y otro día a los deportes y en escenarios físicos distintos a los de esa cotidianidad, es decir, fuera de la escuela, donde niños y jóvenes tengan la posibilidad de interactuar con otros sujetos distintos a los que ven diariamente.
Solo esto para no agregar otra opción altamente formativa pero sobre todo sanadora mentalmente, que consiste en sacarlos a conocer ambientes naturales o culturales fuera de la ciudad. Responderán que no se puede porque no hay plata para buses y los maestros trabajan en la tarde en otro lado. Pero, volviendo al punto de la rutina de la vida cotidiana, mas grave aún ver y sentir que esa vida es cada día peor producto de decisiones tomadas o no tomadas por las autoridades municipales.
El ruido es uno de los mayores causantes de las enfermedades mentales. Y los carros y las motos son los medios que mas lo producen. Sin embargo todos los días venden sin ningún control motos que salen a circular produciendo a toda hora ruidos estrepitosos en las calles y a velocidades descontroladas. No hay autoridad que establezca políticas de horarios de circulación de las motos, ni mucho menos de niveles de velocidad. Así que el ruido que contribuye a enfermar mentalmente a los ciudadanos, aumenta a diario y con este la enfermedad, en un círculo vicioso que conducirá a agravar la enfermedad mental de la sociedad y con esta la de cada uno de los sujetos que la integran.