La Sabana de Bogotá y sus lecciones para Neiva
¿Quién defiende la sabana de Bogotá? Ese fue el título, en 2015, de una de las columnas habituales en El Espectador de Julio Carrizosa Umaña, uno de los más importantes ambientalistas del siglo XX y XXI en Colombia
No la defienden el alcalde de Bogotá Carlos Galán, ni Claudia López que de verde ya no tiene ni el nombre del partido y mucho menos el codicioso gremio de los constructores de Bogotá agrupados en Camacol. Los tres, señalaron como un atentado a la autonomía territorial la resolución para generar lineamientos de ordenamiento ambiental de la Sabana de Bogotá, que en estos momentos se encuentra en consulta ciudadana en la página del Ministerio de Ambiente.
Esta resolución responde a un compromiso adquirido por la nación desde la promulgación de ley 99 de 1993, que en su artículo 61 catalogó la conservación de esta altillanura como un propósito de interés ecológico nacional.
}} Y no es para menos, por ejemplo, la Reserva Thomas Van Der Hammen como parte de la sabana conecta los cerros orientales con la cuenca del río Bogotá. A partir de esta conexión distribuye el agua con sus humedales de alta montaña, páramos y bosques de galería sobre algunos de los suelos de más alta productividad agrícola y pecuaria en Colombia, al igual que, hacia poblaciones localizadas aguas abajo valiéndose de las coberturas vegetales y boscosas, la geología y la humedad.
Pero la situación es crítica en la sabana, el maestro Carrizosa y colectivos ciudadanos, desde hace décadas, ya calificaban los impactos ambientales sobre ella como un ecocidio. La minería descontrolada, los vertimientos de desechos industriales en aguas superficiales y subterráneas, y los procesos de conurbación desde el siglo XX han puesto en riesgo la funcionalidad ambiental de los ecosistemas de este poderoso circuito del ciclo del agua, que sirve de soporte para los más de 10 millones de habitantes y para una importante área de desarrollo industrial que concentra alrededor del 33% del PIB nacional.
En tiempos del cambio climático ahí deberían estar los esfuerzos de la administración pública, en recuperar la conectividad de los corredores biológicos por los cuales circulan felinos, mamíferos, aves migratorias y los ríos voladores que llegan a esta zona viajando desde la Amazonía y la Orinoquía. De no tomarse medidas urgentes, Bogotá y los 39 municipios restantes enfrentarían serias dificultades para garantizar tres aspectos de la oferta ambiental que son indispensables para mantener cualquier ciudad funcionando: disponibilidad de agua, suministro de alimentos y captura de carbono.
Los impredecibles impactos ambientales, sociales y económicos de una posible amenaza por migraciones asociadas a eventos climáticos en Bogotá y sus alrededores deberían exhortar a que los propósitos nacionales y la autonomía territorial actúen bajo los principios de reconocer la función social y ecológica de la propiedad, darle prevalencia al interés general sobre el particular y establecer una distribución equitativa de las cargas y los beneficios como lo señala la ley 388 de 1997.
Por lo pronto, a los neivanos este episodio debería prepararnos para exigirle alcalde Germán Casagua de cara a la formulación del POT que se tomen medidas para proteger los humedales El Chaparro y El Curíbano dado que los planes de manejo ambiental formulados no lo hicieron, incorpore a la estructura ecológica principal las planicies de inundación en el oriente de Neiva sobre las microcuencas de la quebrada La Jabonera, La Torcaza y El Tigre y por último planteé una discusión pública sobre la necesidad de impulsar una reforma agraria que ordene ambiental , social y productivamente la propiedad rural con el fin de garantizar el derecho humano a la alimentación de Neiva y salvaguarde ecosistemas estratégicos amenazados por la expansión urbana.