La PTAR de Gigante: una conversación que no puede seguir esperando
Pero si conocemos cómo funcionan estos procesos, también sabemos que una operación inadecuada, sobrecargas, deficiencias de oxígeno o acumulación de materia orgánica pueden favorecer la generación de compuestos responsables de olores desagradables.
Hay problemas que con el paso de los años no desaparecen. Se vuelven parte del paisaje, de la conversación cotidiana y, peligrosamente, de la costumbre.
La situación de las piscinas de oxidación de Gigante es uno de ellos.
Cuando fueron construidas, seguramente se pensó en una ubicación distante del crecimiento urbano. Pero los municipios cambian. Gigante creció y continúa creciendo, y hoy aquella infraestructura se encuentra rodeada por una realidad muy diferente.
Barrios como la Esperanza, La Paz, El Obrero, Ciudadela el Sol, Madres cabeza de hogar, La Orquídea, San Antonio y otros barrios cercanos han convivido durante años con una problemática que no debería convertirse en normalidad: los malos olores provenientes del sistema de tratamiento de aguas residuales.
Y vale la pena entender qué ocurre allí.
Las lagunas de estabilización son sistemas diseñados para tratar aguas residuales mediante procesos físicos, químicos y biológicos. En ellos intervienen microorganismos, bacterias y algas que ayudan a degradar la materia orgánica y reducir la carga contaminante. El resultado esperado es un agua residual tratada que pueda ser descargada cumpliendo las condiciones ambientales establecidas.
En Gigante, la quebrada Guandinosa aparece como fuente receptora del sistema.
Pero si conocemos cómo funcionan estos procesos, también sabemos que una operación inadecuada, sobrecargas, deficiencias de oxígeno o acumulación de materia orgánica pueden favorecer la generación de compuestos responsables de olores desagradables.
Por eso el problema no debería reducirse simplemente a intentar controlar el olor.
La pregunta es si estamos haciendo lo suficiente para encontrar una solución de fondo.
Gigante cambió Y cuando un municipio crece, también debe crecer y modernizarse su infraestructura sanitaria.
No se trata de señalar las decisiones tomadas décadas atrás. Se trata de aprender de ellas.
Porque hoy tenemos una oportunidad enorme para hacerlo mejor.
En Río Loro, ya se adelantan obras relacionadas con su sistema de saneamiento. Potrerillos también hace parte de los proyectos de infraestructura sanitaria del municipio, y La Gran Vía cuenta igualmente con proyectos encaminados al tratamiento de sus aguas residuales.
Y aquí hay una pregunta que debemos hacernos antes de construir: ¿Estamos pensando en el municipio que tenemos hoy o en el que tendremos dentro de veinte o treinta años?
Los centros poblados también crecen. Las viviendas se expanden. Lo que hoy parece estar lejos de una comunidad mañana puede terminar rodeado de ella.
Por eso, las nuevas PTAR deben planearse no solamente pensando en dónde hay un terreno disponible, sino en su capacidad futura, su posibilidad de ampliación, su operación y mantenimiento, su impacto ambiental y la distancia que tendrán de las zonas habitadas.
La experiencia de las actuales piscinas de oxidación debería servirnos para eso: para aprender.
No podemos cometer mañana los mismos errores de planeación que hoy estamos tratando de corregir.
El saneamiento básico no es un asunto secundario. Tiene que ver con la calidad de vida, con el ambiente y con el derecho de las comunidades a vivir en condiciones adecuadas.
Gigante merece una solución pensada para su realidad actual, pero también para su futuro.
Porque no podemos conformarnos con seguir preguntándonos cómo controlar los malos olores.
Tenemos que empezar a preguntarnos qué solución necesita el Gigante que está creciendo.
Las nuevas PTAR de nuestros centros poblados son una oportunidad para hacer las cosas mejor.
Y la PTAR del casco urbano es una conversación que, por el bienestar de nuestra gente y nuestro territorio, ya no puede seguir esperando.