La política del odio
En este sentido, olvidamos la tolerancia: si alguien piensa diferente, lo convertimos en enemigo; y si intenta conciliar, lo tachamos de tibio. Así se perdió el respeto y, con él, la posibilidad de construir juntos.
Esta semana mi hermano Oswaldo me invitó a ver en Netflix la película Ben-Hur. En ese momento, sumergido en las reflexiones de la pasada contienda electoral, la cinta me cayó como anillo al dedo.
A mi modo de comprender, la enseñanza más profunda de la película es que muestra cómo el odio y el miedo distorsionan la realidad. Los hermanos de crianza, Judah Ben-Hur y Mesala, terminan enfrentados: Judah cree que su único propósito es la venganza, pero ese odio lo consume y lo ciega; mientras tanto, el miedo engaña a Mesala, llevándolo a la traición y a la paranoia.
Asimismo, la presencia de Jesús, discreta pero decisiva, revela que la verdadera libertad no está en la venganza ni en el miedo, sino en superar esos engaños.
Ahora bien, cuando comenzamos a odiar a todo —negros y blancos, pobres y ricos, creyentes y ateos, indígenas y mestizos, obreros y patrones, viejos y jóvenes, profesores y alumnos — todo se derrumba, porque el odio y el rencor social se convirtió en proyecto político.
De igual manera, la izquierda y la derecha terminan siendo lo mismo: caminos que nos conducen al resentimiento. En consecuencia, la democracia se degradó en el populismo y el gobierno de la razón se transformó en el gobierno del odio.
Por otra parte, es mucho más fácil odiar que aprender a convivir. La sociedad moderna es compleja porque cada persona piensa distinto; sin embargo, hemos abandonado el diálogo, que es la única vía para comprendernos y llegar a acuerdos.
En este sentido, olvidamos la tolerancia: si alguien piensa diferente, lo convertimos en enemigo; y si intenta conciliar, lo tachamos de tibio. Así se perdió el respeto y, con él, la posibilidad de construir juntos.
En concordancia con la trama de la película, pude deducir que la rabia, el odio y el miedo dominaron el debate electoral porque se jugó con esas emociones intensas y pasajeras. La rabia, convertida en indignación sostenida, generó una animosidad profunda que orientó el voto bajo la presión de la polarización.
Además, por las redes del odio se diluyeron valores como la coherencia, la experiencia y la tolerancia de Paloma y Oviedo, así como la decencia, la academia y la esperanza de Fajardo. Frente a esa polarización alimentada por extremos vinculados a Cepeda y De La Espriella, la gente no votó con razones, sino con emociones.
No obstante, aunque el miedo y el odio hayan marcado la elección, la esperanza permanece como horizonte posible para reconstruir la confianza. En medio del ruido y la polarización, la esperanza sigue siendo semilla viva: tarde o temprano aflora en la conciencia ciudadana.
Finalmente, la vida republicana se debate en escoger entre dos males: el menor. He aquí la cuestión: ¿es preferible un gobierno malo conocido o uno malo por conocer? Esta paradoja revela la fragilidad de nuestra democracia, atrapada entre la resignación y la incertidumbre. Por ello, la verdadera salida es recuperar la confianza del ayer perdido.
NOTA: Al empoderado, independiente y crítico lo llaman tibio.