LA POÉTICA DEL FIN

Luis Fernando Amezquita

LA POÉTICA DEL FIN
Atravesamos por unos momentos de inspiración que se interconectan mientras emergen ante la destrucción de la vida en la Tierra a pasos agigantados. A expensas de cafres clasistas, de ‘dirigentes’ con una codicia ortodoxa, plutocrática, sufrimos el deterioro angustioso de la estructura sagrada, esa misma que sostiene el peso de la biodiversidad en el ecosistema -el propio ordenamiento de la casa, para no ir muy lejos-. El planeta arde y alumbra con sus chispas y cenizas ígneas las tinieblas abismales de la bóveda celeste en este lugar tan privilegiado del cosmos. Se puede afirmar que ahora perturbamos a la galaxia, sin ningún remordimiento. Los poetas claman venganza en contra de los depredadores impunes, escondidos en ambientes palaciegos de clases altas a la manera de tronos feudales. Estadísticas novedosas empañan la visión de los supuestos dueños de la Tierra (extraños especímenes, sin aparente pertenencia a un reino natural originario, parapetados al margen del contexto Divino), que se arrogan el derecho de destruirla en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro cronológico.

LA ESTÉTICA DE LOS NUESTROS

De fondo, reacciona la conciencia de los creadores de las artes (igual que múltiples voces del espíritu de la misma Tierra Madre), de los iluminados, en concordancia con la simplicidad del amor puro, con un sentimiento lo más parecido al de las madres y al de los humildes del mundo. Acabamos de recibir información tenebrosa sobre la destrucción de las capas glaciares en un 90 por ciento del país, en el marco del día clásico de esas montañas blancas, que muy pronto serán un recuerdo, una reseña enciclopédica, pues no serán repetibles. El calentamiento global del momento ocurre 10 veces más rápido que la tasa promedio de calor atribuible a la época posterior de una edad de Hielo. Tenemos que confesar que muchos poetas se nos antojaban ‘ladrilludos’, muchas veces densos y hasta ligeramente ‘mamones’, en especial los del territorio. Cierta prevención frente a su lectura permanente nos producía un alto elogio de la prosa, a la que queríamos desarrollar en medio de un estilo algo Garcíamarquiano –según nuestros lectores críticos, avezados, académicos-, sin proponérnoslo ni en un plan de imitación deliberado para las épocas del realismo mágico, de fin de siglo y en las de este milenio. Con el emborronamiento de muchas cuartillas, y la incursión en la crónica periodística, sentimos algunos progresos de esos en los que uno no sabe si lo que  está leyendo es realmente una producción personal, o es de un genio que se nos coló desde ese mundo espiritual que nos rodea. Tal vez ello tenga que ver con el universalismo del oficio y con los alcances del ejercicio de escritores, sin desestimar al purismo como una escuela que siempre respetamos y hasta adoramos de alguna manera, en virtud de una formación técnica en periodismo, y de una especialización en prensa escrita. En el colofón de esta historia traemos al cineasta, especialista en creatividad de la Universidad Nacional de Colombia, con sendos títulos profesionales de pregrado y posgrado, Carlos Santiago Amézquita Villamizar, opita de pura cepa, hijo de intelectuales y educadores de renombre. Nos sorprende con su producción titulada ‘Poema Glaciar’, difundida en Méjico, donde  se asienta, y sigue, tal vez, los pasos del Nobel García Márquez, aunque parezca pretencioso. Su estilo objetivo y creciente así lo demuestra:

 
Hola, tío!! Mando el poema:


Se acerca el día
en que no veremos
más blanco en las montañas.

Un color desaparecerá de la geografía,
y con él la memoria de un paisaje.

Un color dejará de ser horizonte,
dejará de ser cumbre y suelo,
dejará de ser agua.

En el vacío del blanco
estarán ausentes también
los oyameles,
los teporingos,
los mazayeles,
los humanos.

Aunque llueva, aunque nieve,
olvidaremos pronto la permanencia;
no conoceremos la repetición,
la confianza en las estaciones.

Un color se extinguirá del horizonte,
como se extinguen las lenguas,
arrancándole al cosmos
un fragmento,
una divinidad.

Se acerca el día
en que la palabra

glaciar

será apenas
un recuerdo lejano,
una cicatriz en las enciclopedias.

Esto es lo que ya hemos perdido.

Pero nos quedan todavía
algunos otros colores,
nos queda vida, temor, voluntad,
hambre, sed y resistencia.

Tenemos los cantos antiguos,
las flores,
el sahumador.

Tenemos la fe,
el conocimiento
y el amor.

El blanco de las montañas no volverá
y es nuestro deber vengarlo.

Nos quedan todavía
algunos culpables.

Nos queda todavía
un mundo que reconstruir.






Abrazos!!

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