LA PLATA: CON DOLOR Y RABIA.

Enrique Ramirez

LA PLATA: CON DOLOR  Y RABIA.
Desearía poder callar, pero no puedo. Callar sería traicionar a esos inocentes asesinados, a las personas heridas y a todas las víctimas de este conflicto.

 

Este Jueves Santo, 17 de abril, una motobomba explotó junto a la estación de policía de La Plata, Huila. Dos jóvenes Peña Trujillo muertos, 31 civiles heridos, entre ellos 10 niños. Ellos no decidieron nacer, en un país con conflicto armado.

 

Este artículo no es solo una condena al acto terrorista, sino una reflexión sobre la línea que separa la lucha legítima por la justicia social de la barbarie disfrazada de revolución.

¿Cómo es posible que, en nombre de una supuesta "lucha revolucionaria", se asesine? ¿Dónde queda la justicia cuando los métodos de guerra se dirigen contra quienes no tienen voz en el conflicto?

El ataque en La Plata no fue un error estratégico. Fue un acto premeditado de terrorismo para sembrar miedo. Estalló en un lugar público, sin distinguir entre policías, soldados, madres, ancianos o niños. Esto no tiene ideología en el momento en que destroza cuerpos inocentes.

 

Los grupos que lo cometen lo justifican como "violencia revolucionaria" para liberar a los oprimidos. Pero, ¿qué opresión combate el asesinato? ¿Qué sistema derroca el mutilar a un transeúnte?

Cuando esa violencia se vuelve indiscriminada, deja de ser liberadora y se convierte en otra forma de tiranía.

La lucha revolucionaria no debería medir su éxito por la cantidad de miedo que infunde, sino por la justicia que construye. Si un movimiento que dice buscar la igualdad termina matando a quienes dicen defender, entonces no es una revolución: es una máquina del crimen.

Las guerrillas, los paramilitares o los agentes del Estado presentan sus crímenes como necesarios. Pero, en la práctica, los muertos siempre son los mismos: los pobres, los campesinos, los indígenas, los niños atrapados en el fuego cruzado. Llevamos décadas viendo masacres, desplazamientos y falsas promesas de paz.

 

Hay una parábola que dice: "Un día, alguien vio a una persona ahogándose en el río y corrió a salvarla. Luego llegó otra, y otra. Pronto, el rescatista se dio cuenta de que no podía seguir sacando cuerpos indefinidamente. Tenía que ir río arriba para descubrir quién los estaba tirando."

 

Esto aplica perfectamente al conflicto colombiano. Podemos llorar a los muertos de La Plata, exigir justicia y condenar a los perpetradores. Pero si no enfrentamos las causas estructurales —la desigualdad, el abandono estatal y la corrupción— seguiremos viendo más motobombas, más masacres, más niños asesinados.

La rabia sola no basta; es necesario:

 

- Que los autores intelectuales y materiales de estos crímenes no queden impunes.

- Inversión social en zonas olvidadas, donde los grupos armados reclutan a jóvenes.

- No permitir que estos crímenes se vean como normales.

- No basta con publicar un "¡Qué horror!" en redes sociales. Hay que presionar a los gobiernos, apoyar a las víctimas y exigir cambios.

 

La violencia que mata civiles no es revolucionaria: es terrorismo. Punto.

Y frente al terrorismo, solo hay dos opciones:

Ser cómplice, por acción u omisión. O

Alzar la voz.

 

Hoy, con rabia en el corazón, elijo la segunda.

 

¿Y tú?

 

NOTA.

-Con profundo respeto y cariño, despedimos al señor Luis Carlos Caupaz Ledezma, un hombre bondadoso, esposo ejemplar y padre dedicado. A su esposa Bertha, sus hijas, hijos y familiares, les acompañamos en este momento de dolor.

-Un adiós a Sofanor Arguello, maestro de maestros de nuestro folclor, en la gloria danzará por la eternidad.

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