La foto primero y el pueblo después

Camilo Tellez

La foto primero y el pueblo después

Una administración puede tener excelentes redes sociales y, al mismo tiempo, una comunidad con graves problemas problemas.

Hay una enfermedad silenciosa que está creciendo en la política colombiana: la obsesión por parecer que se gobierna, incluso cuando no necesariamente se está gobernando.


Vivimos en la época del video corto, la transmisión en vivo, la fotografía cuidadosamente preparada y el titular diseñado para las redes sociales. Para algunos dirigentes parece más importante aparecer que transformar; publicar que ejecutar; conseguir aplausos que resolver problemas. Y entonces aparece una peligrosa confusión: se empieza a creer que comunicar es lo mismo que gobernar. No lo es.


Una administración puede tener excelentes redes sociales y, al mismo tiempo, una comunidad con graves problemas. Puede publicar diariamente reuniones, recorridos e inauguraciones y, aun así, no lograr mejorar la vida de sus ciudadanos.


Porque gobernar no es posar frente a una obra. Gobernar es lograr que la obra funcione. No es visitar un barrio acompañado de cámaras, sino regresar después, sin cámaras, para comprobar si el problema realmente fue solucionado. No es anunciar una estrategia de seguridad, sino conseguir que la gente vuelva a sentirse segura. No es decir que se apoya al campesino, sino ayudar a que pueda sacar su cosecha, acceder a oportunidades y recibir un precio justo por su trabajo.


El problema no está en comunicar. La comunicación institucional es necesaria. Los ciudadanos tienen derecho a saber qué hacen sus gobernantes y cómo se invierten los recursos públicos. El problema aparece cuando la comunicación deja de ser una herramienta del gobierno y el gobierno termina convertido en una herramienta de comunicación.


Cuando las decisiones comienzan a tomarse pensando primero en cómo se verán en redes. Cuando una actividad se organiza más por la fotografía que por su impacto. Cuando una obra se inaugura antes de estar realmente terminada. Cuando un funcionario mide su gestión por el número de publicaciones y no por los resultados. Cuando la prioridad deja de ser resolver para convertirse en mostrar.


Estamos llegando a un punto en el que, para algunos, el algoritmo parece tener más importancia que las necesidades reales de la gente. Una comunidad puede necesitar agua potable, pero eso quizá no produce un video viral. Una familia puede necesitar una vía para sacar sus productos, pero reparar una carretera puede tardar meses y no genera el mismo impacto inmediato que una inauguración. Fortalecer la seguridad requiere inteligencia, planeación, coordinación y recursos, y muchas veces sus mejores resultados ni siquiera aparecen en una fotografía.


Porque gobernar de verdad suele ser mucho menos glamuroso que gobernar para las redes. Requiere estudiar expedientes, tomar decisiones difíciles, controlar contratos, hacer seguimiento, corregir errores, escuchar críticas y asumir responsabilidades. Eso no siempre genera aplausos, pero sí genera resultados.


El verdadero liderazgo público no debería medirse por la cantidad de seguidores, sino por la capacidad de transformar realidades. No por cuántas fotografías aparecen en las redes institucionales, sino por cuántos problemas fueron solucionados.


Y los ciudadanos también tenemos una responsabilidad. Muchas veces premiamos al dirigente que aparece todos los días en nuestro teléfono, aunque no sepamos exactamente qué está haciendo. Confundimos presencia mediática con eficiencia.


Y la política aprende rápidamente. Si el aplauso está en la fotografía, algunos gobernarán para la fotografía. Si el reconocimiento está en el video, algunos administrarán para producir videos.


Por eso debemos elevar nuestra exigencia y hacer preguntas mucho más sencillas: ¿Qué prometió? ¿Qué ejecutó? ¿Qué cambió realmente? Esas son las preguntas que verdaderamente importan.


Colombia, el Huila y nuestros municipios necesitan buenos comunicadores, sí. Pero necesitan, sobre todo, buenos gobernantes. Dirigentes que entiendan que una cámara puede registrar una obra, pero no construirla; que una publicación puede anunciar una solución, pero no reemplazarla; y que un discurso puede emocionar durante algunos minutos, pero no alimentar a una familia, pavimentar una vía ni devolverle la seguridad a una comunidad.


La fotografía pasa. El video desaparece entre miles de publicaciones. El titular cambia al día siguiente. Pero los problemas permanecen cuando nadie los resuelve.


Por eso, la política debe volver a concentrarse en lo esencial: menos espectáculo, menos apariencia, menos gobierno para las redes y mucho más trabajo.


Porque al final de un período de gobierno no debería importar cuántas fotografías quedaron en las redes sociales. Debería importar cuántas vidas mejoraron.


Porque gobernar para la foto puede dar popularidad, pero gobernar para transformar es lo que deja legado.

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