La farsa de la democracia
Siempre he sostenido que en este país de todas las violencias y las corruptelas, donde se cacarea tanto de que somos la democracia más antigua de Latinoamérica, lo que realmente tenemos son elecciones pervertidas, por cuenta de una clase politiquera que desde los albores de la república solo ha pensado en sus torvos intereses producto del ejercicio de la violencia y la corrupción, por lo que estamos muy lejos de ser una auténtica democracia en el cabal entendimiento de ser “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, como la definió Abraham Lincoln en su célebre discurso en el cementerio de Gettysburg en 1863, que significa, como lo tiene señalado en el papel nuestra Constitución, que la soberanía reside en el pueblo, ejerciéndola directamente o por medio de representantes.
Y también he dicho reiteradamente que, por esas mismas circunstancias, la soberanía del pueblo que consagra el artículo 3 de la Carta, no es más que una farsa, como que nuestro pueblo está controlado por esa nefasta clase politiquera que ha hecho del sistema político electoral el instrumento más apestoso de dominación, siendo ella la verdaderamente soberana para imponer ese régimen de violencia y corrupción que nos ha regido por más de 200 años, donde por cuenta de los mismos constituyentes del 91, el llamado pueblo soberano quedó controlado por esa clase politiquera que se representa a sí misma y no al pueblo, consagrando en el artículo 376, que el constituyente primario para hacer las reformas que el país necesita con urgencia en materia político electoral y de justicia, tiene que pedirle permiso al secundario, o sea, al Congreso infectado, para que lo convoque a una constituyente o a un referendo, en una auténtica aberración en un Estado social y democrático de derecho.
De ahí que, por estas calendas -cuando un organismo deslegitimado y desprestigiado integrado por esa clase vitanda con algunos miembros subjúdice, y ostentando el pomposo título de magistrados que, por supuesto no son, como el CNE, ha impedido en desviada decisión, que el candidato del Pacto Histórico Iván Cepeda, participe en una consulta interpartidista como corresponde en una democracia-, tengamos que reclamar a gritos una reforma política para que ordenemos esta baraúnda electoral contaminada y deje de ser una farsa, creando una Corte Electoral de auténticos magistrados independientes, que solo será posible de la mano del constituyente primario, porque esa clase politiquera que ha convertido la política en una actividad perversa, no la hará nunca para mantener el ejercicio mafioso en su beneficio.
Y también he dicho reiteradamente que, por esas mismas circunstancias, la soberanía del pueblo que consagra el artículo 3 de la Carta, no es más que una farsa, como que nuestro pueblo está controlado por esa nefasta clase politiquera que ha hecho del sistema político electoral el instrumento más apestoso de dominación, siendo ella la verdaderamente soberana para imponer ese régimen de violencia y corrupción que nos ha regido por más de 200 años, donde por cuenta de los mismos constituyentes del 91, el llamado pueblo soberano quedó controlado por esa clase politiquera que se representa a sí misma y no al pueblo, consagrando en el artículo 376, que el constituyente primario para hacer las reformas que el país necesita con urgencia en materia político electoral y de justicia, tiene que pedirle permiso al secundario, o sea, al Congreso infectado, para que lo convoque a una constituyente o a un referendo, en una auténtica aberración en un Estado social y democrático de derecho.
De ahí que, por estas calendas -cuando un organismo deslegitimado y desprestigiado integrado por esa clase vitanda con algunos miembros subjúdice, y ostentando el pomposo título de magistrados que, por supuesto no son, como el CNE, ha impedido en desviada decisión, que el candidato del Pacto Histórico Iván Cepeda, participe en una consulta interpartidista como corresponde en una democracia-, tengamos que reclamar a gritos una reforma política para que ordenemos esta baraúnda electoral contaminada y deje de ser una farsa, creando una Corte Electoral de auténticos magistrados independientes, que solo será posible de la mano del constituyente primario, porque esa clase politiquera que ha convertido la política en una actividad perversa, no la hará nunca para mantener el ejercicio mafioso en su beneficio.