La familia y la igualdad

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La familia y la igualdad

El próximo jueves 8 de junio termina el ciclo de conversaciones entre el Gobierno y el ELN

todos los seres humanos somos dignos de ser llorados y todas las vidas importan porque deben valorarse por igual , (p. 25).



Butler nos interpela diciendo: no existen yoes con más valor que otros, no hay malos y buenos muertos como se suele justificar en la guerra. La pensadora me hizo preguntarme por la familia de occidente que nos enseña que los lazos de sangre son superiores a los de amistad o a las relaciones con los otros.



Desde pequeños circulan en nuestros hogares ideas como: el plato de comida más grande es para el padre, la madre debe dar la vida por sus hijos o los hijos debe priorizar a la familia. Aprendemos a sacrificarnos por los de nuestra sangre o a someternos a las personas que permiten la reproducción de nuestro linaje. Así, muchos de los valores de la familia de occidente soportan la desigualdad, la dominación y, por ende, la violencia. Ese, tal vez, sea el motivo por el cual las madres se consideran santas capaces de soportar la pobreza extrema, la violencia intrafamiliar y los sufrimientos para sacar adelante a sus hijos. O, tal vez, sea lo que nos lleva a soportar sumisamente a este Estado que es débil en la consolidación de políticas de bienestar social. Puede ser los que moviliza a desear riqueza en la vida privada y a olvidar la acción política para exigir nuestros derechos. Es posible que sea el motivo por el cual seguimos justificando la guerra y el reclutamiento de miles de soldados que se entrenan en las técnicas de la muerte y en la glorificación de los héroes de la patria.



Basados en la experiencia de la familia de occidente, muchos de mi generación hemos sufrido por los padres o las madres que tenemos. Los hemos responsabilizado a ellos de sus fracasos económicos. Los hemos condenado por no tener éxito laboral o riqueza, por deprimirse, por escapar de la opresión alcoholizándose, por abandonarnos a nuestra suerte mientras trabajan obsesivamente para que tengamos todo lo que ellos no tuvieron. Y en cierta medida somos responsables, tanto ellos como nosotros. Nos resignarnos a que los derechos sociales deben ser garantizados en la vida privada y no en la pública, no cuestionamos la opresión de un orden global que acumula para que unos pocos disfruten a costa de la desposesión de las mayorías. Además, muchos de mi generación tenemos miedo a enfrentarnos a la maternidad o la paternidad, asuntos que hacen parte de la reproducción de la vida, algo natural para lo que estamos preparados y que podemos elegir o no, pero que ha tomado la forma de carga o ancla al limitar económicamente nuestras vidas. ,Cómo tener hijos en un mundo tan desigual en el que no tenemos derecho a tener derechos? El debate al que nos enfrentamos tiene dos extremos: decidir no ser padres porque es una carga muy difícil de asumir en términos económicos, ecológicos y sociales o decidir ser padres soportando el peso de proveedores absolutos a través de nuestra inserción en el mercado.



La existencia no se limitada a la dimensión económica en términos del acceso al mercado, competencia y acumulación. La economía debería soportase en el cuidado, la solidaridad y la distribución de recursos para el mantenimiento de la vida en la esfera privada. Las familias deberían ser un refugio para el cuidado de la vida, para tejer las relaciones íntimas, para gozar de vida interior y expandir la posibilidad del pensamiento. Debemos cuestionar el statu quo en la vida familiar porque las relaciones íntimas están estrechamente vinculadas con la vida política. Por ello para los



feminismos lo personal es político. Es de necesario repensar la familia y las formas de relacionarnos, de modo que la política se convierta en un camino para posibilitar que todas las vidas sean importantes y merecedoras de la felicidad, así, la economía tendría que centrarse en el cuidado y la solidaridad.



Alexandra Uribe Sánchez, investigadora del grupo Estudios Políticos.


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