La consulta
Este término alcanzó mucho uso en épocas anteriores, en generaciones enteras, cuando la gente pretendía alcanzar alivio para sus males, sus adversidades y penurias cotidianas, por medio de actos mágicos.
Allí cobraba fuerza el rigor del conjuro, del decreto verbal, del mandato, lanzados por un activador de las fuerzas sagradas, que al menos posaba de serlo, sin sonrojarse siquiera. Era el camino fácil para arreglar cuentas de los actos vivenciales, naturales en la vida física, con su trasfondo criminal, si se quiere, y con sus bajas pasiones, frente a un operador esotérico pago, una especie de maestro, muchas veces sombrío –un reputado brujo y hechicero, un taumaturgo en apariencia-.
Se da por entendido que la superchería florece silvestre en estos parajes, en estos caminos de Dios, disfrazada de fe y de creencia superior, barnizada con un supuesto Cristianismo militante, sin asomos de arrepentimiento alguno en el balance conductual del paciente. En Neiva, se habla aún de esos personajes de la ‘farándula’ criolla, famosos por tratamientos y procedimientos que forman parte del anecdotario, luego de remontar los siglos y el milenio.
Allí se podría conjugar lo irracional al lado de la misma racionalidad que nos inculcaron con los agentes primarios de socialización, a partir de la escuela y de la iglesia, inclusive del propio hogar. Se involucraba así el escenario de lo posible mediante la visita a seres que decían estar dotados de poderes extrasensoriales para modificar la realidad a través de actos miraculosos (sobrenaturales), tras el previo pago de la asesoría íntima.
En muchos casos, los pacientes en consulta afanosa buscan un acto milagroso que cambie sus existencias sin poner de su parte en la modificación de la conducta que ha terminado por enfermarlos, lo que en el argot especializado en temas psíquicos (de talante espiritualista) se conoce como ‘la ausencia de la reforma íntima’: una maraña de rabias, envidias, vicios, maledicencias, comportamientos agresivos, egoísmo y orgullo, codicia y apariencia, inamovibles en su práctica habitual.
Y, entonces, luego de no alcanzar los resultados esperados en la consulta, la desilusión los lleva a buscar ayuda en otros lugares y a caer en manos de diferentes vivarachos que en principio ‘les dan en la muela’ mediante ceremoniales inocuos, vistosos, con utilería religiosa, y así continúan en un desesperante peregrinar por consultorios de dudosa procedencia, de los muchos que existen en las ciudades y que gozan de propaganda mediática y comunitaria.
Allí los deslumbran exóticos personajes que combinan el ritual católico con prácticas de hechicería barata, en una amalgama de sensaciones dispersas, disímiles, para la que no están preparados.