La Colombia degenerada

Luis Fernando Amezquita

La Colombia degenerada

Mientras se habla en el mundo consciente (espiritual) sobre el proceso regenerativo de la humanidad actual, que camina en medio de una transformación, en Colombia las señales son de degeneración, todo lo contrario.

 

No obstante, la transición de las formas conocidas hacia un modelo alternativo de manejo público es inatajable, pese a las reacciones de la oposición, huérfana del poder presidencial. Nuestro criterio surge por algunas consideraciones culturales tras observar varias aristas.

Las prácticas sociales en boga representan lo contrario del sentido común en buena parte de su ejercicio aquí, y se constituyen en liderazgos de las tendencias malévolas para la acumulación de capital, para la codicia irrefrenable.

De verdad, estamos ante el fin de los tiempos; el absurdo es notorio en los grupos de poder que viven en otro mundo, lejos de las realidades planetarias y de su significado vital, primordial, que prevalecen. Razón le asiste al gobierno nacional con sus calificativos inflamables contra los cafres de nuestro medio, aunque los altos tribunales y organismos de control –con excepciones válidas- se sientan aludidos en desarrollo de su complacencia con los factores de dominio, y con la sobreexplotación del ambiente –incluidos lo humano y lo no humano-.

Veamos: en el Valle del Cauca dieron en vender los páramos  a los inversionistas aunque se trata de zonas protegidas, irrepetibles en el medio natural.

La Corporación del Valle del Cauca, C.V.C., decidió intervenir ante el daño evidente para la Tierra, cuando ésta amenaza con su desaparición inexorable, con el fin de la naturaleza en que se manifiesta exuberante. Por otra parte, Colombia concentra su economía ascendente frente al resto de naciones al liderar la productividad con la realización de los conciertos de la música chatarra, chandosa y pecueca: se volvió un emporio de la ordinariez, de la desfachatez.

Y las está exportando, contagiando como un virus a seres con tendencias superficiales, gustos afines, ideales de bajeza. La vulgaridad y el irrespeto acompañan el hedonismo que identifica a los coterráneos en su nueva identidad.

Por supuesto hablamos de música popular, urbana, norteña, de despecho, regué y reguetón, vallenata no clásica, champeta –pese a la identidad que promueve-. Algo estrafalario es el ruido que lanza durante su ejecución y amplificación.

Entonces, Colombia se convirtió en el paraíso de las prácticas involutivas del lenguaje y de la convivencia para el aprendizaje. Como efecto contaminante produce violencia y destrucción, según Estudios Ambientales Urbanos de la Universidad Nacional de Colombia.

 

 

 

 

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