Espeluznantes cifras de la matanza en Colombia
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Aunque son estrambóticas las estadísticas oficiales sobre homicidios y ejecuciones extrajudiciales, se presume que apenas son una muestra del reguero de sangre en el país, si se tiene en cuenta que los asesinatos no terminan, como habría de esperarse en una sociedad seria, luego de firmar los acuerdos de paz con las antiguas Farc y de algunas coyunturales motivaciones.
La pandemia, con un mayor aislamiento gradual, y la ola criminal no dan tregua: matan a viejos, mujeres y niños al por mayor (anuncian ahora la muerte de niños ambientalistas, para completar). El sistema obedece a una siniestra caravana de la muerte cuya ejecución se volvió acorde con unos fines 'institucionales', multilaterales, de carácter intrínseco, incluso aceptado por la mitad del país y hasta aplaudido sonoramente. El reinado de la Bestia, aunque no lo acepten los fariseos promotores, se cumple religiosamente. Un sinfín de mentiras y versiones engañosas domina el paisaje y, de paso, nos domina como camisa de fuerza.
Salir del atolladero no es tan fácil para quienes se atreven a disentir mediante los procesos científico-sociales, so pena del martirio y la persecución agobiantes. Todos los pronósticos formulados por los librepensadores y por los escritores militantes, comprometidos, se cumplen, para nuestro pesar, inexorablemente cuando se interpreta la realidad del territorio. No se necesita de bola mágica para prever la fenomenología resultante en el 2021, apenas asomando a la cronología planetaria. No hay duda de que quedamos sólo en manos de la Providencia Divina, en un espacio de tiempo relativamente breve, que no superaría al 2025, sumado al COVID 19 de pronóstico reservado.
LA COSA CRIMINAL DEL PAÍ,S
En un programa institucional de Fernando Barrero Chávez, ex director de Inravisión, se hablan muchas bondades sobre la supuesta eficacia de 'los héroes' frente a los retos que presenta la política de seguridad del gobierno Duque, cual si el ejecutivo mostrara la idoneidad suficiente para justificar la inversión, una de las más altas del continente, comparativamente. Las cifras no favorecen al presidente ,hábil para maquillar desde la economía los resultados de su gestión-. Sus pataletas amenazantes forman parte del show diario por televisión, con un trasnochado discurso veintejuliero similar al de sus copartidarios falangistas, aunque los resultados en la práctica brillen por su ausencia.
Sin embargo, un general de la nueva cúpula policial, encargado de la inteligencia y de la operatividad uniformada, igual que de los asuntos de judicialización de sospechosos capturados, habló de cifras optimistas sobre la violencia, según él, con caídas protuberantes en su impacto social. Nada más contradictorio que sus declaraciones al periodista Yamid Amat, de CMI en el canal uno, en la última semana, en las que minimizó la ocurrencia de los delitos contra los ciudadanos.
Una cosa es un país encerrado por fuerza mayor y, otra, una población en medio de una normalidad productiva, dando papaya a los rufianes. En lo corrido de un año de aislamiento y restricciones hasta los facinerosos debieron modificar sus métodos, y pudieron entonces encabezar la reinvención obligatoria, en dirección a permanecer en el mercado.
Al menos, las noticias les dan lugares de preferencia diaria en virtud de sus actos temerarios. La delincuencia es el sector de mayor dinámica en Colombia, con una inversión segura, amparado por las complicidades imaginables, derivadas del modelo regente.