"Es la economía, estúpido"
Atendiendo a que estamos a un mes de las elecciones del 8 de marzo en Colombia, voy a enfocar esta y las próximas tres columnas al debate electoral. Partiré entonces de resaltar lo que considero que debe ser el eje central de la discusión política, pero que infortunadamente en el país se aborda poco o con un enfoque equivocado, a mi modo de ver: la economía. De allí el título de este texto, tomado de unafamosa frase de la campaña de Bill Clinton en 1992.
Puede sonar obvio, pero dada la realidad del debate político en Colombia pareciera que no lo es y toca decirlo con claridad: sin una economía sólida, sin creación de riqueza, no es posible resolver de manera duradera los problemas del país. No hay política social, ni redistribución, ni derechos que se sostengan en el tiempo si no existe una base productiva que los haga viables. En otras palabras: sin dinero no se pueden garantizar los derechos de la gente. Pretender lo contrario es desconocer cómo funciona la realidad económica, aquí y en cualquier lugar del mundo. Esto es algo que se entendió hace décadas en países como China.
Para un país como Colombia, esa base productiva pasa necesariamente por el fortalecimiento de la industria y del agro. Los países que han logrado crecer de manera sostenida, reducir la pobreza y
generar empleo de calidad lo han hecho produciendo, transformando y agregando valor, no limitándose a exportar materias primas ni a depender de actividades de bajo valor agregado. La industria es clave porque permite diversificar la economía, aumentar la productividad, generar encadenamientos, impulsar la innovación y crear empleo formal y mejor remunerado. Sin industria, un país queda atrapado en la dependencia de importaciones, en déficits comerciales crónicos y en una vulnerabilidad permanente frente a los vaivenes externos. La debilidad industrial de Colombia y en particular de algunas regiones, como el Huila, es muestra de ello.
El agro, por su parte, es un pilar estratégico. No solo por razones sociales, sino porque un país con nuestra diversidad climática y potencial agrícola no puede seguir resignándose a importar buena parte de los alimentos que consume. Fortalecer el campo implica mucho más que discursos: requiere políticas serias orientadas a infraestructura, crédito, asistencia técnica, ciencia, tecnología y reglas de juego estables para quienes producen. Sin un agro fuerte, no hay seguridad alimentaria posible.
A esto se suma un elemento fundamental: Colombia debe explotar sus recursos naturales de manera inteligente. Estos recursos generan ingresos indispensables para el Estado y para la economía en general. El problema no es explotarlos; el problema es hacerlo mal o, peor aún, renunciar a ellos sin contar con una alternativa productiva sólida. La clave está en aprovecharlos y, al mismo tiempo, avanzar en su transformación y en la generación de valor agregado.
En ese sentido, resulta profundamente errado insistir en marchitar sectores estratégicos como el minero o el de los hidrocarburos, en lugar de fortalecerlos donde tiene sentido. En vez de debilitar la producción nacional y aumentar la dependencia externa —como lo está haciendo el actual gobierno de Petro— deberíamos estar invirtiendo en mejorar nuestras refinerías, en petroquímica y en una mayor autosuficiencia en productos derivados indispensables para el país (combustibles, fertilizantes nitrogenados, asfaltos, aceites industriales, plásticos, químicos industriales, entre otros), reduciendo importaciones y capturando más valor dentro del país. Eso no es ir en contra del futuro; es usar con inteligencia el presente para financiarlo, como lo he explicado en otras columnas en materia de transición energética.
El turismo, por su parte —un lugar común en candidatos de todo tipo— puede y debe contribuir, pero no debe ser el eje de nuestra economía. Es una actividad importante, pero limitada en productividad, vulnerable a choques externos y, en muchos casos, generadora de empleo precario. Ningún país relevante ha construido su desarrollo basándose principalmente en el turismo. Si el debate electoral no pone en el centro estas discusiones —qué producimos, cómo fortalecemos la industria y el agro, cómo agregamos valor a nuestros recursos— seguiremos atrapados en diagnósticos superficiales, soluciones fallidas y falsas ilusiones. Sin una buena economía, sin mayor creación de riqueza, no habrá soluciones reales para Colombia. Todo lo demás es secundario.
Puede sonar obvio, pero dada la realidad del debate político en Colombia pareciera que no lo es y toca decirlo con claridad: sin una economía sólida, sin creación de riqueza, no es posible resolver de manera duradera los problemas del país. No hay política social, ni redistribución, ni derechos que se sostengan en el tiempo si no existe una base productiva que los haga viables. En otras palabras: sin dinero no se pueden garantizar los derechos de la gente. Pretender lo contrario es desconocer cómo funciona la realidad económica, aquí y en cualquier lugar del mundo. Esto es algo que se entendió hace décadas en países como China.
Para un país como Colombia, esa base productiva pasa necesariamente por el fortalecimiento de la industria y del agro. Los países que han logrado crecer de manera sostenida, reducir la pobreza y
generar empleo de calidad lo han hecho produciendo, transformando y agregando valor, no limitándose a exportar materias primas ni a depender de actividades de bajo valor agregado. La industria es clave porque permite diversificar la economía, aumentar la productividad, generar encadenamientos, impulsar la innovación y crear empleo formal y mejor remunerado. Sin industria, un país queda atrapado en la dependencia de importaciones, en déficits comerciales crónicos y en una vulnerabilidad permanente frente a los vaivenes externos. La debilidad industrial de Colombia y en particular de algunas regiones, como el Huila, es muestra de ello.
El agro, por su parte, es un pilar estratégico. No solo por razones sociales, sino porque un país con nuestra diversidad climática y potencial agrícola no puede seguir resignándose a importar buena parte de los alimentos que consume. Fortalecer el campo implica mucho más que discursos: requiere políticas serias orientadas a infraestructura, crédito, asistencia técnica, ciencia, tecnología y reglas de juego estables para quienes producen. Sin un agro fuerte, no hay seguridad alimentaria posible.
A esto se suma un elemento fundamental: Colombia debe explotar sus recursos naturales de manera inteligente. Estos recursos generan ingresos indispensables para el Estado y para la economía en general. El problema no es explotarlos; el problema es hacerlo mal o, peor aún, renunciar a ellos sin contar con una alternativa productiva sólida. La clave está en aprovecharlos y, al mismo tiempo, avanzar en su transformación y en la generación de valor agregado.
En ese sentido, resulta profundamente errado insistir en marchitar sectores estratégicos como el minero o el de los hidrocarburos, en lugar de fortalecerlos donde tiene sentido. En vez de debilitar la producción nacional y aumentar la dependencia externa —como lo está haciendo el actual gobierno de Petro— deberíamos estar invirtiendo en mejorar nuestras refinerías, en petroquímica y en una mayor autosuficiencia en productos derivados indispensables para el país (combustibles, fertilizantes nitrogenados, asfaltos, aceites industriales, plásticos, químicos industriales, entre otros), reduciendo importaciones y capturando más valor dentro del país. Eso no es ir en contra del futuro; es usar con inteligencia el presente para financiarlo, como lo he explicado en otras columnas en materia de transición energética.
El turismo, por su parte —un lugar común en candidatos de todo tipo— puede y debe contribuir, pero no debe ser el eje de nuestra economía. Es una actividad importante, pero limitada en productividad, vulnerable a choques externos y, en muchos casos, generadora de empleo precario. Ningún país relevante ha construido su desarrollo basándose principalmente en el turismo. Si el debate electoral no pone en el centro estas discusiones —qué producimos, cómo fortalecemos la industria y el agro, cómo agregamos valor a nuestros recursos— seguiremos atrapados en diagnósticos superficiales, soluciones fallidas y falsas ilusiones. Sin una buena economía, sin mayor creación de riqueza, no habrá soluciones reales para Colombia. Todo lo demás es secundario.