En un instante se vive una vida
El 20 de diciembre perdí la calma. Me enojé, levanté la voz y salí de mis casillas, y lamento profundamente haber actuado de esa manera.
Ofrezco disculpas sinceras a todas las personas presentes, en especial a las funcionarias y al personal de Discolmets. No justifico mi reacción, pero sí quiero señalar que las fallas en la dispensación, la falta de oportunidad en la entrega y las aglomeraciones para reclamar medicamentos son situaciones que pondrían a prueba la paciencia del mismísimo Job.
Venimos insistiendo en la necesidad de una red abierta de droguerías, que eliminaría barreras de acceso, introduciría competencia real y mejoraría la calidad y oportunidad del servicio, acabando así con el drama de la entrega de medicamentos.
Mi intención no fue ofender ni faltar al respeto a nadie. Espero que este mensaje sirva para tender puentes y, sobre todo, para que entre todos —usuarios y personal de salud— podamos construir un servicio más digno, eficiente y humano.
Durante la espera de dos horas y media, recordé una escena de cine: el protagonista invita a bailar a una joven, quien responde: “No puedo, mi novio llega en un momento”. Él le contesta: “En un instante se vive una vida”. Y la saca a bailar un tango.
Entonces comprendí que vivimos como flechas en un arco tensado, apuntando a un blanco invisible y a un mañana que no llega. Somos esclavos del reloj; corremos tras el tiempo. Nunca es suficiente, siempre falta, porque lo hemos convertido en un enemigo, en una carrera imposible de ganar.
Todos tenemos 24 horas al día; la diferencia está en cómo las usamos. Perseguimos minutos y horas como si pudieran atraparse. Creemos que, si nos movemos más rápido, llenaremos cada hueco del día. Pero el tiempo no es una meta: es el camino. Correr solo vuelve borroso el paisaje, convierte los días en una sucesión de tareas y hace que el presente se nos escape entre los dedos.
Intentamos ahorrar tiempo como si fuera dinero, y cuanto más lo guardamos, más escaso se vuelve. Llenamos agendas, optimizamos rutinas, multiplicamos compromisos y, aun así, sentimos que no alcanza. Porque el tiempo no se mide solo con el reloj, sino en presencia, en profundidad, en momentos que dejan huella: un tinto con amigos, el vuelo de una mariposa, una mirada furtiva, un atardecer sin prisa, el golpe de la brisa en la cara. Una conversación verdadera, donde las palabras respiran, puede anclar más recuerdos que meses de diálogos superficiales.
Al tiempo no hay que perseguirlo. Hay que detenerse, respirar, elegir en qué queremos sumergir nuestra atención. Cuando nos apresuramos, no ganamos segundos: perdemos la textura de la vida, el sabor de lo vivido. El tiempo no se alcanza, se habita. Y correr tras él nos aleja de la única forma de poseerlo: vivirlo con los sentidos despiertos, los oídos abiertos, paso a paso, latido a latido, sabiendo que lo único que realmente nos pertenece es este instante. Y es ahora.
Ofrezco disculpas sinceras a todas las personas presentes, en especial a las funcionarias y al personal de Discolmets. No justifico mi reacción, pero sí quiero señalar que las fallas en la dispensación, la falta de oportunidad en la entrega y las aglomeraciones para reclamar medicamentos son situaciones que pondrían a prueba la paciencia del mismísimo Job.
Venimos insistiendo en la necesidad de una red abierta de droguerías, que eliminaría barreras de acceso, introduciría competencia real y mejoraría la calidad y oportunidad del servicio, acabando así con el drama de la entrega de medicamentos.
Mi intención no fue ofender ni faltar al respeto a nadie. Espero que este mensaje sirva para tender puentes y, sobre todo, para que entre todos —usuarios y personal de salud— podamos construir un servicio más digno, eficiente y humano.
Durante la espera de dos horas y media, recordé una escena de cine: el protagonista invita a bailar a una joven, quien responde: “No puedo, mi novio llega en un momento”. Él le contesta: “En un instante se vive una vida”. Y la saca a bailar un tango.
Entonces comprendí que vivimos como flechas en un arco tensado, apuntando a un blanco invisible y a un mañana que no llega. Somos esclavos del reloj; corremos tras el tiempo. Nunca es suficiente, siempre falta, porque lo hemos convertido en un enemigo, en una carrera imposible de ganar.
Todos tenemos 24 horas al día; la diferencia está en cómo las usamos. Perseguimos minutos y horas como si pudieran atraparse. Creemos que, si nos movemos más rápido, llenaremos cada hueco del día. Pero el tiempo no es una meta: es el camino. Correr solo vuelve borroso el paisaje, convierte los días en una sucesión de tareas y hace que el presente se nos escape entre los dedos.
Intentamos ahorrar tiempo como si fuera dinero, y cuanto más lo guardamos, más escaso se vuelve. Llenamos agendas, optimizamos rutinas, multiplicamos compromisos y, aun así, sentimos que no alcanza. Porque el tiempo no se mide solo con el reloj, sino en presencia, en profundidad, en momentos que dejan huella: un tinto con amigos, el vuelo de una mariposa, una mirada furtiva, un atardecer sin prisa, el golpe de la brisa en la cara. Una conversación verdadera, donde las palabras respiran, puede anclar más recuerdos que meses de diálogos superficiales.
Al tiempo no hay que perseguirlo. Hay que detenerse, respirar, elegir en qué queremos sumergir nuestra atención. Cuando nos apresuramos, no ganamos segundos: perdemos la textura de la vida, el sabor de lo vivido. El tiempo no se alcanza, se habita. Y correr tras él nos aleja de la única forma de poseerlo: vivirlo con los sentidos despiertos, los oídos abiertos, paso a paso, latido a latido, sabiendo que lo único que realmente nos pertenece es este instante. Y es ahora.