En defensa del Ocio II

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En defensa del Ocio II

Al parecer los diseños y estudios técnicos no garantizaban la viabilidad del proyecto de más de 800 millones

Es el tiempo del que disponemos para hacer cosas por gusto o placer, no por deber. Es tiempo libre, tiempo para observar y aprender, tiempo de paz. El pensador español Jorge Larrosa, en el prólogo que hace del libro Leer el mundo (Bravo, 2009), plantea que el sentido antiguo de la palabra otium estaba relacionado con lo gratuito, lo liberado de la necesidad y la utilidad. La lectura y la escritura hacen parte del ocio, así como otras actividades relacionadas con las artes, la amistad, la risa, caminar, que en términos de Larrosa son actividades demoradas y gratuitas, las que se hacen sin prisas y sin por qué, las que tienen que ver con el don o con el robo, no con el intercambio, las que están más del lado del gasto que del beneficio , (p. 10).





El orden neoliberal reduce la existencia a lo económico, cualquier actividad que se relacione con lo gratuito, lo donado o el gasto es objeto de persecución. Existen partidos políticos, organizaciones sociales y personas que denigran de la gratuidad de los derechos sociales (vivienda, educación, salud hellip,). Las donaciones han tomado la forma de intercambios económicos ya que la responsabilidad social empresarial es sinónimo de exenciones fiscales para los más ricos. Lo más preocupante es que las instituciones públicas procuran disminuir constantemente el gasto público que es necesario para garantizar derechos fundamentales. Además, los ciudadanos nos acostumbramos a no tener derechos, a satisfacerlo todo por la vía del mercado y a aceptar que la corrupción sea financiada con nuestros impuestos. Miles de personas están desocupadas sin trabajo, sin opciones de estudio, sin estar liberadas de las necesidades fundamentales. El ocio es una carga para los despojados.



El ocio no niega la importancia de las labores diarias para sobrevivir, tampoco la importancia del trabajo para edificar un mundo más confortable, ni renuncia a la acción política. Quienes defienden el ocio no son románticos en el sentido despectivo de la palabra: aquellas personas fantasiosas que idealizan el mundo y niegan la existencia de la dominación, el sufrimiento, la violencia o la desigualdad social. No, los románticos radicales defienden el ocio, la imaginación, la libertad, la solidaridad, la vida en común, el arte, el sentido de lo público y el cuidado. Los románticos invierten los mejores años de sus vidas en intentar lo que parece imposible, se niegan a ser derrotados por la dominación y la ambición de poder. Nuestro presente está sediento del romanticismo que ha impregnado diferentes momentos de la historia de la humanidad posibilitando el renacimiento. Sin los románticos no hubiera existido el jardín del edén, el jardín de Epicuro, la villa de Adriano, el humanismo renacentista, el teatro de denuncia, los rebeldes del siglo XVIII, los trascendentalitas en los Estados Unidos, la contracultura. El ocio y las ideas románticas posibilitaron el legado de la cultura agustiniana y el de Tierradentro, porque quienes se ocuparon de estas obras eran personas de la comunidad que contaron con tiempo libre para dedicarse a la creación estética, a la belleza, al goce.



Otro presente es posible, podemos habitar el planeta de otra manera. Transformar los problemas como el cambio climático, la crisis de la democracia, la exclusión o la pobreza requiere de humanos con ideas libertarias que deseen la felicidad pública y consoliden modelos alternativos basados en valores que defiendan el ocio, el arte, el cuidado de la naturaleza, la reciprocidad y la solidaridad.





Alexandra Uribe Sánchez, investigadora del grupo Estudios Políticos.


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