El saldo pedagógico de las elecciones

Alfredo Vargas Ortiz

El saldo pedagógico de las elecciones

Cuando por primera vez decidí participar en política de manera directa, lo hice de la mano de un verdadero y auténtico político que me enseñó que todo lo que uno vive y experimenta debe generar una enseñanza. Él lo llamaba “el saldo pedagógico”. Me refiero a Antanas Mockus, con quien tuve el honor de ser subgerente de la campaña departamental en el Huila a la Presidencia de la República, en lo que se denominó “La Ola Verde”.


Una de las primeras cosas que aprendimos fue a manejar la campaña con austeridad. La confianza en el voto de opinión era absoluta y Mockus era virtualmente presidente, superando por varios puntos porcentuales al candidato Juan Manuel Santos. Lo que nunca imaginamos fue que este acudiría a lo más denigrante de la política para que, junto con su aliado y mentor, el expresidente Uribe, atentaran contra la dignidad y el buen nombre del profesor. Para ello no escatimaron esfuerzos en difundir afirmaciones como que Mockus le entregaría el país a la guerrilla, que era ateo, que estaba enfermo, que no valoraba a los médicos, entre otras.


Era tal el odio que sentían los colombianos, y en especial los huilenses, hacia los grupos guerrilleros, que cuando fuimos a La Plata y a Argentina —y en particular en este último municipio—, precisamente al salir de la iglesia al mediodía, decidimos con el equipo de campaña entregar publicidad. Recibimos entonces insultos de alto calibre: nos señalaban de guerrilleros y afirmaban que nunca votarían por una persona que quizás le habría dado un giro radical a este país.


Lo demás es historia: Santos firmó el acuerdo de paz y terminó haciendo precisamente lo que, según decían, haría el profesor si llegaba a ser presidente.


Este espejo me lleva a mirar las actuales elecciones bajo el mismo rasero: políticos sin principios, con las manos llenas de dinero público o privado -en algunos casos incluso de grupos ilegales- haciendo campaña y recibiendo el beneplácito del pueblo, refrendando sus credenciales en el Congreso. Todo ello es producto de ese mismo odio, de una violencia sin cuartel que, como siempre, termina decidiendo quién nos gobierna.


Seguimos siendo un país fracturado, no muy distinto de lo que ocurría en la época del trapo rojo o azul. Cambian los nombres, pero los intereses siguen siendo los mismos. Tenemos un país y unos grupos políticos que miran con desdén a los pobres; que son homofóbicos y machistas; que se oponen a cualquier reforma social -ya sea en salud, educación o trabajo-; que gritan a capa y espada que hay que “matar” o “dar plomo” a todo el que se atraviese, muy al estilo de la “solución final” del nazismo. Son sectores que desprecian a nuestros pueblos originarios, a nuestros indígenas, que miran por debajo del hombro a los pueblos afrodescendientes - con quienes tenemos una deuda histórica que es una obligación saldar-, que se oponen con dientes y uñas a la reforma agraria y que viven del discurso de la seguridad, sembrando miedo cada vez que se acercan las elecciones.


Pero, claro, lo cierto es que cuando llegan las elecciones se bajan de sus camionetas blindadas, comen changua, abrazan al maloliente pobre y le prometen esta vida y la otra para obtener su voto, para luego esfumarse hasta las siguientes elecciones.


Lo que ocurrió en las anteriores elecciones es que el pueblo algo ha aprendido. Parece que empieza a darse el llamado “saldo pedagógico”, y con él se le dio la estocada a uno que otro bufón que creía que la gente volvería a “comerle cuento”. Poco a poco el país va avanzando y, con seguridad, las próximas elecciones presidenciales nos darán la oportunidad de demostrar si, en efecto, el pueblo revalida lo que ya se ha avanzado en el país o si simplemente retrocede con los mismos que han gobernado durante años y que no han sido capaces de mirar al pueblo y su dignidad, tan defendida en nuestra Constitución Política.


Amanecerá y veremos.

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