El Micrófono Abierto
El efecto de permitir el acceso constitucional a los medios masivos de comunicación a las comunidades populares del país no posee registros en la historia colombiana, como ocurre ahora. Y es una decisión privativa de la presente conducción nacional, del poder central –a cargo de Gustavo Petro Urrego-.
Las consecuencias para el statu quo son impredecibles como mundo paralelo al diseñado por el establecimiento tradicional y por sus falsos ídolos, por sus esquemas de concentración del poder y la riqueza.
Pese a considerarse, la nuestra, una democracia vigente en este hemisferio, sobreviviente a los golpes de estado del ámbito panamericano, al militarismo genocida en grande, el grueso de la gente no tenía el goce de los derechos políticos y jurídicos.
Para los analistas, no existía, entonces, el acceso a lo público, como una manera de manifestación de la existencia, incluso de emitir opiniones –las consecuencias del pensamiento y la expresión libres-; manos expertas filtraban el contenido conceptual de los asociados. Era una especie de mundo invisible, de indios patirrajados, de cholos, de iguasos impenitentes.
Indígenas, campesinos, negros, raizales, etnias, eran convidados de piedra al debate público, a la divulgación masiva de sus vidas e intereses colectivos. Por primera vez podemos saber quiénes son, dónde están, qué quieren, esos paisanos originarios, esos coterráneos en la sombra, que pueblan al territorio bajo el anonimato de la ocupación de unos predios sin legalizar, sin ordenamiento, de baldíos colonizados en dirección a engordar terratenientes, políticos y mafiosos, con el paso del tiempo.
La realidad de Colombia vive una metamorfosis sin precedentes, un nuevo amanecer. Es necesario prepararse frente a lo que viene, en cuanto contiene una tendencia global de la nueva Tierra, de la regeneración prevista, aunque no lo acepten en lo más exclusivo del género humano, ario, blanco, individualista. El hecho de ver emisiones informativas sobre la cultura de los pueblos, sus tradiciones y costumbres, sus pesares y sus cuitas, sus esperanzas para ingresar al ejercicio de una productividad alterna a las camarillas feudales, al empresariado clasista, es prevalente en la cotidianidad.
El cambio busca la autosuficiencia de los productores y de los operarios técnicos –con apoyo del Estado intermediador- en el tema de la economía popular, de la generación de riqueza, frente a los mercados.
Al mundo emergente del orbe le suena un intercambio con las formas novedosas propuestas por los dirigentes de Colombia y México, representados por las presidencias de los dos países.
Tras la instalación del nuevo gobierno azteca se anunció el trabajo inmediato con las comunidades aborígenes, su reconocimiento institucional (político-jurídico) y el volcamiento de los recursos disponibles, de las riquezas nacionales hacia el proceso formativo de esas colectividades, en virtud de su significado cultural para el globo terrestre.