El mejor amigo del hombre.
Una alianza antigua: los perros fueron la primera especie domesticada por el hombre.
Les voy a compartir "Elogio al perro" de un juicio en EE UU en 1870.
“Caballeros del jurado: El mejor amigo que un hombre pueda tener podrá volverse en su contra… su propio hijo o hija pueden demostrarle ingratitud… La fortuna se pierde, la reputación se destruye y los amigos lo abandonan.
Pero el único, absoluto y mejor amigo que el hombre tiene en este mundo egoísta, el único que nunca lo traicionará, es su perro.
El perro estará a su lado en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad… y cuando llegue el último acto, se quedará junto a la tumba, noble y fiel, más allá de la muerte.”
La conocida frase “el perro es el mejor amigo del hombre” tiene un origen legal. Fue pronunciada por el abogado George Graham Vest durante el juicio por la muerte del galgo Old Drum, asesinado por el granjero Leónidas Hornsby, vecino del dueño del animal, Charles Burden.
En su alegato, Vest sostuvo que las personas, incluso los familiares más cercanos, pueden ser ingratas o desleales. En cambio, el perro representa la amistad absolutamente fiel: nunca abandona al amo, ni en la pobreza, ni en la enfermedad, ni en la desgracia. Su elocuencia y profundidad conmovieron a toda la sala y persuadiendo al jurado, que falló a favor de Burden. Desde entonces, la frase se inmortalizó como un homenaje a la lealtad canina.
Le voy a contar la historia de mi perrita centella. Aquel día, en la finca de unos familiares, me regalaron una cachorra criolla temblorosa y huesuda, de esas que llaman “chanda”. Era tan flaca que se le marcaban las costillas, y tenía unas patas largas y torpes que parecían hechas de alambre. Sus ojos, sin embargo, eran dos pepitas de carbón brillante.
La llamé Centella, con voz ceremonial.
La bauticé así en honor al Capitán Centella, héroe de tiras cómicas que, en mi infancia, representaba la fuerza, el honor y la justicia: un modelo a seguir para los niños de mi época. Además, lo hice por la velocidad con que corría y por los destellos de alegría que trajo a mi mundo. Me seguía a todas partes, como una sombra flaca, buchona y pulguienta.
Mis hermanos menores la veían como un juguete nuevo. Un día, durante un juego brusco y mal lanzado, se escuchó un chillido: la perrita se estrelló contra el suelo.
Cuando regrese, encontre la figurita quieta en el piso, ya no centelleante, sino opaca y pequeña. Estaba muerta.
Cavé un hoyo en el patio, coloqué a Centella dentro, lo cubrí con tierra y le puse una cruz hecha con dos palitos atravesados. Se fue la amiga que no me había pedido nada más que compañía.
Entonces comprendí que algunos relámpagos de felicidad brillan muy poco, y son tan débiles que un golpe del mundo basta para apagarlos para siempre. Centella, ese nombre que evocaba a un héroe veloz, valiente y poderoso, proyectado en aquel escuálido animal que imaginé lleno de fuerza y agilidad heroica, resultó ser tan frágil como la vida misma.
Les voy a compartir "Elogio al perro" de un juicio en EE UU en 1870.
“Caballeros del jurado: El mejor amigo que un hombre pueda tener podrá volverse en su contra… su propio hijo o hija pueden demostrarle ingratitud… La fortuna se pierde, la reputación se destruye y los amigos lo abandonan.
Pero el único, absoluto y mejor amigo que el hombre tiene en este mundo egoísta, el único que nunca lo traicionará, es su perro.
El perro estará a su lado en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad… y cuando llegue el último acto, se quedará junto a la tumba, noble y fiel, más allá de la muerte.”
La conocida frase “el perro es el mejor amigo del hombre” tiene un origen legal. Fue pronunciada por el abogado George Graham Vest durante el juicio por la muerte del galgo Old Drum, asesinado por el granjero Leónidas Hornsby, vecino del dueño del animal, Charles Burden.
En su alegato, Vest sostuvo que las personas, incluso los familiares más cercanos, pueden ser ingratas o desleales. En cambio, el perro representa la amistad absolutamente fiel: nunca abandona al amo, ni en la pobreza, ni en la enfermedad, ni en la desgracia. Su elocuencia y profundidad conmovieron a toda la sala y persuadiendo al jurado, que falló a favor de Burden. Desde entonces, la frase se inmortalizó como un homenaje a la lealtad canina.
Le voy a contar la historia de mi perrita centella. Aquel día, en la finca de unos familiares, me regalaron una cachorra criolla temblorosa y huesuda, de esas que llaman “chanda”. Era tan flaca que se le marcaban las costillas, y tenía unas patas largas y torpes que parecían hechas de alambre. Sus ojos, sin embargo, eran dos pepitas de carbón brillante.
La llamé Centella, con voz ceremonial.
La bauticé así en honor al Capitán Centella, héroe de tiras cómicas que, en mi infancia, representaba la fuerza, el honor y la justicia: un modelo a seguir para los niños de mi época. Además, lo hice por la velocidad con que corría y por los destellos de alegría que trajo a mi mundo. Me seguía a todas partes, como una sombra flaca, buchona y pulguienta.
Mis hermanos menores la veían como un juguete nuevo. Un día, durante un juego brusco y mal lanzado, se escuchó un chillido: la perrita se estrelló contra el suelo.
Cuando regrese, encontre la figurita quieta en el piso, ya no centelleante, sino opaca y pequeña. Estaba muerta.
Cavé un hoyo en el patio, coloqué a Centella dentro, lo cubrí con tierra y le puse una cruz hecha con dos palitos atravesados. Se fue la amiga que no me había pedido nada más que compañía.
Entonces comprendí que algunos relámpagos de felicidad brillan muy poco, y son tan débiles que un golpe del mundo basta para apagarlos para siempre. Centella, ese nombre que evocaba a un héroe veloz, valiente y poderoso, proyectado en aquel escuálido animal que imaginé lleno de fuerza y agilidad heroica, resultó ser tan frágil como la vida misma.