EL LLANTO DEL MAGDALENA: UN PARAÍSO PERDIDO EN NEIVA
Allí donde el Magdalena besa la tierra opita, alguna vez floreció un rincón de calma y encanto. La ribera, con su barca de Juan Busto y su isla de los Yepes, fue testigo de incontables caminatas al atardecer, de familias reunidas en la frescura de sus orillas, de risas infantiles que se mezclaban con el canto del río. Era un santuario de la naturaleza, un refugio de la memoria.
Pero hoy, el río llora en silencio. El Malecón, bautizado con ironía como "La Guaca" por las fortunas dilapidadas en su nombre, debió ser un faro de progreso y embellecimiento. En cambio, se ha convertido en un espectro de lo que fue. Desde las alturas de su monumento, la Gaitana contempla con desilusión el derroche de recursos en una obra inconclusa y mal concebida, mira con amargura lo que debió ser un lugar de esplendor y que hoy es solo un triste amasijo de cemento sin alma ni propósito.
Los arquitectos de esta desventura nunca se dignaron revisar los sueños del exgobernador del Huila Don Héctor Polania Sanches quien imagino un malecón digno para la ciudad capital, ni miraron siquiera la majestuosa obra que engalana las riberas del río Guayas en Guayaquil Ecuador. En su lugar, inventaron una colección de locales sin estética, sin visión, sin arraigo. Lo que debía atraer turistas y fortalecer el alma de la ciudad se ha convertido en un foco de inseguridad, olvido y desidia. Allí donde antes fluía la pureza, hoy se amontonan los desechos de los restaurantes improvisados, y el paso de los atracadores ha desplazado a los paseantes. La brisa que antaño traía el aroma de la selva ahora arrastra el hedor del abandono, un aroma rancio que impregna las esquinas donde los habitantes de la calle han encontrado refugio.
Negocios sin control ni decoro han tomado las riberas con estructuras improvisadas que desentonan con la grandeza del Magdalena. Entre tablas de guadua mal puestas y fogones de dudosa higiene, se cuece el riesgo de enfermedades. Ratas y alimañas acechan, y lo que alguna vez fue un punto de encuentro se ha convertido en un peligro latente para quienes aún se atreven a visitarlo.
El Mohán, aquel guardián mitológico del río, yace en el mismo estado que su hogar: olvidado y abandonado. Lo que en otros tiempos fue el punto de partida de un recorrido ecológico que, surcando el brazo derecho del Magdalena, llevaría a un parque de ensueño, no es hoy más que el eco de una promesa incumplida. Los senderos ecológicos, refugio de biodiversidad y respiro para la ciudad, se han sumido en la maleza y el descuido. La reserva forestal que debía contrarrestar la contaminación urbana se ha desvanecido, convertida en un símbolo de corrupción y detrimento patrimonial. Un proyecto más que quedó, como en la canción del maestro Rafael Escalona, flotando en el aire. Si él cantaba sobre una "casa en el aire", hoy nosotros, los neivanos, lamentamos un "parque en el aire", un sueño frustrado que nos fue arrebatado por la deshonestidad.
Neiva ha perdido un tesoro, y con él, una parte de su historia. Lo que antes fue un edén de esparcimiento, donde nuestros padres nos enseñaron a amar el río, hoy es un mercado persa caótico y descuidado. La modernización mal concebida ha arrebatado lo que el tiempo y la naturaleza construyeron con esmero.
Pero aún hay esperanza. Todavía es tiempo de devolverle al Magdalena su esplendor, de limpiar sus orillas y rescatar su dignidad. El río de la patria no merece ser un basurero ni un foco de contaminación. Su corriente sigue recorriendo el país, paciente, esperando el día en que vuelva a reflejar el azul del cielo y el verde de la esperanza en su paso por nuestra ciudad. Muchas gracias. Buendía
Pero hoy, el río llora en silencio. El Malecón, bautizado con ironía como "La Guaca" por las fortunas dilapidadas en su nombre, debió ser un faro de progreso y embellecimiento. En cambio, se ha convertido en un espectro de lo que fue. Desde las alturas de su monumento, la Gaitana contempla con desilusión el derroche de recursos en una obra inconclusa y mal concebida, mira con amargura lo que debió ser un lugar de esplendor y que hoy es solo un triste amasijo de cemento sin alma ni propósito.
Los arquitectos de esta desventura nunca se dignaron revisar los sueños del exgobernador del Huila Don Héctor Polania Sanches quien imagino un malecón digno para la ciudad capital, ni miraron siquiera la majestuosa obra que engalana las riberas del río Guayas en Guayaquil Ecuador. En su lugar, inventaron una colección de locales sin estética, sin visión, sin arraigo. Lo que debía atraer turistas y fortalecer el alma de la ciudad se ha convertido en un foco de inseguridad, olvido y desidia. Allí donde antes fluía la pureza, hoy se amontonan los desechos de los restaurantes improvisados, y el paso de los atracadores ha desplazado a los paseantes. La brisa que antaño traía el aroma de la selva ahora arrastra el hedor del abandono, un aroma rancio que impregna las esquinas donde los habitantes de la calle han encontrado refugio.
Negocios sin control ni decoro han tomado las riberas con estructuras improvisadas que desentonan con la grandeza del Magdalena. Entre tablas de guadua mal puestas y fogones de dudosa higiene, se cuece el riesgo de enfermedades. Ratas y alimañas acechan, y lo que alguna vez fue un punto de encuentro se ha convertido en un peligro latente para quienes aún se atreven a visitarlo.
El Mohán, aquel guardián mitológico del río, yace en el mismo estado que su hogar: olvidado y abandonado. Lo que en otros tiempos fue el punto de partida de un recorrido ecológico que, surcando el brazo derecho del Magdalena, llevaría a un parque de ensueño, no es hoy más que el eco de una promesa incumplida. Los senderos ecológicos, refugio de biodiversidad y respiro para la ciudad, se han sumido en la maleza y el descuido. La reserva forestal que debía contrarrestar la contaminación urbana se ha desvanecido, convertida en un símbolo de corrupción y detrimento patrimonial. Un proyecto más que quedó, como en la canción del maestro Rafael Escalona, flotando en el aire. Si él cantaba sobre una "casa en el aire", hoy nosotros, los neivanos, lamentamos un "parque en el aire", un sueño frustrado que nos fue arrebatado por la deshonestidad.
Neiva ha perdido un tesoro, y con él, una parte de su historia. Lo que antes fue un edén de esparcimiento, donde nuestros padres nos enseñaron a amar el río, hoy es un mercado persa caótico y descuidado. La modernización mal concebida ha arrebatado lo que el tiempo y la naturaleza construyeron con esmero.
Pero aún hay esperanza. Todavía es tiempo de devolverle al Magdalena su esplendor, de limpiar sus orillas y rescatar su dignidad. El río de la patria no merece ser un basurero ni un foco de contaminación. Su corriente sigue recorriendo el país, paciente, esperando el día en que vuelva a reflejar el azul del cielo y el verde de la esperanza en su paso por nuestra ciudad. Muchas gracias. Buendía