El fogonazo del adiós
La posibilidad de morir quemado no se relaciona sólo con el calentamiento global ni con los incendios de territorios urbanos y rurales en resequedad y aridez.
Menos, con la presencia común de materiales inflamables, incendiarios, combustibles, ígneos o incandescentes. Tierra y naturaleza con sus reinos, incluido el humano, asumen una nueva amenaza de extinción que se suma a la larga lista de letalidades establecidas en este fin de los tiempos, como si fuera poco.
Suena difícil creer que el fuego abrasador –el que derrite cuerpos y formas físicas, sin lograrse controlar- que posee una fuerza inusitada, demoledora, casi instantánea, se pueda originar en la sobrecarga de ondas electromagnéticas que nos rodean día y noche, al tiempo que nos inter-penetran, invasivas.
Nos respiran en la nuca con un carácter inexorable hasta este momento histórico. Son asuntos propios de la actualidad energética y nos cogen calzones abajo. Vivimos espacios de electrocución en varios momentos de nuestra labor diaria, sin explicación aparente.
Las manos reciben el choque eléctrico y el cimbronazo defensivo se produce en el cuerpo por una reacción inmediata, aunque la sobrecarga procede de nosotros mismos y actúa en los contactos con elementos materiales, físicos, del entorno. Ahí está el detalle. Las famosas frases del ‘nos pasó corriente’, de ‘sentir un corrientazo’, al tocar las puertas, neveras, cuchillos, superficies, se registran ahora con mayor frecuencia.
Sin embargo, somos conductores más que fuentes de voltaje, aunque acumulamos cargas y sobrecargas eléctricas originadas en la tecnología, en los sistemas, en los satélites con sus fuerzas en eclosión absorbente, ineludible, impredecible. Tal vez se trate de un fenómeno inédito para muchas generaciones transcurridas en la tierra. Con una sola chispa eléctrica de esa fuerza cibernética en uso, las consecuencias son impredecibles en el balance final. Llama la atención la muerte colectiva (más de dos personas en cada caso de conflagración, sin contar los animales y las plantas) que reportan ahora durante muchas conflagraciones Es un hecho el efecto calcinador por la saturación de energías artificiales, de magnetismos e irradiaciones no propios del universo original.
La incineración, la calcinación de personas, comenzó a darse bajo un extraño silencio, en apariencia. En el espectro radioeléctrico actual el uso de los aparatos tecnológicos en masa puede convertirnos en teas humanas. Así de sencillo… Fuentes médicas confirman ese asunto y lo califican de auto-combustión, en desarrollo de un dictamen novedoso. Y no es que estén locos. Ya es posible considerar esa hipótesis después de experimentar en carne propia los ‘corrientazos’ que se generan en contacto con las superficies, sin que existan cortos o falencias técnicas visibles en los sistemas y en las actividades comunes a los hombres del siglo.
La recomendación de analistas y expertos tiene que ver con el denominado ‘polo a tierra’: caminar descalzo en el pasto, en la tierra, en el propio piso hogareño, lugareño, y abrazar a los árboles con amor y afecto de hermanos terrestres, celestes, para descargar la sobresaturación enfermiza, y como imperativo volver a la naturaleza, de la que nunca debimos apartarnos por intereses materiales y ambiciones desmedidas.
El término se vence en menos de un año, antes de ‘ser pasados por el fuego’, según los mentores consultados en las redes sociales durante los últimos días. Hasta que se cumpla en su totalidad el 2025 no aguanta…