El camino irrenunciable hacia la búsqueda de la paz

Alfredo Vargas Ortiz

El camino irrenunciable hacia la búsqueda de la paz
Estoy en mi casa, frente a un computador, hablando a mis estudiantes de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP) de las sedes de Pitalito, La Plata, Mocoa y Florencia. En la cátedra de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario conversamos sobre las normas, tratados, reglas, principios y valores que inspiran los derechos humanos, y cómo estos representan un avance hacia la humanización de la guerra y la búsqueda de la paz. Ellos me cuentan que, mientras hago estas elucubraciones, la noche anterior sonaron helicópteros y ráfagas de fusil en otro de los tantos combates entre el Ejército y las disidencias de las FARC-EP.
Otra estudiante me recuerda que, en el municipio de La Plata, el número de desplazados por la violencia va en aumento como producto de ataques y combates en las distintas veredas del territorio. Todo ello se enmarca en un ciclo de violencia inconmensurable que deja niños huérfanos, mujeres viudas, desolación, desplazamiento, miedo, hambre y desconcierto.
La mayora Aida Quilcué contaba, en una reunión con empresarios, cómo ella y la guardia indígena se enfrentaban a los grupos guerrilleros para rescatar a los niños de su comunidad del reclutamiento ilícito y forzado. Relató que, en algunos casos - y aquí su voz se quebró en llanto -, algunos de ellos regresaban, pero muertos en una bolsa negra. Sin embargo, nos invitaba a todos a caminar por un nuevo país, construyendo un acuerdo nacional mediante un diálogo que debe ser irrenunciable.
Hace algunos años, cuando organizaba el Seminario Internacional sobre el Conflicto Interno Armado en la Universidad Surcolombiana, el representante de la República Democrática del Congo, Grivite Diten, me señalaba que admiraba algo de Colombia: el hecho de que nosotros, por lo menos, hablamos con esperanza sobre la búsqueda de la paz. En su país existen 120 grupos armados y milicias que operan activamente, concentrados principalmente en la región oriental. La mayoría son milicias locales que compiten por recursos, aunque unos pocos, como el M23, son los más influyentes y desestabilizadores.
Solo cuando se comparan nuestros conflictos con los de países africanos o con lo ocurrido en Medio Oriente (Palestina, Irán, etc.), se entiende que, si bien nuestra realidad es tremenda, lo que ocurre en otras latitudes es, palabras más, palabras menos, un holocausto. Esto sucede en medio de un Sistema de Naciones Unidas que atraviesa el menor grado de credibilidad de su historia y que parece condenado a desaparecer debido a la desfinanciación y la poca efectividad de organismos como el Consejo de Seguridad y la Corte Penal Internacional, entre otros.
En definitiva, nadie vendrá a solucionar nuestros conflictos. Seremos los colombianos, a la manera colombiana, quienes tendremos que asumir el gran desafío de buscar la paz, abriendo los caminos de la negociación y el diálogo intensificado para lograr que nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, tengan un país en paz.

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