El ?botadero? de basuras
<p>Una sobreviniente vergüenza afectó a muchos uniformados de la policía en Neiva cuando se supo que durante varios años infestaron de cadáveres de detenidos desaparecidos el conocido botadero de basuras en jurisdicción rural de Palermo, muy cerca de esta capital. ,</p>
Una impresionante cantidad de cuerpos de esos individuos, ejecutados en la sombra, se llegó a calificar de pluralidad tenebrosa de ciudadanos mutilados, quemados, con huellas de tortura, desfigurados con ácidos, sometidos a vejámenes inenarrables, baleados, propios de una espeluznante película de sevicia y crueldad.
Imágenes macabras y de terror se dibujaban en el paisaje mientras los restos de los eliminados se descomponían entre toneladas de desechos y detritos. Una flota de patrullas siniestras se movía en las calles urbanas antes de dirigirse a su destino previsto para las acciones de exterminio al caer la noche.
No obstante, las ejecuciones se daban por igual en zonas bajas del Magdalena, en bordes y playas secas, en la vía principal hacia el centro del país, en las goteras de la ciudad.
Víctimas y victimarios se movían con el agua a las rodillas al comenzar el ritual siniestro en el río Grande. Las noches cálidas se convirtieron en escenarios de riesgo latente para perder la vida de manera imprevista, y muchos habitantes noctámbulos, noctívagos permanentes, no necesariamente drogadictos o pequeños delincuentes y transgresores, optaron por resguardarse temprano en sus casas ante la amenaza ?verde?, tal como llegaron a bautizarla, por razones obvias.
En el cambio de siglo y milenio, esos servidores públicos, de uniforme verde institucional, se dedicaron a cazar con saña subrepticia a quienes podían caer en sus manos durante operativos de limpieza social disfrazados de reacciones contra la inseguridad.
Un tenebroso capitán Santander llegó a comandar varias eliminaciones de desgraciados detenidos.
En el río los obligaba a entrar al lecho en las partes pandas y procedía a dispararles como una forma de tiro al blanco, se supo en una investigación del Ministerio Público, que lo llamó a responder en su momento, aunque no se conocen resultados de las investigaciones finales de la Procuraduría, máxime cuando se daba la presencia institucional de procuradores complacientes, de corte derechista, entre ellos uno identificado como Diógenes Camargo, procedente del Caquetá, de ingrata recordación. Según el escritor neivano Libardo Trujillo Medina, antiguo comerciante de carne en el barrio Santa Inés, la revelación lógica de esos actos criminales de la fuerza pública, en virtud del aumento en las montañas de muertos al aire libre, produjo un replanteamiento en el destino final de los cadáveres.
Mediante la parroquia de Neiva, el cura de la catedral autorizó el uso de las fosas comunes en el camposanto de la curia, de su propiedad, para ocultar los muertos dejados por estos hechos sangrientos, sometidos al escarnio público y a la deshonra colectiva.
Las patrullas ingresaban con su carga de muertos al cementerio central donde los aguardaba el sepulturero de la época con una fosa común recién abierta.
Por lo general, las tareas se realizaban desde las dos de la mañana en adelante, asegura el informante Trujillo, quien ocasionalmente descubrió el entuerto en momentos que esperaba muy temprano la provisión de carne para su negocio, en la Plaza Satélite del norte, al frente del cementerio, y mientras dialogaba con los celadores del lugar, que lo pusieron en alerta sobre el particular, de cara al movimiento constante de vehículos policiales a esas horas del día allí. Menudo trabajo le aguarda a la JEP en sus pesquisas sobre el conflicto en Neiva, pues es muy numerosa la cifra histórica de víctimas mortales a manos del gobierno, y la promiscuidad de sus orígenes, más allá de lo político, en algunos casos.