Dragon Ball salvó mi vida

Ricardo Marquez Tafur

Dragon Ball salvó mi vida
A dos años de la muerte de Akira Toriyama hay algo que todavía resuena en mi cabeza. No es solo su muerte, sino las casualidades y cambios que han sucedido alrededor de ese recuerdo.

Fue un 8 de marzo. Yo estaba en Tokio, en clases de japonés. Durante un receso revisé el celular y vi la noticia: dias atrás había muerto el mangaka Akira Toriyama. Me sorprendió ver la reacción de mis compañeros. Había extranjeros de diversas partes, yo era el único latino. En ese momento me pregunté si para ellos Dragón Ball tenía el mismo significado que había tenido para nosotros.

Lo curioso es que el fin de semana anterior había estado en Nagoya. Pasé relativamente cerca de Bird Studio, las oficinas de Toriyama. Pensé en ir a tomarme una foto frente al estudio, pero me dio pereza. Me dije que probablemente estaría cerrado y que en otro viaje podría hacerlo con calma. Al final no fui. Tal vez hubiera sido un momento extraño, porque aunque yo no lo sabía, la muerte del maestro Toriyama ya había ocurrido.

Esa noticia me puso a pensar en la influencia que tuvo Dragón Ball. En América Latina muchos niños crecimos con esa serie.

En las clases de manga nuestro maestro “Jimbo sense” nos contó un poco de su experiencia con Toriyama. Lo llamaba con respeto “Toriyama sensei”. Mostrándonos una obra original que él había dibujado para nuestra escuela.

Recuerdo que mi primer encuentro con Dragón Ball comenzó por casualidad en los canales nacionales. Allí transmitían Dragón Mágico, la primera versión doblada de Dragón Ball.

Fue después, gracias a la señal de los canales peruanos que llegaban a Colombia “la famosa Perubólica” que comencé a ver anime con frecuencia:  Dragón Ball y muchas otras series.

Ahí empezó mi afición. Mis primeros dibujos eran personajes inspirados en Dragón Ball. Recuerdo incluso algunos sueños donde volaba como los personajes de la serie, o cuando jugábamos con otros niños a convertirnos en saiyajines o intentar volar.

En esa época muchos decían que esos programas eran violentos o satánicos. Que Goku era un demonio y que Vegeta, Piccolo o Gohan eran palabras diabólicas. En mi casa nunca prestamos mucha atención a eso.

Para finales de 1999 y comienzos del 2000 yo tenía unos diez años. Vivía con mis padres y mi hermana en La Hormiga, Putumayo. Era una época dura. La guerra entre paramilitares, guerrilla y ejército estaba en pleno auge. Mi madre era profesora y mi padre trabajaba en una droguería.

Un día un vendedor que visitaba la farmacia me prometió venderme un vaso de Goku. Nunca llegó a dármelo. La siguiente vez que lo vi estaba pálido y nervioso. Acababa de sobrevivir a una masacre en una vereda cercana donde los paramilitares habían descuartizado a varias personas en el centro del pueblo. Parte de su mercancía había quedado abandonada allí.

Yo no entendía nada de eso. Yo solo quería mi vaso de Goku pero en cambio al final terminé comprando con mis ahorros del colegio un vaso de Pikachu.

Ese mismo año ocurrió algo que nunca olvidé.

Mientras caminaba hacia la droguería de mi papá  me detuve frente a un pequeño televisor en una tienda de insumos para el campo. Estaban transmitiendo Dragón Ball Z. Varias personas estaban viendo el capítulo y yo, como ellos, me quedé viendo los últimos minutos.

 

Cuando decidí seguir caminando escuché una explosión muy fuerte a un par de cuadras del camino por donde iba a pasar. No sabía qué era. La gente gritaba y corría. Yo estaba asustado. Solo quería llegar a la droguería donde estaba mi papá así decidí tomar otro camino. Cuando llegué, la droguería estaba cerrada. Los locales alrededor también. Un vecino que vendía helados me vio y golpeó la reja. Mi papá salió un poco cauteloso y me recibió.

Esa tarde, cuando caminamos de regreso, vi el carro bomba destruido. Y fue la primera vez que vi un charco de sangre real. Recuerdo haber pensado que era más espesa de lo que imaginaba no era como en los dibujos animados. El carro parecía chatarra quemada.

Recuerdo haber pensado algo muy simple “si no me hubiera quedado viendo Dragón Ball unos minutos más, habría pasado por allí en ese momento”. o tan solo una casualidad.

Pero años después Dragón Ball z y yo volvíamos a cruzarnos con la violencia de este país.

En 2012, mientras finalizaba mi carrera de Cine y Televisión, comenzábamos junto a Fabián, Cho, Mary , Jacobo con mi empresa Silent Art. Trabajábamos en nuestro primer cortometraje profesional, vivíamos cerca de la calle 72 con avenida Chile en Bogotá.

Una mañana estábamos viendo Dragón Ball Z. Yo tenía que irme a clases en la Unitec, pero mis compañeros insistían en que esperara a que terminara el capítulo. Le llamábamos “nuestra hora sagrada”. Así que por insistencia de ellos, me quedé unos minutos más.

Pero al terminar, salí corriendo.  Y mientras recorría la caracas, a una calle escuché la explosión. Todo se paralizó, sonaron alarmas, la gente empezó a correr.

Habían atentado contra Fernando Londoño: Un político cuya forma de pensar siempre me ha desagradado profundamente. Pero ese día coincidimos en el mismo lugar y en el mismo momento, aunque desde realidades completamente distintas.

En ese atentado otro estudiante de la Unitec que pasaba por allí resultó herido. Ese día las clases se cancelaron.Y entonces pensé  “ese pude ser yo, Si hubiera salido antes, probablemente habría estado allí.”

Junto a lo que vivido años atrás y  ese suceso, entendí algo. “Las armas no discriminan, Las explosiones generan muertos reales, No existen esferas del dragón que revivan a nadie”.

Dos veces en mi vida, por quedarme unos minutos más viendo Dragón Ball, no estuve en el lugar de una explosión. Por eso cuando escucho a la gente decir que Toriyama cambió sus vidas, lo entiendo de una forma muy literal.

Es curioso cómo muchos adultos conservadores y moralistas decían que los dibujos animados violentos volverían violentos a los niños y jóvenes, mientras en las noticias hablaban de narcos, asesinatos y de una violencia real que parecía no tener fin. Para muchos de nosotros, Dragón Ball z y el anime fueron más bien un refugio en medio de un país atravesado por la violencia. Un pequeño escape que nos permitió seguir siendo niños, mientras afuera el mundo parecía caerse a pedazos.

Por eso, a dos años de la muerte de Akira Toriyama, creo que muchos agradecemos su obra. Pero algunos también lo hacemos por algo más simple. En mi caso Dragón Ball Z y Akira Toriyama, no solo marcó mi infancia, probablemente también me salvó la vida.

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