Digger es grotesca

Juan Camilo Medina

Digger es grotesca

Yo odiaba a los clowns. Me parecían personajes exagerados, casi caricaturas de la locura. Fueron Luis y sus compañeras de equipo quienes cambiaron mi percepción. Recuerdo especialmente la puesta en escena de Fabienne y Anne inspirada en Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Allí comencé a comprender cómo el absurdo y lo grotesco podían servir para hablar de la existencia, el poder y la condición humana.

Comencemos por la pregunta: ¿es Digger una buena película? Depende de a quién le pregunte, no voy a calificarla asi de facil.


He escuchado que es fea, que es aburrida, que es un esperpento o grotescas. Y en eso si estoy deacuerdo. Creo que es Grotesca.


Sinceramente llegué a ver la pelicula sin muchas expectativas, Desde el principio sentí que algo no era normal. La puesta en escena, un tanto teatral, me recordaba al expresionismo alemán, al cine de Wes Anderson o a Birdman. Me preguntaba si sería una película de bajo presupuesto, aunque con Tom Cruise como protagonista aquello parecía improbable.


A nivel tecnico y artistico, impecable, fotografia, arte, puesta en escena, en fin. No tengo nada que decir aqui. Sencillamente en terminos tecncios hermoso. 


Pero mi extrañeza no tenía que ver con la trama, sino con el tono. Sentía que estaba viendo una sátira cruel y absurda que no terminaba de parecer una parodia ni una comedia convencional. Me avergonzaba de reírme de situaciones de las que en principio, no debería reírme. En algunos momentos soltaba carcajadas mientras otras personas abandonaban la sala. Finalmente, dejé de reírme de la misma manera.


Cuando vi en los créditos que el director era Iñárritu y el director de fotografía era el Chivo Lubezki, reflexioné un poco del por qué la puesta en escena y el tipo de iluminacino me recordaba a Birdman. Pero había algo más: acababa de ver una película que me decía en la cara lo jodido que está el mundo, mientras se reía de nosotros.


Yo veía al personaje del presidente y a sus seguidores y pensaba: «Eso es así de absurdamente piensan muchos politicos. ¡Ese es el mismo tren de pensamiento!». Me reí de su crítica a los discursos de la ultraderecha y no pude evitar pensar en figuras como Donald Trump, Abelardo de la Espriella o Javier Milei. Pero también vi una crítica a la conformidad de algunos sectores de la izquierda, capaces de adaptarse a las mismas estructuras que dicen combatir.


La película llevaba la burla a un nivel tan burdo, escatológico y grotesco que dejaba de parecerme una simple sátira. Sentía que no se estaba riendo únicamente de sus personajes, sino que estaba exponiendo una realidad que, al deformarse, terminaba pareciéndose demasiado a sí misma.


Me gustaron su mensaje medioambiental, la crítica política y el cuestionamiento de la sociedad de consumo y del capitalismo, tanto desde la derecha como desde la izquierda. Sin embargo, salí de la sala bastante caliente. Pensé: «Otra puta película desesperanzadora». Y esta vez se había metido con algo que llevaba tiempo preguntándome.


¿Es el arte solamente una herramienta para generar catarsis? ¿Mi actuar humano y político es coherente con mis principios? ¿Hay esperanza en este mundo?. Sentía que la película tenía razón, pero me molestaba lo que parecía decirme. Como sátira o comedia, no terminaba de convencerme. Me parecía que estaba exponiendo, de otra manera, el mismo pensamiento de quienes gobiernan, manejan el poder y condicionan a la sociedad.


Me sentí como cuando alguien habla en lenguaje callejero: puede sonar burdo o desagradable para algunos, pero el mensaje es lo que importa.


Decidí conversar sobre estas impresiones con mi amigo Manuel Rojas, investigador y cineasta. Le decía que, como sátira, la película no me gustaba. Entonces me respondió: «Richi, es que no es una sátira, es un esperpento». Inicialmente asocié el término con algo feo o desagradable. Manuel me sugirió investigarlo como concepto dramatúrgico, y recordé que alguna vez había escuchado del termino:


El esperpento, está asociado especialmente con deformar la realidad para revelar sus contradicciones y exponer lo ridículo de la sociedad. Y hace parte del teatro grotesco. Lo grotesco, por su parte, mezcla lo cómico con lo trágico, lo ridículo con lo terrible, provocando risa e incomodidad al mismo tiempo. Son conceptos relacionados, pero no equivalentes.


Al investigar, comprendí mejor por qué me había reído y, al mismo tiempo, me había sentido mal por hacerlo. Quizá estaba intentando interpretar la película como una comedia convencional cuando su humor me enfrentaba a algo mucho más incómodo: reconocer lo absurdo del mundo en el que vivimos.


Entonces recordé a un gran amigo Luis Silva director de Clown up, dramaturgo a quien admiré y cuyas palabras todavía guardo con cariño. Luis me habló del teatro grotesco, de cómo podía deformar la autoridad y de la figura del clown (payasos) como una forma de cuestionar el poder. Bajo aquella pequeña máscara de nariz roja, me decía, era posible liberarse.


Yo odiaba a los clowns. Me parecían personajes exagerados, casi caricaturas de la locura. Fueron Luis y sus compañeras de equipo quienes cambiaron mi percepción. Recuerdo especialmente la puesta en escena de Fabienne y Anne inspirada en Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Allí comencé a comprender cómo el absurdo y lo grotesco podían servir para hablar de la existencia, el poder y la condición humana.


Ese recuerdo me llevó a 2017, cuando acompañé a la compañía teatral Clown Up, a La Carmelita, zona veredal vinculada al proceso de paz con las FARC. Yo estaba allí como camarógrafo, observando la función desde fuera.


Durante una de las obras, en una escena en la que un zorro mataba al cuervo, los espectadores de la carmelita se rieron. En otras ciudades, según lo que había observado, el público solía permanecer en silencio ante ese momento dramático.


Me desconcertó. ¿Por qué se reían precisamente allí?, Me pregunté si su experiencia de la guerra podía influir en la manera en que interpretaban la escena, si la venganza del zorro adquiría otro significado para quienes habían vivido en medio del conflicto. No podía saberlo con certeza, pero comprendí que nuestra historia y nuestro contexto pueden cambiar la manera en que recibimos una misma obra.


Años después, mientras veía Digger, volví a experimentar algo parecido. ¿Cómo carajos era yo el único en la sala que se reía? Me avergonzaba de mi risa ante aquellas situaciones grotescas, mientras algunas personas se marchaban.


Salí triste, pero también contento de haber visto algo extraño, algo que no conseguía clasificar inmediatamente. Había algo más que me tocaba personalmente.


Digger me hizo pensar en la política. «Carajo, esta película me está mostrando lo absurdo de ese tren de pensamiento neoliberal y del fanatico religioso politico, cómo al final. Nos vamos a acomodar y acostumbrar, por más que jodamos el mundo».


Eso fue lo que más me molestó. ¿De qué sirve reconocer los problemas si terminamos acostumbrándonos a ellos? Podemos denunciar el capitalismo, criticar a los políticos y cuestionar la destrucción ambiental. Podemos hacer películas, escribir libros y montar obras de teatro. Pero ¿qué cambia realmente?


Por momentos sentí que Digger me estaba diciendo que terminaríamos acomodándonos al desastre, que aprenderíamos a convivir con él como si nada sucediera. Y perdí la esperanza.


Entonces recorde nuevamente a Luis y a su esposa Susanne del grupo Clown Up, la obra terminaba con una historia sobre los soñadores: sobre la capacidad de soñar y cambiar las cosas, pero también sobre la necesidad de actuar.


Quizá la esperanza no consiste en creer ingenuamente que el mundo mejorará por sí solo, sino en negarse a aceptar que las cosas deben permanecer como están. Tal vez Iñárritu plantea esa posibilidad a través del niño o de los niños en Digger. Pero me queda una pregunta: ¿hay esperanza para nosotros? ¿Qué hacemos mientras esperamos que las nuevas generaciones construyan un mundo diferente?


No tengo una respuesta. Solo sé que Digger me hizo sentir vergüenza de reírme y terminó enfrentándome a mis propias contradicciones. Me gustaron sus críticas, pero me molestó su desesperanza. Me hizo pensar en el poder del arte para revelar lo absurdo, pero también en sus límites para transformar la realidad.


Quizá por eso recordé a Luis Silva y a Clown Up, una compañía que a través del clown, también buscaba cuestionar el mundo e invitarnos a actuar. Por eso quiero invitarlos a conocer el documental Clown Up: Rire pour la paix, disponible en YouTube, que recoge parte de aquella experiencia y del trabajo de la compañía. Para mí, es también una forma de recordar a Luis y de volver sobre una pregunta que sigue vigente: ¿podemos cambiar las cosas o terminamos acostumbrándonos a ellas?


Entonces si creo que Digger es una pelicula Grotesca, y aunque el cine de Iñárritu no está entre mis favoritos, puedo decir que Amores perros me toca como latinoamericano, Birdman me toca como artista, pero Digger me toca como humano.

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