DESAPARECIDOS: NOBLEZA DE LOS FAMILIARES AFECTADOS
No nos cansamos de ver y de reconocer la capacidad de perdón de las víctimas por los delitos de desaparición forzada contra sus familias. Estos dolientes saben quiénes utilizan al Estado y sus armas para causar miedo en las comunidades, muchas veces como bandera política, luego de las masacres encubiertas. Allí se camufla una forma de pensar de bastantes colombianos, dependientes de los manoseos políticos y presas de un egoísmo sin parangones en el resto del planeta, con algunas excepciones en ese mismo escenario terrícola que habitamos. La ignorancia enfermiza por igual corresponde a ese fenómeno, especialmente en Colombia. Se trata de una derechización ´popular´ con muestras de contrasentido espeluznante. En el país los medios clásicos (poderosos) de comunicación han eludido estas interpretaciones sobre el conflicto desatado en vastas zonas del territorio y más bien se han puesto en contra de la gente inmersa en constantes dramas criminales de lesa humanidad. Han entrevistado con habilidad pasmosa, manifiesta, a los determinadores políticos del desangre –que son sus socios en la bolsa de valores, en el sistema de control social, como una forma superestructural-, y a la vez autores intelectuales del exterminio contra la ciudadanía- El genocidio casi que no se puede enmarcar en fechas exactas: facilito, se remonta más de 40 años para atrás. Hablamos sólo de una modalidad de operaciones de aniquilamiento.
BÚSQUEDA
Con permanencia mediática, vemos los reportajes sobre las acciones de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas y observamos una fortaleza sabia de las víctimas organizadas y de los deudos de los sometidos al extrañamiento y a la invisibilidad. Madres serenas que podrían hacer el curso para santas hablan de sus dramas con una entereza digna de admirar. Una de ellas, líder indiscutible –perdió en un lance a toda su familia, varias generaciones: viejos, jóvenes y niños, a manos de los paramilitares-, respondió a una extensa entrevista en la que sus palabras resonaban por el alto contenido espiritual inmerso, a la par de una sabiduría desbordante. Hacía gala de lucidez y precisión envidiables. Siguió con odio al asesino responsable hasta ganar su confianza en casa, tras varios años de espera y acercamiento, con serios indicios y pistas, y atendió a su familia como servidora doméstica y, por último, decidió perdonarlo. Se mostraba el sujeto como una piltrafa ante el paso inexorable del tiempo y entonces le generó conmiseración cristiana. El hombre no se atrevía a mirarla a los ojos, y sentado en un sillón ni siquiera levantaba la cabeza, recuerda la dama –adulta mayor, de más de 80 años de edad-. Es difícil aceptar un crimen contra colombianos y familias de ese talante, pero el silencio y la oscuridad impuestos por los sectores retardatarios y bestializados no nos dejan reaccionar como Dios manda…
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Con permanencia mediática, vemos los reportajes sobre las acciones de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas y observamos una fortaleza sabia de las víctimas organizadas y de los deudos de los sometidos al extrañamiento y a la invisibilidad. Madres serenas que podrían hacer el curso para santas hablan de sus dramas con una entereza digna de admirar. Una de ellas, líder indiscutible –perdió en un lance a toda su familia, varias generaciones: viejos, jóvenes y niños, a manos de los paramilitares-, respondió a una extensa entrevista en la que sus palabras resonaban por el alto contenido espiritual inmerso, a la par de una sabiduría desbordante. Hacía gala de lucidez y precisión envidiables. Siguió con odio al asesino responsable hasta ganar su confianza en casa, tras varios años de espera y acercamiento, con serios indicios y pistas, y atendió a su familia como servidora doméstica y, por último, decidió perdonarlo. Se mostraba el sujeto como una piltrafa ante el paso inexorable del tiempo y entonces le generó conmiseración cristiana. El hombre no se atrevía a mirarla a los ojos, y sentado en un sillón ni siquiera levantaba la cabeza, recuerda la dama –adulta mayor, de más de 80 años de edad-. Es difícil aceptar un crimen contra colombianos y familias de ese talante, pero el silencio y la oscuridad impuestos por los sectores retardatarios y bestializados no nos dejan reaccionar como Dios manda…