Dejar hablar
<p>Se nos antoja muy oportuno que la gente de</p><p>este tiempo pueda hablar en los medios de</p><p>comunicación (análogos y otros) para</p><p>manifestar aspectos propios de su vida en</p><p>comunidad, sin censura ni prevención social.</p>
Hasta hace muy poco tiempo era impensable
que se diera esa irrupción de ?lo público? en
la opinión del país. Lo público comprende la
voz de las colectividades, sin distingos.
Existía una mordaza tácita, un mutismo
interesado. La gente no era escuchada y
hasta podía ser censurada o agredida
moralmente por sus propias colectividades
de origen, para que guardara silencio servil
como ellas frente a la prensa y a la
divulgación masiva. En algún momento le
restregaban a quien hablaba en los
micrófonos mediáticos que no tenía ese
derecho a informar, por tratarse de un don
nadie con ínfulas de personaje, además de
anticipar así posibles aspiraciones político-
económicas en juego, de su parte. En
algunas oportunidades mientras
entrevistaba a gente humilde, como los
braceros, los coteros, los carretilleros, entre
otros, en el Parque Santander de Neiva, los
habituales ocupantes del lugar intentaban
callar a mis interlocutores, a mis fuentes
populares. Vociferaban que yo me estaba
aprovechando de ellos para ?picarles la
lengua?, para obligarlos a meter las de
caminar. Era un acto sacrílego semejante
intercambio informativo con el pueblo raso.
El humanismo de los periodistas formados
en la academia, empero, comenzaba ya a
intervenir en el paisaje, al menos en nuestro
caso, con no pocas resistencias: muchos
colegas nuestros lo llegaron a llamar
?periodismo de alcantarilla?, haciendo gala de
una estupidez habitual. La prensa tradicional,
entonces, miraba con sospechas a la gente
común, a la masa amorfa, y sólo desde esa
perspectiva implícita del poder, tan sólo
podían hablar los privilegiados, sus clientes y
auspiciadores -incluso dueños de esos
medios de información manipulados, que
ponían y quitaban a su amaño, en manguala
abierta con el mundillo político-. Por fortuna,
ese edificio se está derrumbando y cae
estrepitosamente, vuelto añicos. Se trata de
una conquista inexorable de la sociedad del
primer cuarto de siglo, a instancias del
cambio de rumbo que le imprime la
Colombia Humana al país, en medio de la
reacción derechista, clasista, salida de
madre. El silencio forzado de las multitudes
produjo una indiferencia enfermiza por el
prójimo, por el otro. Cuando se abren
micrófonos a indios, negros, raizales,
diversos sexuales, campesinos, desgraciados,
inopes, señalados, asentados, migrantes, se
descubre un universo insospechado de la
vida humana y de sus características
pluriculturales en este país adolorido,
acorralado, engañado subrepticia y
hábilmente. Se piensa todavía en ciertas
formas de prevención que sobreviven en los
ambientes urbanos del capital y del modelo
de acumulación de la riqueza, de fondo, el
desconocimiento de las realidades que nos
acompañan en el territorio tiene mucha
responsabilidad histórica.