Crónica de un viaje y triunfo anunciado (Segunda parte)

Ricardo Perdomo Pinzon

Crónica de un viaje y triunfo anunciado (Segunda parte)
……. Exclama el arquitecto “yo pongo cien mil pesos”; los otros dos compañeros de viaje, el uno abogado con bastante conocimiento político y el otro, un apreciado ingeniero y servidor público del control fiscal, se miraron sorprendidos entre sí, y no tuvieron más remedio que igualar el case del arquitecto y cada uno con evidente preocupación, sacó de su billetera, billetes de la más baja denominación, hasta completar a retazos, los cien mil pesitos que me aportaron. Pensé: Ahhh bueno, me toca aportar solo el carro y pagar los peajes….que generosos compañeros de viaje tengo; cuando de repente me dice el joven islero: ¡Señor Perdomo, usted tiene 180.000 pesos de puntos Colombia, que están a punto de vencer; venga se los redimo! Quién dijo miedo; a mis acompañantes se les salió lo chichis que son, y comenzaron a pedirme los cien mil pesitos que me habían dado para colaborar con los gastos de la gasolina. Mi madre si me había advertido: “mijo, cuídese de andar con tacaños, que eso es lo peor”. Ante mi recriminación por su mal gusto de pedirme la devolución del dinero; a regañadientes resolvieron dejarme la platíca que me habían dado y seguimos el viaje por el juncal. Llegamos al parador la Portada del municipio de Hobo a desayunar y sin sonrojarse me dijeron que pagara el desayuno, con el dinero que me habían aportado. Calculé un desayuno de doce mil pesos y me pareció razonable; pero que sorpresa la mía; esos compañeros de viaje estaban muertos de hambre y cada uno pidió de desayuno, tamal, caldo de costilla, bandeja con huevos pericos, arroz, tajada de maduros, arepas, chunchulla frita y chocolate con pan chicha. Pensé para mis adentros: Estos amigos son de los colombianos que solo se comen dos comidas al día; ¡qué tal que fueran tres!

Me tocó soportar la discusión entre el abogado y el arquitecto sobre el retorno de la vía, ubicado en el cruce al municipio de la plata, en la autorruta 45. Era más fácil soportar la oferta comercial de un vendedor de productos Omnilife, o la oferta religiosa de un misionero Mormón, que poner de acuerdo a este par de cristianos; pues mientras el arquitecto decía que el retorno quedó perfecto, el abogado decía que no; que hubiera sido mejor una glorieta amplia, acariciada por los vientos que vienen de San Sebastián de la plata, juagándose la boca con los ingenieros que hicieron el trazado del retorno, indicando peyorativamente que a esos ingenieros, la universidad los había dejado en obra negra, para significar su error e inconformidad.

Llegamos a Gigante y decidimos transitar por su área rural, en la ruta La Gran Vía, La Bodega, Tres esquinas, Silvania, Zuluaga (donde nos empujamos tremenda picada de almuerzo), hasta salir a Garzón, para palpar directamente el respaldo campesino a Petro y a Iván Cepeda. Más del ochenta por ciento de los campesinos abordados, al ver nuestras cachuchas y camisetas promocionando la candidatura de Cepeda y el Pacto Histórico, en voz baja nos confesaron que van a votar él, porque con Petro les ha ido muy bien a los jóvenes, a los soldados, a los trabajadores, a los ancianos y que el campo ha progresado y todo el mundo está ganando platíca. Inolvidable el episodio de una viejita como de 90 años, que estaba sentadita frente a su casita de bahareque y paramos a saludarla con intenciones de reclutarla; ella de paso lento y con la ternura de su rostro parecido al de la virgen Maria; se acercó y de una nos disparó por platíca. Le pregunte que si sabía quién era el de la camiseta (Cepeda) y sin pensarlo dos veces, dijo que era el espíritu santo. Le dimos dos mil pesitos y un señor que estaba a pocos pasos, nos dijo que la pobre viejecita, estaba invadida de Alzheimer, sagrado rostro.

Llegamos a Pitalito al final de la tarde y se notaba el movimiento y ruido por la llegada de Cepeda. Decidimos ir a descansar al Hostal Ullumbe, donde pernoctaríamos. Como el presupuesto de mis compañeros, estaba más estirado que el perro de Copetran, me tocó dormir en habitación triple; ¿se imaginan ustedes la suerte que corrí, después de ese desayuno y almuerzo mortal de los flatulentos compañeros de viaje?, y de ñapa, la roncadera de estos amigos, equivalente a un caldero lleno de tamales hirviendo y la tortura que nos produjo el radiecito mal sintonizado, que prendió al acostarse el desconsiderado arquitecto.

El sábado nos levantamos temprano y después de desayunar trancado, nos fuimos para el aeropuerto a esperar la llegada del avión que traía a Iván Cepeda. Dos compañeros de viaje dijeron ser compañeros de estudio de Iván Cepeda, el uno en el colegio Camilo Torres de Bogotá, y el otro en Bulgaria, hace más de treinta y cinco años. Querían entregarle unas fotos de recuerdos de aquella época estudiantil cuando bajara del avión; no falto el radio roto, un amable amigo de izquierda, más costureado que un bulto de papas (tiene 6 operaciones), que se los llevó raudamente para el hotel Cálamo, con la falsa noticia de que Cepeda ya estaba en el Hotel, cuando ni siquiera se había bajado del avión. Lo insultaron 47 veces, por semejante locura; pero finalmente lograron entregarle la foto en el hotel y el compañero de Bulgaria, a pesar de ser un matajacho de Hobo, le hablo en búlgaro, para descrestar calentanos como yo.

Pasadas las dos de la tarde, cuando ya Cepeda se encontraba en el Hotel Cálamo, se vino un pertinaz aguacero, que no logró dispersar a los miles ciudadanos que esperaban verlo y escuchar su discurso en la gran manifestación Laboyana. Una vela para espantar el agua, pedía con angustia el arquitecto camandulero. En el hotel y en el parque se vieron cosas bastante curiosas: Los que en privado se repelen y colocan zancadillas; allá se dieron abrazos y el beso de judas. Observé con dedicación que de los que estábamos en Pitalito ese día, nadie tiene cercanía real con Cepeda. Eso de que Iván me dijo tal o cual cosa, como dicen algunos, es pura paja. Vi a un excandidato nuestro a la gobernación del Huila, al lado de un chiverudo amigo, soportar el inclemente aguacero sin moverse y sin pestañear un instante, exponiéndose a una neumonía severa; pues son amigos de avanzada edad también. La esposa de uno de los dos, me llamo airada, porque a su marido el pecho le estaba gorgoreando por la mojada tan verraca que se pegaron y me reclamó que no hubiera habido un amigo que le dijera que no se mojara. Detrasito de ellos, había un boquinche que no paraba de echar vivas a Cepeda; “Miva Jepeda” gritaba sin parar; hasta que algún intolerante se mamó de sus arengas porque no lo dejaba escuchar el discurso de Cepeda y lo increpó rústicamente, diciéndole: “deje oír y más bien pida el pedazo de jeta que le hace falta, marica”

Cepeda terminó el discurso y puyó el burro de regreso a Neiva, para tomar el vuelo a primera hora del día siguiente a Bogotá, y nos dejó mirando un chispero. La pobre Belarmina le llevaba a Cepeda una bandejita de chocolate de bola, preparado por ella misma y unos huevitos de pisca de segunda postura, que finalmente me regalo. Nos dirigimos al hotel para sacar las maletas y emprender el viaje de regreso a Neiva, cuando escuchamos de lejos la voz angustiosa de un reconocido abogado Plateño, para que lo trajéramos; pues le creyó a un profesor de apellido lluvioso, que le ofreció llevarlo a Pitalito y después de hacerlo levantar a las cuatro de la mañana, no salió con nada del viaje. Le escuche 37 madrazos para el docente aquel, que es una buena persona, activista muy comprometido con la causa Petrista y esclavizado del Facebook.

No habíamos salido de Pitalito, cuando le entro al reconocido abogado Plateño, una llamada del gobernador Villalba, preguntando como había estado la manifestación y se enteró por boca del abogado, que la manifestación estuvo extraordinariamente buena. Llegamos a Altamira pasadas las 8 de la noche y resulta que nos encontramos una maldita glorieta que en la oscuridad de la noche nos confundió y tomamos equivocadamente la vía a Florencia, dándonos cuenta del error minutos después, cuando al preguntar en una bomba de gasolina, nos dijeron ¡devuélvanse que van para Florencia! Lo mismo le ocurrió al excandidato y a su chiverudo amigo, de regreso a Neiva. El cuatrero del vallenato, me dijeron mis acompañantes, por intentar enseñarles vallenato clásico; pues estos profanos y desconocedores oceánicos del vallenato, confunden a mi amigo Poncho Zuleta con Juan Carlos Zarabanda, válgame Dios.

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