Con fuerza local y sentido de pertenencia

Manuel Córdoba

Con fuerza local y sentido de pertenencia

Resultó irónico que sobre el muro que encerró las ruinas del Camacho se pintara con mayúsculas el aviso «Neiva, ciudad educadora», confirmando que es muy fácil derramar cemento y construir urbanismo sin haber edificado urbanidad. Por eso el pensador Jesús Martín-Barbero proponía derribar las viejas jerarquías que dividen a nuestra sociedad entre lo letrado y lo oral, entre lo erudito y lo popular, entre lo serio y lo festivo. Nuestras culturas en plural habitan tanto en los libros, el cine y los museos, como en las raíces campesinas y en la tradición oral de una tierra donde la historia no solo se escribe, sino que se canta sobre la música de Jorge Villamil.

En la primavera de 1995, durante un discurso pronunciado en la isla de Contadora, Gabriel García Márquez recordaba que la cultura no es un adorno reservado para especialistas, sino el idioma, la comida, la música, la educación, las formas de vivir y el amor; en pocas palabras, lo más importante de la vida. Para entender esa verdad en nuestra tierra, basta recorrer las manzanas vecinas al Parque Santander y recordar que Neiva ha sido una ciudad de pasajes. En esos corredores multiplicados tras el terremoto de 1967, a la sombra de antiguos barberos y relojeros, nuestra gente demostró que lo cultural no es un decreto frío, sino el modo en que un pueblo habita su territorio. De allí nace una pregunta esencial: ¿es la sociedad la que moldea a la cultura, o es la cultura la que esculpe lo que somos como sociedad? 
Quienes han estudiado el comportamiento humano reuniendo más de cien definiciones distintas sobre la materia coinciden en que se trata de un camino de doble vía. Nuestras costumbres y valores son el fruto de lo que hicimos ayer, pero también son el molde que condiciona lo que haremos mañana. Las personas crean la cultura porque ninguna tradición existe al margen de quien la práctica, pero al mismo tiempo nos formamos y nos comprendemos a través de esas mismas creaciones. Como ocurre con el espacio público, la gente transforma los lugares cuando los vive, y esos lugares terminan transformando la manera de convivir de la gente. 
Nuestra historia local ofrece el retrato más fiel de ese diálogo. Durante décadas, entre el Parque Santander y la antigua Galería, latió el Pasaje Camacho. Levantado por familias campesinas desplazadas por la Violencia de mediados del siglo XX o por el sismo del 67, aquel laberinto de casetas era un verdadero organismo vivo. Mientras en sus mesas se servía un sorbete de guanábana, un caldo de costilla, un pataló con juanvalerios o un viudo de bocachico capaz de seducir por igual a caminantes, presidentes y cronistas como Juan Gossaín, allí adentro se tejió un profundo código de convivencia. Los comerciantes competían por el cliente, pero se prestaban herramientas para resguardar el buen nombre del oficio; las matronas apaciguaban las disputas sabiendo que los perdones colectivos estaban por encima de los rasguños privados; jamás faltó la colecta solidaria para las medicinas de un enfermo o el velorio de un vecino, y con el esfuerzo de tres generaciones sacaron adelante a sus hijos como licenciados e ingenieros. 
¿Qué sostenía ese mundo? Lo que sus propios protagonistas llamaban «la confianza en la palabra empeñada y el sentirse al abrigo de un grupo». La cultura nace justamente cuando una comunidad aprende a resolver unida sus problemas de adaptación y convivencia, generando identidad, sentido de pertenencia y estabilidad social. Y como brota de la experiencia colectiva, nunca es una roca inmóvil: es flexible y evoluciona al ritmo de su gente. 
El peligro surge cuando menospreciamos ese tejido humano y permitimos que unas pocas prácticas o una visión puramente comercial acaparen todo el significado de lo cultural. Como advierte el académico Nicholas Morgan, nos equivocamos cuando encerramos la cultura en las bellas artes o dejamos que el mercado fije el precio de todo desde un barril de petróleo hasta un lienzo de Van Gogh, olvidando las prácticas cotidianas donde se decide quién cuenta y quién no cuenta en la sociedad. En Neiva vivimos esa fractura a finales de los noventa, cuando se clausuró el Pasaje Camacho y se demolió la antigua Galería para trasladar a los venteros a las peceras de vidrio del centro comercial Los Comuneros. El ladrillo no reemplazó a la comunidad: en aquellos pasillos estrechos se perdió la familiaridad y la confianza vecinal, y muchas señoras mayores dejaron de ir al centro porque, sin la Galería como punto de referencia, se perdían en una ciudad que ya no sentían suya. 
Resultó irónico que sobre el muro que encerró las ruinas del Camacho se pintara con mayúsculas el aviso «Neiva, ciudad educadora», confirmando que es muy fácil derramar cemento y construir urbanismo sin haber edificado urbanidad. Por eso el pensador Jesús Martín-Barbero proponía derribar las viejas jerarquías que dividen a nuestra sociedad entre lo letrado y lo oral, entre lo erudito y lo popular, entre lo serio y lo festivo. Nuestras culturas en plural habitan tanto en los libros, el cine y los museos, como en las raíces campesinas y en la tradición oral de una tierra donde la historia no solo se escribe, sino que se canta sobre la música de Jorge Villamil. 
Ese patrimonio común no es tarea solo de los gobernantes de turno. Su cuidado exige el compromiso de todos sus actores: la familia y la escuela sembrando valores y memoria local; los artistas, gestores, investigadores y medios de comunicación despertando la conciencia crítica; las organizaciones comunitarias y barriales, el sector privado y un Estado capaz de concertar sin destruir los lazos que nos unen. García Márquez resumía esta tarea en dos verbos: preservar nuestras raíces y ensanchar los espacios de creación y encuentro para todos. Si la sociedad moldea la cultura y la cultura moldea a la sociedad, proteger nuestras expresiones plurales es honrar aquella sentencia del historiador griego Tucídides que todavía resuena en las calles de Neiva: La ciudad son sus habitantes.

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