Campesinos Vs CAM: Geografía de los San Juaneros
Cuando se traza un plano, se delimita un área o se escoge una escala, no se está haciendo simplemente un ejercicio técnico o neutro: se está tomando una decisión política y de carácter estratégico que puede tener profundas consecuencias en la vida de las personas y que puede ser o desatar hechos de guerra. Así lo señala el geógrafo francés Yves Lacoste, en su libro que precisamente se titula “La Geografía: un arma para la guerra”.
Un ejemplo de esto en Colombia es el de la relación conflictiva de los campesinos con los parques naturales y las zonas de reserva de ley 2 de 1959 que para el caso del Huila las cifras oficiales registran 534.657 hectáreas afectadas con estas figuras de ordenamiento territorial.
Relatos de comunidades en diferentes coordenadas del Huila y respaldados por la Comisión de la Verdad señalan como las diferentes oleadas de violencia desde la colonia hasta la guerra partidista y la lucha por la tierra trajeron a campesinos e indígenas hasta esas 534.657 hectáreas, cruzando senderos para buscar un refugio que los protegiera de la pelona.
Después de décadas se amañaron y como dice la canción de El Barcino todo esto pasaba mientras “sonaban los san juaneros”.
Esa es buena parte de la historia del Huila, la de un lugar en el que convergen circuitos regionales que conectan la historia del Tolima, la Orinoquia, la Amazonía y el Pacifico con el nacimiento de los 4 grandes ríos en el macizo colombiano, los páramos de Los Picachos, Miraflores, El Nevado del Huila y otros ecosistemas de montaña bañados por los ríos voladores que vienen desde los bosques amazonicos.El Huila con este complejo entramado cultural y ambiental es el eje integrador que mantiene a Colombia como una república unitaria en el sur del país.
Por eso, preocupa que la política de relacionamiento con los campesinos en parques naturales por parte de la Corporación Autónoma del Alto Magdalena sea solo la compra de predios a precios que no corresponden a décadas de trabajo.Preocupa, por no es solo la ruta 45, así sea una vía de conexión muy importante, la que genera la fuerza gravitacional para mantener esa integración republicana en la surcolombianidad, sino que son esos circuitos subregionales a partir de la producción agrícola y las diferentes territorialidades rurales las que permiten el intercambio comercial, cultural y social en este sector del país.
No contemplar esos fenómenos de distancia y proximidad, las narrativas colectivas y la geografía económica en la formulación de políticas de relacionamiento del campesinado con el ordenamiento territorial, desconociendo la dimensión ambiental de ese mismo campesinado, no solo es riesgoso por el conflicto armado que no se ha desactivado sino que además va obligar a esta población a seguir produciendo por debajo de los radares de la institucionalidad, lo que con el tiempo va repercutir en el deterioro ambiental y en el fortalecimiento de una narrativa de exclusión y persecución contra el campesinado que sigue vigente desde el siglo XX.
Es cierto que el Código Nacional de los Recursos Naturales y su relación con el campesinado es problemática porque se establecen restricciones frente al régimen de la propiedad y el uso del suelo. Pero el desarrollo de la guerra en Colombia y el cambio climático, debería obligarnos a reconocer al campesinado como custodio de la biodiversidad y los recursos genéticos de la nación, con el fin de armonizar la conservación en este tipo de áreas con la salvaguarda del campesinado.
Y no porque este último deforeste, por el contrario, porque en él como en el indígena se encuentra la memoria viva de las semillas, los ciclos de lluvias y sequias, y los saberes de los ecosistemas locales. Son los campesinos e indígenas los que saben a donde llega el oso de anteojos y donde anida el águila crestada que terminan registrados en muchos de los papers que se publican en las universidades y centros de investigación o los planes de manejo que se aprueban en la junta directiva de la CAM.
No dejemos que mientras suenan los san juaneros los amigos de las famiempresas electorales del Huila se adueñen, de los proyectos de restauración ecológica y los beneficios que generan poderosos circuitos ecoturísticos como el de San Agustín-Isnos-Pitalito y el de Yaguará-Rivera-Neiva-Villavieja mientras en el campesinado se vuelve una postal para el recuerdo.
Un ejemplo de esto en Colombia es el de la relación conflictiva de los campesinos con los parques naturales y las zonas de reserva de ley 2 de 1959 que para el caso del Huila las cifras oficiales registran 534.657 hectáreas afectadas con estas figuras de ordenamiento territorial.
Relatos de comunidades en diferentes coordenadas del Huila y respaldados por la Comisión de la Verdad señalan como las diferentes oleadas de violencia desde la colonia hasta la guerra partidista y la lucha por la tierra trajeron a campesinos e indígenas hasta esas 534.657 hectáreas, cruzando senderos para buscar un refugio que los protegiera de la pelona.
Después de décadas se amañaron y como dice la canción de El Barcino todo esto pasaba mientras “sonaban los san juaneros”.
Esa es buena parte de la historia del Huila, la de un lugar en el que convergen circuitos regionales que conectan la historia del Tolima, la Orinoquia, la Amazonía y el Pacifico con el nacimiento de los 4 grandes ríos en el macizo colombiano, los páramos de Los Picachos, Miraflores, El Nevado del Huila y otros ecosistemas de montaña bañados por los ríos voladores que vienen desde los bosques amazonicos.El Huila con este complejo entramado cultural y ambiental es el eje integrador que mantiene a Colombia como una república unitaria en el sur del país.
Por eso, preocupa que la política de relacionamiento con los campesinos en parques naturales por parte de la Corporación Autónoma del Alto Magdalena sea solo la compra de predios a precios que no corresponden a décadas de trabajo.Preocupa, por no es solo la ruta 45, así sea una vía de conexión muy importante, la que genera la fuerza gravitacional para mantener esa integración republicana en la surcolombianidad, sino que son esos circuitos subregionales a partir de la producción agrícola y las diferentes territorialidades rurales las que permiten el intercambio comercial, cultural y social en este sector del país.
No contemplar esos fenómenos de distancia y proximidad, las narrativas colectivas y la geografía económica en la formulación de políticas de relacionamiento del campesinado con el ordenamiento territorial, desconociendo la dimensión ambiental de ese mismo campesinado, no solo es riesgoso por el conflicto armado que no se ha desactivado sino que además va obligar a esta población a seguir produciendo por debajo de los radares de la institucionalidad, lo que con el tiempo va repercutir en el deterioro ambiental y en el fortalecimiento de una narrativa de exclusión y persecución contra el campesinado que sigue vigente desde el siglo XX.
Es cierto que el Código Nacional de los Recursos Naturales y su relación con el campesinado es problemática porque se establecen restricciones frente al régimen de la propiedad y el uso del suelo. Pero el desarrollo de la guerra en Colombia y el cambio climático, debería obligarnos a reconocer al campesinado como custodio de la biodiversidad y los recursos genéticos de la nación, con el fin de armonizar la conservación en este tipo de áreas con la salvaguarda del campesinado.
Y no porque este último deforeste, por el contrario, porque en él como en el indígena se encuentra la memoria viva de las semillas, los ciclos de lluvias y sequias, y los saberes de los ecosistemas locales. Son los campesinos e indígenas los que saben a donde llega el oso de anteojos y donde anida el águila crestada que terminan registrados en muchos de los papers que se publican en las universidades y centros de investigación o los planes de manejo que se aprueban en la junta directiva de la CAM.
No dejemos que mientras suenan los san juaneros los amigos de las famiempresas electorales del Huila se adueñen, de los proyectos de restauración ecológica y los beneficios que generan poderosos circuitos ecoturísticos como el de San Agustín-Isnos-Pitalito y el de Yaguará-Rivera-Neiva-Villavieja mientras en el campesinado se vuelve una postal para el recuerdo.